La maestra Ana

 

“A mi maestra Ana”

 

Ellacompraba aquel “libro verde” en nuestro quiosco; aquel pequeño refugio de libertad donde yo me escondía para leer las colecciones de cómics maravillosos como “El corsario negro”o“Apache”de la editorial Bruguera. Yo que siempre tuve curiosidad, nunca lo hojeé; me preguntaba que debía contener aquella enorme guía con portada forrada de tela conteniendo en su interior unas letras doradas: “El libro del maestro”.Lujosa encuadernación  de un libro digno de aquellas manos. Sus dedos largos…, delicados, dibujaban  con correcta y elegante postura la escritura gótica que tenía por costumbre, a golpe de pluma, tinta y tintero que también compraba en nuestra  pequeña librería de madera. Eran las manos francas y abiertas de “mi señorita Ana”

Siempre la llevaré grabada en mi mente y en mi corazón. Ella que me inculcó amor y respeto por mis semejantes,  hoy le quiero agradecer que me regalara parte de su escaso tiempo, su bondad, sus conocimientos; también sus enfados ¿Por qué no? Me los merecía. Me dio la base de una educación y muchos de los principios que hoy rigen mi vida. Se llama Ana Álvarez,mujer que se dedicó plenamente a sus niños. Ejerció su Magisterio los primeros años en S. Andrés y después y durante toda su vida profesional en Las Ventas. Desde esta página mi particular homenaje y respeto a toda su labor, su tremendo esfuerzo por enseñar a tantos infantes y preadolescentes; todos ellos, la mayoría hijos de mineros   que vinieron en busca de una vida mejor. Hubo años que llegó a tener 80 alumnos, todos de edades comprendidas entre 6 y 14 años pernoctando en una misma clase; aquel local multifunción enorme propiedad del Señor Morán.

La clase constaba de escaso mobiliario: En la pared opuesta a la entrada, a la parte central, la mesa maestral de madera con su correspondiente silla. A la izquierda de una de las ventanas, un pequeño armario con los libros antiguos custodiados como una reliquia (enciclopedias 1º, 2º y 3º de Álvarez, la de iniciación profesional; “intuitiva, sintética y práctica”, los Catones, etc.), un diccionario, un atlas y el tan trotinado “D. Quijote de la Mancha”, siempre nos lo hacía leer  pasando de mano en mano, incansable, como aquel viejo loco arreador de molinos y “desfacedor” de entuertos que nos tenía a todos robado el corazón; y también los ojos, pues a más de uno le costaba de-sentrañar las letras por lo minúsculas que eran. Puede ser que no fuera el único libro de lectura existente; de éste recuerdo cuatro o cinco ejemplares. Los libros contemporáneos estaban ubicados en el otro estante: una colección flamante de “Las unidades didácticas”que sustituyeron en nombre a las antiguas lecciones. A un lado y otro de la columna central, se situaban los pupitres normativos y los que no lo eran. Hubo una época en que, debido a la masificación, teníamos que traernos una banqueta de casa, de lunes a sábado; que en aquellos tiempos era también lectivo hasta el mediodía. Después de esta hora venía mi madre y nos recogía el utillaje: dos banquetas de madera y una silla pequeñita de mimbre. El motivo “de tanto mudar” era que el domingo se celebraba en el mismo lugar “la Santa misa”siendo el párroco: “Don Isaías”. El lunes, vuelta a comenzar, banquetas bajo el brazo y niños a  la Escuela Nacional.

La calefacción consistía en una estufa cilíndrica de hierro fundido con sus arandelas; el tubo de latón remendado por varios sitios, salía por el agujero hecho en el vidrio superior de la ventana, situada a la derecha del local. Una puertecilla próxima al portalón de entrada, descubría la carbonera  dentro de la clase, siempre llena de carbón; nunca nos faltó el negro y sólido elemento. Otra cosa era la leña…  la teníamos que traer de casa, cada día uno. Lo malo era que a la mayoría se le olvidaba. Cuando esto sucedía venía “el señor Manuel” con el paquetito de cartón rebosante de leña menuda picadita para que se prendiera bien, pues, a veces, aquella estufa “no tiraba” lo suficiente y nos ahumábamos cual chorizos bercianos. ¡Cuanto me acuerdo del señor Manuel! Un hombretón, tan grande por fuera como por dentro…a buena parte iba él a consentir que “su hija Ana pasara frío” por culpa de “los interfectos” que allí pernoctábamos y que, con frecuencia,  nos dejábamos la leña en casa. Cariñoso y siempre cómplice con su hija, bondadoso con todos; siempre nos era muy grato verle por allí con aquel talante especial. Ellos, en la ardua  tarea de inculcarnos una responsabilidad, nos dieron a todos la mayor lección de solidaridad compartiendo con  nosotros hasta su leña.

Querida Ana, colega mía, no sabes lo que te aprecio… Me gustaría poder enseñarte donde trabajo, poder explicarte como enseño, compartir experiencias o pedirte consejo; estoy tan lejos…Seguramente tú, te preguntarás qué habrá sido de algunos de tus alumnos,  yo te aseguro que algo de ti se quedo con nosotros, tú que con tu generosidad y humanidad nos entregaste tu juventud y nunca nos dejaste. En Las Ventas, camino de la escuela,  una gran mujer merece ser recordada por su valentía y coraje.

 

                                           

                                          Con cariño, de tu antigua alumna: Lauri Domínguez Zazo

 

Copia de Imagen 025

Aquest article ha estat publicat en General. Afegeix a les adreces d'interès l'enllaç permanent.

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà Els camps necessaris estan marcats amb *