Último recuerdo

Aquel día de invierno, lóbrego y gélido, tan difícil de olvidar y el que haría que ningún día fuese igual. Era una mañana cualquiera, silenciosa como todas las demás; sin embargo, algo distinto estaba por suceder.

Me desperté por unos sollozos que provenían del salón y eso me produjo una amarga sensación, que se volvió más sólida al ver las expresiones de mi hermana al hablar por el teléfono. No sabía con quién estaba hablando, así que esperé hasta que fuera a colgar. Me quedé observándola y las palabras que soltó después de ello, me arrebataron el aliento.

– Él… ya no está.- Su voz sonaba quebrada y débil.
– ¿Quién?- No pude evitar preguntar, a pesar de que ya sabía a qué se refería, pero no podía o no quería admitirlo. Sentía que si lo aceptaba se hacía real pese a que ya lo fuera.

No obtuve respuesta de su parte, ya que se fue llorando sin cesar hacia su habitación.
Sentí un terrible temor, era cierto, ya no iba a estar más. Me senté en el suelo del salón
haciéndome un ovillo, intentando asimilar la situación, sin embargo, no encontraba cómo
encarar todos los sentimientos que mi mente me estaba proporcionando.

Hacía ya tres meses que a mi hermano le habían detectado un cáncer en la pierna. Era un gran jugador de fútbol y una tarde, en un partido, se llevó un golpe justamente en el lugar donde estaba instalado ese pequeño monstruo. No le dio tanta importancia, hasta que ya llevaba más de una semana con ese insoportable dolor.

Mi madre extrañada y preocupada le llevó al hospital, nunca imaginamos lo que el médico nos iba a comunicar. Después de haberle hecho algunos exámenes, con cierta pena nos comentó sobre el tumor y nos explicó los tratamientos que iba a recibir a continuación. Por ese motivo lo tuvieron que internar en ese edificio, para poder tratar la enfermedad.

Íbamos a visitarlo casi cada día. Al principio no me preocupaba, lo veía bien, con una sonrisa, hablando con ánimos. Después cada vez fue peor, se le caían las cejas, el cabello, ya no sonreía, y parecía cada vez más cansado, sin fuerzas. No podía retener mis lágrimas, tenía miedo. A pesar de eso, intentaba no hacerlo delante de él, ya que si lo hacía, me decía:

– No quiero verte llorar. Sonríe, tienes una gran sonrisa. Y tienes que saber que, cuando no esté, siempre te cuidaré y te acompañaré.

No quería aceptar que se iba a ir, pero las esperanzas de que eso no sucediera eran escasas. Duró un tiempo más así. Para intentar que no siguiera evolucionando la enfermedad, le tuvieron que amputar la pierna, cosa que me rompió por dentro. Su sueño de ser futbolista poco a poco se iba apagando.

El tiempo no estaba a nuestro favor, cada vez era más horrible. El tumor hizo metástasis y no había muchas oportunidades de que pudiera salir de eso. Entonces mi hermana recibió esa llamada, esa devastadora llamada. Era mi madre, le estaba comunicando lo sucedido, como la muerte nos había arrebatado a nuestro ángel de diecisiete años.

La casa estaba vacía sin él. Los primeros días fueron los peores, quería ir a contarle de las cosas que me pasaban y luego me acordaba de que él ya no estaba. Era tan duro cargar con esa tortura diariamente, tan fuerte que ni siquiera quería levantarme más. Así que intenté no hacerlo, cerrar mis ojos hasta llegar al ocaso para que todo dejara de molestar, y así poder ir junto a él.

Killua

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