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429 aC: una epidèmia a Atenes

“Nada más comenzar el verano, los peloponesios y sus aliados, con dos tercios de sus tropas como la primera vez, invadieron el Ática (…) y una vez acampados, se dedicaron a devastar el país.

Cuando aún no llevaban muchos días en el Ática, empezó a extenderse la enfermedad entre los atenienses (…) y no se recordaba que en ninguna parte se hubiera dado una epidemia tan grande y una tal mortandad de personas.

Al principio, por ignorancia, ni los médicos eran capaces de curarles, sino que incluso ellos eran los que morían en mayor número, por cuanto eran los que más trato tenían –con la enfermedad–; y no existía ningún otro recurso humano: cuantas plegarias se hacían en los santuarios o recurrir a oráculos o similares, todo resultaba inútil; (…).

48.- Comenzó, según se cuenta, primero por Etiopía, más arriba de Egipto, luego bajó a Egipto y Libia, y a gran parte del territorio del rey persa.

A Atenas llegó de un modo inesperado y atacó primero a las personas del Pireo, por lo que decían ellos que los peloponesios habían envenenado los pozos, (…). Posteriormente llegó hasta la ciudad y empezaron a morir ya en mayor número.

En fin, que cada uno, médico o profano, según sus conocimientos, diga cuál pudiera ser su origen probable (…); yo me limitaré a decir cómo se desarrolló y aquello con cuyo examen, caso de sobrevenir en otra ocasión, pueda conocérsela mucho mejor al tener información previa; eso lo expondré por haber padecido la enfermedad yo mismo y ver que la padecían otros.

49.- Aquel año, como se reconocía generalmente, resultó ser en lo concerniente a las restantes afecciones especialmente benigno, pero si se padecía con anterioridad de alguna de ellas, en esa venían a parar todas.

50.- La imagen de la enfermedad es superior a lo que se pueda contar y en los demás aspectos, atacó a cada uno más duramente de lo que puede soportar la naturaleza humana. También en lo siguiente se vio sobre todo que era algo distinto de lo habitual, pues las aves y cuadrúpedos que comen carne humana, a pesar de las muchas personas que había insepultas, o no se acercaban o perecían tras probarlas; una prueba: hubo una clara desaparición de tal clase de aves y no se las veía ni en las circunstancias mencionadas ni en otras; (…).

51.- (…) Morían unos por falta de cuidados, otros, a pesar de atenderlos mucho; en una palabra, no se determinó ni un solo remedio cuya aplicación fuese útil, pues lo que era conveniente para uno perjudicaba a otro; ningún cuerpo, fuerte o débil, parecía capaz de hacerle frente, sino que en todos hacía presa (…). Lo más terrible del mal en su conjunto era el desánimo cuando uno se notaba afectado -pues entregados a la desesperación se abandonaban mucho más y no le hacían frente- y el hecho de que al contagiarse por cuidar unos de otros, morían como rebaños. Y eso era lo que causaba mayor estrago, pues si por miedo no se trataban, morían solos, y muchas casas quedaron vacías por falta de quien cuidase de ellos; y si se acercaban, perecían sobre todo los que hacían gala de su generosidad; pues por pudor no se reservaban evitando entrar en las casas de los amigos, ya que al final, incluso los familiares, derrotados por la extensión de la enfermedad, se cansaron de hacer las lamentaciones por los que morían. Sin embargo, los que se habían librado, mostraban una compasión mayor por el moribundo y el enfermo por haber experimentado la enfermedad y estar ya tranquilos, pues no atacaba dos veces a la misma persona hasta el punto de matarla; recibían las felicitaciones de los demás e incluso ellos, ante la alegría extrema de ese instante, tenían la ligera esperanza de que en el porvenir ya nunca morirían de ninguna otra enfermedad.

52.- Junto con la epidemia, les agobió más la concentración de gente del campo en la ciudad y no menos a los que vinieron; como no había casas, sino que debían vivir en chozas sofocantes en el estío, se producía un estrago que no respetaba reglas, sino que los cadáveres se apilaban unos sobre otros al morir, y los moribundos se arrastraban por las calles y en torno a todas las fuentes por el ansia de agua. Los santuarios en los que se habían montado tiendas estaban llenos de cadáveres de quienes morían allí mismo (…). Todo el ritual del que se servían antes para los funerales quedó alterado y enterraban como podían. Muchos se prestaron a entierros indecorosos ante la falta de lo preciso por los continuos entierros efectuados previamente; unos tras poner su muerto en piras ajenas, anticipándose a los que las habían amontonado, prendían fuego, y otros, mientras ardían otros cadáveres, echaban encima el que llevaban y se marchaban.

53.- También en los demás aspectos la enfermedad fue para la ciudad el inicio de una falta de respeto a las normas. Con mayor facilidad se atrevía uno a satisfacer el deseo que antes evitaba realizar abiertamente, al ver la brusca mudanza de los ricos que morían repentinamente y de los que nada poseían y al momento tenían lo de aquéllos. En consecuencia, aspiraban a satisfacciones rápidas y enfocadas al placer, por pensar que tanto el cuerpo como las riquezas eran efímeras. Nadie estaba dispuesto a esforzarse por lo que pareciera bello ante la incertidumbre de si perecería antes de alcanzarlo; lo que en ese momento era agradable o ventajoso para conseguirlo por cualquier medio, quedó como hermoso y útil. Ni el temor de los dioses ni la ley de los hombres eran un obstáculo, por juzgar que lo mismo daba ser respetuoso que no, cuando veían que otros perecían por igual y por creer que nadie viviría hasta el juicio para pagar por sus delitos, sino que ya pendía sobre ellos y estaba decretado un castigo mucho mayor y, antes de que les cayese encima, era natural que disfrutasen algo de la vida.

54.- Los atenienses, inmersos en tal calamidad, se sentían agobiados cuando morían las personas dentro y era devastada la tierra fuera. Ante la desgracia, como es de esperar, también se acordaron de ese verso que, al decir de los ancianos, antiguamente se había recitado: “Vendrá la guerra doria[1] y la peste con ella.”

La verdad es que hubo disputas entre las personas en el sentido de que por los antiguos no se había dicho en el verso “peste” sino “hambre”[2], pero, como es de esperar ante las circunstancias presentes, prevaleció el que se había dicho “peste”, pues los hombres recuerdan en consonancia con lo que padecen. Creo que en caso de que haya otra guerra doria posterior a ésta y aparezca el hambre, verosímilmente recitarán eso.

Entre los entendidos se recordó también el oráculo dado a los lacedemonios cuando a su pregunta de si debían ir a la guerra, respondió el oráculo que la victoria sería para los que luchasen enérgicamente y que él colaboraría. El caso es que, teniendo en cuenta el oráculo, encontraban que los sucesos resultaban acordes, pues la enfermedad empezó nada más iniciarse la invasión peloponesia, no se extendió al Peloponeso, lo que merece la pena destacar, afectó sobre todo a Atenas y posteriormente, en los restantes lugares, a las zonas más pobladas. Esos son los sucesos relativos a la epidemia.”

TUCÍDIDES, Història de la Guerra del Peloponnès, II, 47-54


[1] Eren anomenats doris els habitants del Peloponnès.

[2] loimós, ‘pesta’  /  limós, ‘fam’.

TA MAKPA TEIXH o Els Murs Llargs

Long walls: name of Greek fortifications that connected a city with another site, for example a citadel or a port. The best known example is the Athenian wall to Piraeus.

The Athenian “Long Walls” were built after Xerxes‘ invasion of Greece (480-479); their construction was proposed by Themistocles, but the actual building started in 461, when Athens was at war with Sparta (the First Peloponnesian War). The proposal to execute the old plan was made by Cimon.

The western wall connected the southwest of Athens with its port Piraeus and was about six kilometer long; the eastern wall continued from the south of the city to another port, Phaleron, which was about 5½ kilometer away. Between the two walls, a large triangle of land could be used for agriculture. The walls were finished in 457, although later, Pericles took the initiative for doubling the western wall (445-443).

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Some traces are still visible and archaeologists have established that the wall was built on foundations of limestone blocks and poros. The upper walls were made from sun-dried bricks. There were towers at regular intervals.

The Long Walls enabled Athens to survive any siege. As long as it was connected to its ports and controlled the sea, no enemy could capture the city. During the Peloponnesian War (427-404), the Athenians simply evacuated the countryside, left it to the Spartans, and lived in Athens itself, which could receive supplies from across the sea. According to Aristophanes (Knights 817-818), the statesman Cleon strengthened the walls by building a diateichisma, “cross-wall”, but it is clear what this can have been.

However, when the Athenian fleet was defeated at the Aigospotamoi (405), the food supply was imperiled, and Athens had to surrender. One of the main demands of the Spartans was the destruction of the hated Long Walls. According to Xenophon, the enemies of Athens “tore them down among scenes of great joy and to the music of flute girls” (Hellenica 2.2.24).

Ten years later, the Athenians had recovered, and at the beginning of the Corinthian War (395-386), in which they took up arms against the Spartans again, their general Conon rebuilt the Long Walls. They were still standing at the beginning of the first century BCE. During the First Mithridatic War, in 86 to be precise, Athens was besieged by the Roman general Sulla. After he had destroyed the Long Walls, probably with catapults, he was able to isolate Athens from Piraeus. In the end, both towns had to surrender.

Font: Livius.org

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