El niño que deseaba ser pequeño

El niño de la plaza de la Alameda, siempre sentado en el escalón de la peluquería, esperaba, a su pesar, a que su madre finalizase la jornada en el establecimiento. Al principio, el niño de la plaza de la Alameda se aburría y todo le parecía vano y vacío. Se fijaba en el panadero, que cobraba a todas aquellas señoras impacientes que hacían cola para comprar el pan recién hecho. O veía como los señores trajeados marchaban apresurados y, a su paso, el sonido de sus zapatos de charol resonaba en el silencio de aquellas mañanas.

Llegó un día en el cual el niño de la plaza de la Alameda se cansó de esa perfecta monotonía y deseó hacerse pequeño y desaparecer de la vista de todos aquellos adultos. Así pues, el niño de la plaza de la Alameda empezó a empequeñecerse: primero la cabeza, luego la mano izquierda, una pierna… y por último, la nariz.
Lo primero que vio fue una hormiga, para él, gigantesca, que lo olisqueaba con sus antenas. Enseguida, divisó, a lo lejos, todas sus compañeras que traían reservas en forma de migas de pan recién hecho que caían del paso de las señoras de la panadería.
Se volvió asombrado y descubrió a una amapola despertándose empapada por el rocío de la mañana que no parecía molestarle, todo al contrario, se la veía feliz.
Un poco más abajo, unas arañas aprovechaban el tronco de la amapola para poner la mesa y desayunar. Qué sencillez tan armónica. El niño de la plaza de la Alameda no quería volver a hacerse grande, pero escuchaba como su madre lo llamaba y volvió a su tamaño natural.

Durante los próximos días, el niño de la plaza de la Alameda se siguió empequeñeciendo y aprendiendo de la simplicidad de las cosas pequeñas. Porque, de ese modo, las cosas simples como las migas de pan para las hormigas, el rocío para la amapola o la telaraña para las arañas se convertían en las cosas más importantes.
Asimismo, el niño de la plaza de la Alameda aprendió que los adultos, siempre tan abstraídos y preocupados, no ven que podrían ser un poco más felices si se fijaran en disfrutar de las pequeñas cosas que construyen su perfecta monotonía.
Así fue, pues, como el niño de la plaza de la Alameda se hizo mayor haciéndose pequeño.

La plaza de la Alameda

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