Torre de “El Bierzo”

“El río que casi se nos lleva”

 

Esta historia no es  más que una crónica de la realidad vivida por las gentes de Torre allá por el año 1.959. No sé precisar en que mes ocurrió ya que, en las mentes de las personas que me lo relataron, testigos de tan desgraciados sucesos, se desdibuja la fecha exacta; saben, eso si, que fue una tormenta de finales de verano.

Con en este relato sólo pretendo recordar a todos los mineros que, como mi padre,  trabajaron en las minas de Torre y en las de su entorno. Asimismo destacar el valor humanitario y solidario de sus gentes. Como dice el poeta Ros-Zanet: “nuestro  pasado está al frente, no lo podemos olvidar”.

      

La mina se llamaba “la Manolita”, enclavada en el término municipal de Santa  Marina de Torre, valle arriba del Arrollo de La Ñasera. La escombrera estaba situada por encima de la entrada a la mina, en desafiante pendiente, aunque bastante retirada.

Se desencadenó una terrible tormenta y la mole de fosilizadas piedras, pronto se deslizó en peligrosa caída, mientras se abrían enormes torrentes de tierra, escombro y agua amenazando con hacer desaparecer “la bocamina”.

 Los hombres de las galerías menos profundas fueron alertados por los mineros del exterior; la mayoría del relevo pudo escapar de la avalancha, pero “a aquellos diez hombres” no les dio tiempo a salir, quedándose encerrados en la profundidad de una de las galerías.

 

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A consecuencia de la misma tormenta, el río Tremor se desbordó. El puente viejo aguantó la riada, pero no así el nuevo que, quedando su nivel por debajo de aquel y estando el cauce  lleno de escombros y maleza de anteriores riadas que habían estrechado la abertura, fue una trampa y no fue capaz de desaguar el caudal de agua que salía del arco del Puente Viejo. La fuerza de la corriente, junto con el gran caudal de la avenida, hizo que  el agua tomara salida por el callejón que hay entre la carretera y la Casa de la  Hiedra a salir por la casa de Emilio.

 

Allí el agua saltó la carretera y se metió por la calle de la Era donde yo vivía, era un auténtico río. Los bajos de las viviendas de la citada calle se inundaron. Mis padres estaban dentro de una de las casas más próximas a la antigua N-VI, a mayor nivel en el piso superior. Yo, en su compañía y desde la cuna ajena a la desgracia, a salvo de la enorme riada; ellos con recelo y temor de lo que pudiera pasar, entonces se oyeron unas voces de socorro. Eran las voces de una vecina que, ante el peligro, pedía ayuda por haber quedado su vivienda anegada. La inundación los sorprendió a ella y a su anciano  padre enfermo de silicosis solos en el hogar; aquel hombre era uno  de los que había arrancado carbón en las minas de Torre “a punta de pica”.

 

    Mi padre,  al sentir los gritos de auxilio, acudió en su ayuda. Cogió una cuerda y ató un extremo fuertemente a la escalera de nuestra casa, pasó la calle con dificultad; ya que, el agua tenía mucha fuerza llegándole por la cintura y queriéndole arrastrar en su corriente. Cuando llegó al lugar  de donde procedían los lamentos, sujetó el otro extremo de la maroma a la  escalera del empantanado inmueble. De esta manera sacó a hombros al anciano minero seguido por su hija y, agarrándose ambos fuertemente a la cuerda, consiguieron cruzar sin ser arrastrados por el Tremor desbocado. La solidaridad llegaba de manos de otro minero, del vecino más cercano; de un amigo… desde siempre y para siempre.

 

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De aquella no había máquinas paleadoras en Torre y todo se hacía a pico y pala. Rápidamente se apeló al voluntariado para realizar el rescate. Todos los empresarios de la zona, pararon la actividad extractiva de los ricos filones, para acudir con todos sus obreros a la mina siniestrada, sin dejar por ello de pagarles el tan merecido salario. Muchos  mineros y gente anónima trabajaban   paleando sin descanso  para intentar salvar las vidas de sus compañeros y vecinos a los pies del derrumbadero. Tardaron tres días y tres noches en rescatarlos. Los de dentro salieron extenuados afortunadamente con vida entre vítores de familiares y amigos; los de fuera muy cansados y en sus mentes sólo una idea “hoy por ti, mañana por mí”,  en sus corazones,  la tremenda satisfacción de haberlo conseguido. Los diez mineros lloraban de alegría mientras sus ojos, cegados por la luz, apenas podían vislumbrar a sus seres más queridos.

 

      No se supo por que ni quien llamó al gobernador y autoridades que visitaron las   consecuencias de aquella terrible tormenta aún cuando los mineros estaban soterrados bajo las negras y mortecinas piedras. Poco después de este suceso  la mina se cerró.

 

      Torre se quedó sin agua porque los escasos pozos existentes se embarraron. Algunas vecinas, animadas por la presencia del señor gobernador, decidieron juntarse junto al puente de la RENFE, en la calle de la Estación, al lado de la tienda de  Fidel y hacer su protesta particular para que viera el agua que había en Torre llena de barro negro. Una mujer, la más atrevida, iba capitaneando el grupo  y diciendo: “vosotras dejadme hablar a mí”. Todas llevaban cazos, botellas, cazuelas, jarras de cristal,  “tanques” (recipientes de porcelana con asa para sacar el agua de la caldera)  y cacharos diversos con agua sucia, pero para su mala fortuna justo al lado se hallaban las puertas del viejo cuartel de la Guardia Civil. Pronto salió el guardia de retén que, viendo la comitiva, disuadió al grupo en un momento; sólo bastó con preguntarles: Pero mujeres… ¿adónde vais vosotras? Todas tiraron el agua de sus cacharros y allí se ahogó la protesta que no fue. La intención de las mujeres era simplemente presentar sus quejas y demandas a las autoridades que venían de visitar la mina la Manolita. Eran los nervios propios de una situación desesperada y caótica sin agua ni tan siquiera para beber. ¡Querían una solución!

Al poco tiempo, un tumulto de gente pasó frente a ellas anunciando que “los diez mineros se habían salvado”  ¡Era todo lo que deseaban oír, el agua… podía esperar!

 

   Un reconocimiento desde este espacio a aquellas mujeres abnegadas y calladas que realizaban un trabajo tan duro y tan pesado: Lavar la ropa en “La Morana” (riachuelo que bajaba de Santa Cruz o en el “Reguero de Santa Marina”) transportar agua limpia a casa desde los pozos, fregar los ásperos suelos  y aquellas chapas de las cocinas, de pesado hierro fundido.

   Durante aquellos días muchas personas de Torre iban a Las Ventas a buscar agua para beber y cocinar a alguna de sus múltiples y cristalinas fuentes. No existían las garrafas de plástico así que la envasaban  en garrafones de cristal  y los transportaban o bien en el coche de línea, taxis, en los pocos coches particulares que algunos tenían  o en el sillín o soporte de sus bicicletas atados y muy bien atados.

 

    Hoy, mi padre es un veterano minero superviviente a la caída de costeros, con sus huesos cosidos, con las fatigas propias de la silicosis que atormenta sus pulmones, con las azuladas cicatrices que surcan su  cara, son las heridas de guerra que deja el carbón. No obstante, sus ojos brillan apasionados cuando habla de aquella amante que consumió su vida: “la traidora mina” y le oigo decir con orgullo: “Yo no hubiera querido ser otra cosa que minero”                                        

 

                                                                                        Lauri Domínguez Zazo

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