El nuevo amanecer de Piedrallana

Un trueno quebró el silencio de aquella oscura noche. Beltrán miró a su alrededor. Ya nada quedaba del apacible lugar en el que se había criado. Las lúgubres calles permanecían vacías bajo la sombra de las casas, muchas de ellas en ruinas. Todo cuanto lo rodeaba no era más que los despojos de una sociedad caída y olvidada con el paso del tiempo. El mero hecho de estar allí le producía escalofríos. Un sentimiento de culpa todavía lo acechaba.

Todo empezó veinte años atrás, en los inicios del 1283, cuando la época venidera se mostraba como una era de esplendor y prosperidad. Por aquel entonces, Beltrán recién cumplía los trece años. Era mediodía, y las campanadas de la iglesia del pueblo de Piedrallana anunciaban las doce a la vez que él entraba. Como de costumbre, el sacerdote comenzó con su sermón rutinario, gesticulando exageradamente para intentar captar el interés del público. Pero eran pocos los que le atendían, y Beltrán se había percatado de ello hacía tiempo. De hecho, la monotonía del orador conseguía que su mente se desviara hacia cualquier detalle de la sala, por más insignificante que fuera. A veces, se fijaba en las imponentes vidrieras y contaba los numerosos fragmentos que las formaban. Otras, escuchaba disimuladamente las charlas que mantenían, en susurros, los demás moradores.

No obstante, aquel día había algo distinto. Tres clérigos se habían amontonado en uno de los banquillos y discutían acaloradamente. Pese a que trataban de pasar desapercibidos, su comportamiento resultaba demasiado extravagante, cosa que atrajo las miradas curiosas de algunos de los asistentes. Cuando se dieron cuenta, se apresuraron a trasladar su conversación a una esquina de la estancia, ignorando la presencia de Beltrán, sentado en frente suyo. Y él, aburrido de la ceremonia, siguió con suma atención los motivos de sus preocupaciones. Pero cuanto más oía, más deseaba no haber oído. Los clérigos estaban planeando una traición contra don Telmo, señor de sus tierras. Según lo que decían, contaban con el apoyo de don Osorio, gobernante del pueblo vecino, lo cual le sorprendió, dado que ambos dirigentes habían conseguido un período de paz de más de una década.

Una vez hubo terminado la misa, Beltrán no supo qué hacer. Contemplaba la posibilidad de contarlo, pero ¿a quién iba a acudir? Si la iglesia estaba implicada, solo le quedaba la opción de comunicarlo directamente a la corte. Sin embargo, su familia, campesina, no contaba con un buen estatus social, por lo que dudaba que nadie les tomara en serio. Más aún cuando la única prueba que podía dar era su palabra. Las afirmaciones banales de un crío que podía estar confundido. Fue por eso que decidió callar, y dejar lo que tuviera que pasar en manos del destino. Pero no tardaría en comprender que aquello había sido un gran error.

Tres días más tarde, cuando el sol se fundía con el horizonte, un descomunal ejército irrumpió en Piedrallana. Al frente, don Osorio, montado en un potente corcel negro, dio la orden de devastar el pueblo. La infantería arremetió contra los lugareños, sin tan siquiera darles una mínima oportunidad de defenderse. Beltrán, horrorizado ante la desolación que se cernía sobre su pueblo, echó a correr hacia el frondoso bosque que lo bordeaba, obligándose a abandonar a sus familiares, amigos y conocidos que habían quedado inmersos en el caos. Llegó al límite de la aldea mientras una flecha pasaba silbando junto a su oreja, dándole el tiempo justo para ver como las llamas consumían lo que antaño había sido un lugar glorioso.

—¿Qué hacemos, señor? —Sumido en sus pensamientos, la voz de sus hombres le resultaba lejana. Se volvió hacia ellos.
—Acamparemos aquí esta noche —ordenó—. Mañana comenzaremos con la reconstrucción. Y no nos detendremos hasta que Piedrallana recupere toda su grandeza.

Hog Rider

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