XXIII Festival del “botillo”

XXIII FESTIVAL DEL BOTILLO EN LAS VENTAS

DISCURSO DE BIENVENIDA

 

Hola muy buenos días a todos: alcaldes, párroco, presidentes de las dos asociaciones, mi familia querida, y mis amigos…los venidos de lejos y los de Las Ventas. 

En este pueblo, donde los rios Boeza y Tremor se funden en un abrazo, yo me crié… pasé parte de mi infancia…, juventud  y a él acudo siempre que puedo para encontrarme a mi misma porque es aquí donde siento que tengo mis raíces. Mi recuerdo emocionado a mis padres en este día, se que están conmigo. Les estoy agradecida por todo lo que soy  y por quedarse a vivir en este primer pueblo del Alto Bierzo Las Ventas de Albares. Mención especial a todos los que se han ido…y cada lunes, la vela encendida de una  joven esposa rota por el dolor, nos recuerda la desgraciada mina que nos arrebata lo que más queremos.

El estar hoy aquí se lo debo en realidad a la señorita Ana, el privilegio es para ella. Ana Alvarez fue y es la maestra de este pueblo; la maestra de las oportunidades, de las puertas abiertas y de los caminos de vuelta. Ella, como nadie, ha querido a este lugar donde, teniendo que venir por azar, lo eligió para quedarse el resto de sus días. Algo tendrá Las Ventas y sus gentes hospitalarias.

Me habéis dado el honor de ser la “mantenedora del botillo” y hoy me siento su pregonera más peregrina, venida desde tierras catalanas para degustar “la joya de la corona berciana” en la mejor compañía: la vuestra. Desde S. Quirze del Vallés, un artista berciano nacido en este pueblo, también ha querido “estar presente” respondiendo con su arte y aportándonos ese dibujo tan original. Gracias de corazón Juanjo Murias.

Yo me imagino la elaboración del “botillo”, que no “botellus” –eso era otra cosa- en el Medievo…aquella época de señores y vasallos; sí, creo que el botillo debió de tener un origen plebeyo; y se me representa aquella mujer medieval “birlándole a la señora feudal” los trozos menos nobles del “gocho” para meterlos en su faltriquera y darles de comer a sus hijos una vez llegada a casa. Si algo sobraba había que conservarlo de alguna manera para los venideros días del hambre. Así fue como se me antoja que nació. En aquellas casas medievales, los siervos trabajaban solo por el pan de sol a sol; muchos perecieron por las hambrunas y la peste…otros sobrevivieron ¡Seguro que estos comieron botillo! Conclusión: los que trabajaban las tierras se comían el botillo “a escondidas” y creo que “su receta era totalmente secreta” disfrutando enormemente y saboreando el delicioso manjar que acompañaban con verdura y patata. ¿Os dais cuenta?… los huesos una vez sacada la carne para los chorizos, las partes de carne menos vistosas,…-que no gustosas-

El botillo surgió por azar y por la necesidad de conservar los alimentos; pero sobretodo, tengo cada vez más claro que es de origen muy  humilde; una prueba más de aquello que todos sabemos: el hambre agudiza el ingenio y somos, una vez más los humildes, los que tenemos la solución en nuestras manos. Con picardía, habilidad e ingenio salimos adelante y hacemos que lo que no lo parece sea “la joya de la corona” y el plato por excelencia del Bierzo.

Voy a dejar mis cábalas históricas y paso a relataros mi recuerdo de la matanza del cerdo y elaboración del botillo en Las Ventas: A las matanzas se solía invitar a la gente más amiga para que los ayudaran. Recuerdo que nos solían invitar a la matanza Gloria, Carmen y Adela. Los ayudantes eran: Tomás, el señor Tomás  padre, y Floro. Gloria y Tina lavaban las tripas y hacían los chorizos y botillos… todos los chiquillos de la casa nos convertíamos en  alegres quemarifes de cerdas de gocho con teas de paja; aquel día era fiesta mayor. La comida para los comensales era de cuchara y tenedor por el arduo trabajo realizado durante la larga mañana. Los hombres abrían en canal el cerdo y lo dejaban colgado de una escalera. Al día siguiente se picaba y adobaba la carne en artesas de madera para, al día siguiente, hacer los embutidos. Para elaborar los botillos se partían los huesos, un poco de esternón, algo de costilla y  rabo;  lo sazonan con sal, ajito machacado, orégano y pimentón, untando la mano con un poco de agua para que se mezclaran bien los ingredientes. Teníamos vecinos a los que al botillo le llamaban “el fernandón”  no lo embutían en la tripa del ciego sino en el estómago del cerdo y lo solían comer por Carnaval. Ellas eran Nina, Avelina, y la tía Bárbara estas costumbres procedían de su tierra de origen: la comarca del Páramo Leonés.

Y haciendo mención al presente y a mi labor como maestra, intento educar a mis alumnos con seriedad, responsabilidad y alegría. Ya que, no todo lo pasado fue mejor;  aunque últimamente parece  que no nos espera nada bueno, tenemos que confiar en los jóvenes que vienen detrás de nosotros, los que nos saquen de este marasmo que vivimos. Hemos de facilitarles todo lo que podamos su expresión, su espacio dentro del municipio…ayudarles, creer y confiar en ellos; sólo así podrán crear su  futuro en libertad; ellos son nuestra esperanza.

Mi gusto sería poder seguir hablando…y fantaseando acerca del posible origen y aventuras del botillo y decir de las gentes que, a través de los tiempos, habitaron los parajes de este hermoso pueblo que sin duda es un paraiso, mi paraiso, donde siempre tengo mi casa…¡Feliz botillo a todos!.

                                                                                        Lauri Domínguez Zazo

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Torre de “El Bierzo”

“El río que casi se nos lleva”

 

Esta historia no es  más que una crónica de la realidad vivida por las gentes de Torre allá por el año 1.959. No sé precisar en que mes ocurrió ya que, en las mentes de las personas que me lo relataron, testigos de tan desgraciados sucesos, se desdibuja la fecha exacta; saben, eso si, que fue una tormenta de finales de verano.

Con en este relato sólo pretendo recordar a todos los mineros que, como mi padre,  trabajaron en las minas de Torre y en las de su entorno. Asimismo destacar el valor humanitario y solidario de sus gentes. Como dice el poeta Ros-Zanet: “nuestro  pasado está al frente, no lo podemos olvidar”.

      

La mina se llamaba “la Manolita”, enclavada en el término municipal de Santa  Marina de Torre, valle arriba del Arrollo de La Ñasera. La escombrera estaba situada por encima de la entrada a la mina, en desafiante pendiente, aunque bastante retirada.

Se desencadenó una terrible tormenta y la mole de fosilizadas piedras, pronto se deslizó en peligrosa caída, mientras se abrían enormes torrentes de tierra, escombro y agua amenazando con hacer desaparecer “la bocamina”.

 Los hombres de las galerías menos profundas fueron alertados por los mineros del exterior; la mayoría del relevo pudo escapar de la avalancha, pero “a aquellos diez hombres” no les dio tiempo a salir, quedándose encerrados en la profundidad de una de las galerías.

 

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A consecuencia de la misma tormenta, el río Tremor se desbordó. El puente viejo aguantó la riada, pero no así el nuevo que, quedando su nivel por debajo de aquel y estando el cauce  lleno de escombros y maleza de anteriores riadas que habían estrechado la abertura, fue una trampa y no fue capaz de desaguar el caudal de agua que salía del arco del Puente Viejo. La fuerza de la corriente, junto con el gran caudal de la avenida, hizo que  el agua tomara salida por el callejón que hay entre la carretera y la Casa de la  Hiedra a salir por la casa de Emilio.

 

Allí el agua saltó la carretera y se metió por la calle de la Era donde yo vivía, era un auténtico río. Los bajos de las viviendas de la citada calle se inundaron. Mis padres estaban dentro de una de las casas más próximas a la antigua N-VI, a mayor nivel en el piso superior. Yo, en su compañía y desde la cuna ajena a la desgracia, a salvo de la enorme riada; ellos con recelo y temor de lo que pudiera pasar, entonces se oyeron unas voces de socorro. Eran las voces de una vecina que, ante el peligro, pedía ayuda por haber quedado su vivienda anegada. La inundación los sorprendió a ella y a su anciano  padre enfermo de silicosis solos en el hogar; aquel hombre era uno  de los que había arrancado carbón en las minas de Torre “a punta de pica”.

 

    Mi padre,  al sentir los gritos de auxilio, acudió en su ayuda. Cogió una cuerda y ató un extremo fuertemente a la escalera de nuestra casa, pasó la calle con dificultad; ya que, el agua tenía mucha fuerza llegándole por la cintura y queriéndole arrastrar en su corriente. Cuando llegó al lugar  de donde procedían los lamentos, sujetó el otro extremo de la maroma a la  escalera del empantanado inmueble. De esta manera sacó a hombros al anciano minero seguido por su hija y, agarrándose ambos fuertemente a la cuerda, consiguieron cruzar sin ser arrastrados por el Tremor desbocado. La solidaridad llegaba de manos de otro minero, del vecino más cercano; de un amigo… desde siempre y para siempre.

 

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De aquella no había máquinas paleadoras en Torre y todo se hacía a pico y pala. Rápidamente se apeló al voluntariado para realizar el rescate. Todos los empresarios de la zona, pararon la actividad extractiva de los ricos filones, para acudir con todos sus obreros a la mina siniestrada, sin dejar por ello de pagarles el tan merecido salario. Muchos  mineros y gente anónima trabajaban   paleando sin descanso  para intentar salvar las vidas de sus compañeros y vecinos a los pies del derrumbadero. Tardaron tres días y tres noches en rescatarlos. Los de dentro salieron extenuados afortunadamente con vida entre vítores de familiares y amigos; los de fuera muy cansados y en sus mentes sólo una idea “hoy por ti, mañana por mí”,  en sus corazones,  la tremenda satisfacción de haberlo conseguido. Los diez mineros lloraban de alegría mientras sus ojos, cegados por la luz, apenas podían vislumbrar a sus seres más queridos.

 

      No se supo por que ni quien llamó al gobernador y autoridades que visitaron las   consecuencias de aquella terrible tormenta aún cuando los mineros estaban soterrados bajo las negras y mortecinas piedras. Poco después de este suceso  la mina se cerró.

 

      Torre se quedó sin agua porque los escasos pozos existentes se embarraron. Algunas vecinas, animadas por la presencia del señor gobernador, decidieron juntarse junto al puente de la RENFE, en la calle de la Estación, al lado de la tienda de  Fidel y hacer su protesta particular para que viera el agua que había en Torre llena de barro negro. Una mujer, la más atrevida, iba capitaneando el grupo  y diciendo: “vosotras dejadme hablar a mí”. Todas llevaban cazos, botellas, cazuelas, jarras de cristal,  “tanques” (recipientes de porcelana con asa para sacar el agua de la caldera)  y cacharos diversos con agua sucia, pero para su mala fortuna justo al lado se hallaban las puertas del viejo cuartel de la Guardia Civil. Pronto salió el guardia de retén que, viendo la comitiva, disuadió al grupo en un momento; sólo bastó con preguntarles: Pero mujeres… ¿adónde vais vosotras? Todas tiraron el agua de sus cacharros y allí se ahogó la protesta que no fue. La intención de las mujeres era simplemente presentar sus quejas y demandas a las autoridades que venían de visitar la mina la Manolita. Eran los nervios propios de una situación desesperada y caótica sin agua ni tan siquiera para beber. ¡Querían una solución!

Al poco tiempo, un tumulto de gente pasó frente a ellas anunciando que “los diez mineros se habían salvado”  ¡Era todo lo que deseaban oír, el agua… podía esperar!

 

   Un reconocimiento desde este espacio a aquellas mujeres abnegadas y calladas que realizaban un trabajo tan duro y tan pesado: Lavar la ropa en “La Morana” (riachuelo que bajaba de Santa Cruz o en el “Reguero de Santa Marina”) transportar agua limpia a casa desde los pozos, fregar los ásperos suelos  y aquellas chapas de las cocinas, de pesado hierro fundido.

   Durante aquellos días muchas personas de Torre iban a Las Ventas a buscar agua para beber y cocinar a alguna de sus múltiples y cristalinas fuentes. No existían las garrafas de plástico así que la envasaban  en garrafones de cristal  y los transportaban o bien en el coche de línea, taxis, en los pocos coches particulares que algunos tenían  o en el sillín o soporte de sus bicicletas atados y muy bien atados.

 

    Hoy, mi padre es un veterano minero superviviente a la caída de costeros, con sus huesos cosidos, con las fatigas propias de la silicosis que atormenta sus pulmones, con las azuladas cicatrices que surcan su  cara, son las heridas de guerra que deja el carbón. No obstante, sus ojos brillan apasionados cuando habla de aquella amante que consumió su vida: “la traidora mina” y le oigo decir con orgullo: “Yo no hubiera querido ser otra cosa que minero”                                        

 

                                                                                        Lauri Domínguez Zazo

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La maestra Ana

 

“A mi maestra Ana”

 

Ellacompraba aquel “libro verde” en nuestro quiosco; aquel pequeño refugio de libertad donde yo me escondía para leer las colecciones de cómics maravillosos como “El corsario negro”o“Apache”de la editorial Bruguera. Yo que siempre tuve curiosidad, nunca lo hojeé; me preguntaba que debía contener aquella enorme guía con portada forrada de tela conteniendo en su interior unas letras doradas: “El libro del maestro”.Lujosa encuadernación  de un libro digno de aquellas manos. Sus dedos largos…, delicados, dibujaban  con correcta y elegante postura la escritura gótica que tenía por costumbre, a golpe de pluma, tinta y tintero que también compraba en nuestra  pequeña librería de madera. Eran las manos francas y abiertas de “mi señorita Ana”

Siempre la llevaré grabada en mi mente y en mi corazón. Ella que me inculcó amor y respeto por mis semejantes,  hoy le quiero agradecer que me regalara parte de su escaso tiempo, su bondad, sus conocimientos; también sus enfados ¿Por qué no? Me los merecía. Me dio la base de una educación y muchos de los principios que hoy rigen mi vida. Se llama Ana Álvarez,mujer que se dedicó plenamente a sus niños. Ejerció su Magisterio los primeros años en S. Andrés y después y durante toda su vida profesional en Las Ventas. Desde esta página mi particular homenaje y respeto a toda su labor, su tremendo esfuerzo por enseñar a tantos infantes y preadolescentes; todos ellos, la mayoría hijos de mineros   que vinieron en busca de una vida mejor. Hubo años que llegó a tener 80 alumnos, todos de edades comprendidas entre 6 y 14 años pernoctando en una misma clase; aquel local multifunción enorme propiedad del Señor Morán.

La clase constaba de escaso mobiliario: En la pared opuesta a la entrada, a la parte central, la mesa maestral de madera con su correspondiente silla. A la izquierda de una de las ventanas, un pequeño armario con los libros antiguos custodiados como una reliquia (enciclopedias 1º, 2º y 3º de Álvarez, la de iniciación profesional; “intuitiva, sintética y práctica”, los Catones, etc.), un diccionario, un atlas y el tan trotinado “D. Quijote de la Mancha”, siempre nos lo hacía leer  pasando de mano en mano, incansable, como aquel viejo loco arreador de molinos y “desfacedor” de entuertos que nos tenía a todos robado el corazón; y también los ojos, pues a más de uno le costaba de-sentrañar las letras por lo minúsculas que eran. Puede ser que no fuera el único libro de lectura existente; de éste recuerdo cuatro o cinco ejemplares. Los libros contemporáneos estaban ubicados en el otro estante: una colección flamante de “Las unidades didácticas”que sustituyeron en nombre a las antiguas lecciones. A un lado y otro de la columna central, se situaban los pupitres normativos y los que no lo eran. Hubo una época en que, debido a la masificación, teníamos que traernos una banqueta de casa, de lunes a sábado; que en aquellos tiempos era también lectivo hasta el mediodía. Después de esta hora venía mi madre y nos recogía el utillaje: dos banquetas de madera y una silla pequeñita de mimbre. El motivo “de tanto mudar” era que el domingo se celebraba en el mismo lugar “la Santa misa”siendo el párroco: “Don Isaías”. El lunes, vuelta a comenzar, banquetas bajo el brazo y niños a  la Escuela Nacional.

La calefacción consistía en una estufa cilíndrica de hierro fundido con sus arandelas; el tubo de latón remendado por varios sitios, salía por el agujero hecho en el vidrio superior de la ventana, situada a la derecha del local. Una puertecilla próxima al portalón de entrada, descubría la carbonera  dentro de la clase, siempre llena de carbón; nunca nos faltó el negro y sólido elemento. Otra cosa era la leña…  la teníamos que traer de casa, cada día uno. Lo malo era que a la mayoría se le olvidaba. Cuando esto sucedía venía “el señor Manuel” con el paquetito de cartón rebosante de leña menuda picadita para que se prendiera bien, pues, a veces, aquella estufa “no tiraba” lo suficiente y nos ahumábamos cual chorizos bercianos. ¡Cuanto me acuerdo del señor Manuel! Un hombretón, tan grande por fuera como por dentro…a buena parte iba él a consentir que “su hija Ana pasara frío” por culpa de “los interfectos” que allí pernoctábamos y que, con frecuencia,  nos dejábamos la leña en casa. Cariñoso y siempre cómplice con su hija, bondadoso con todos; siempre nos era muy grato verle por allí con aquel talante especial. Ellos, en la ardua  tarea de inculcarnos una responsabilidad, nos dieron a todos la mayor lección de solidaridad compartiendo con  nosotros hasta su leña.

Querida Ana, colega mía, no sabes lo que te aprecio… Me gustaría poder enseñarte donde trabajo, poder explicarte como enseño, compartir experiencias o pedirte consejo; estoy tan lejos…Seguramente tú, te preguntarás qué habrá sido de algunos de tus alumnos,  yo te aseguro que algo de ti se quedo con nosotros, tú que con tu generosidad y humanidad nos entregaste tu juventud y nunca nos dejaste. En Las Ventas, camino de la escuela,  una gran mujer merece ser recordada por su valentía y coraje.

 

                                           

                                          Con cariño, de tu antigua alumna: Lauri Domínguez Zazo

 

Copia de Imagen 025

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“El magosto”

 TRADICIONES Y NIÑEZ

   Ahora que se acerca el tiempo de otoño y tradiciones, de castañas y magosto; recuerdo, en aquellos primeros años tras dejar Torre del Bierzo y asentarnos en Las Ventas, aquella Carretera Vieja siempre ambientada por el griterío alegre de los muchos niños y niñas que allí crecían: Lauri, Mero, Paco, Feli, Mª Sol, Mª Carmen, Rosi, Boni, Tinito, Galito y Julio Cesar, Pepito, Tomasina, Avelinita, Lumi, Loli, Gelines, Mª Jesús, Camilín,…y tantos y tantas otras (desde aquí mi más sincero recuerdo y cariño a todos ellos).

 

   Cualquiera “diada” o pequeño extraordinario producía en nosotros el efecto de un milagro: de pronto se olvidaban los desencuentros, los enfados (si alguna vez los hubo) y todos nos convertíamos en entrañables amigos; allí se compartía todo. Éramos felices con cualquier cosa: un bote, una pelota, unas castañas asadas, unas rosquillas, etc.

 

   La víspera a la celebración del Día de Todos los Santos, se juntaban dos grandes amigas y vecinas: Carmen y Tina (mi madre querida). Su misión: ¡hacer rosquillas! ¿En tu cocina? ¿En la mía? ¡Tanto daba! Ese día hacían rosquillas hasta que la cara se les ponía colorada al calor de aquel carbón incansable y el aceite borboteante. Los niños entrábamos y salíamos por aquel pasillo, impacientes; tanto por probar el dulce, como por gozar de la fiesta que se avecinaba.

 

   ¿Las castañas? ¡Ay, las castañas! Era todo un acontecimiento ir a recogerlas al bosque. Cada año los dueños arrendaban algunos castaños a gente del pueblo; entre algunas de ellas Carmen, Tina, Avelina y Nina. Los niños participábamos activamente en la recolecta con gran algazara. ¡Ah! y si convenía también colaborábamos en traer la leña.

 

   Los mayores hacían un gran fuego enfrente de aquella escalera de piedra (hoy inexistente) y todos aportaban las viandas y las bebidas; unos los chorizos, otros las castañas, las patatas pequeñitas, las rosquillas, la bota de vino, la gaseosa. Todos traían en la medida que tenían,  siempre hubo respeto, valoración, armonía, paz,…

 

   Los chorizos se asaban envueltos en gruesos de papel de periódico mojado. Las  castañas y patatas directamente entre las brasas. Cuando estaba todo listo, se disfrutaba de aquel manjar y de la conversación y ocurrencias de pequeños y mayores al calor de las brasas. Lo más importante era el calor  que daba la amistad de aquellos vecinos entrañables de la Carretera Vieja: El señor Avelino, su hija Virginia, Rancaño, Pepe, Floro, Baldomero,…etc.

 

   Recuerdo aquella escalera, cuartel general y punto de encuentro de muchos niños y niñas; hoy hombres y mujeres “que se hacen mayores” y que  seguro también recuerdan. Pues bien, para ellos, para todos; desde aquella escalera y con el candor y sencillez que la caracterizan, Tina os dedica esta poesía creada por su genio y letra.

 

                                                                                          Lauri Domínguez Zazo

 

 

 

LAS CASTAÑAS

 

 

 

Castañas fruto del Bierzo,

por todos muy apreciadas,

fruto seco, peligroso,

pues,…bastante trabajoso

es quitarle la coraza.

 

Aquellos que no os conocen,

ni saben de vuestro origen,

no saben que tenéis “pinchos”

que hacen guardia a las castañas,

por fuera de los erizos.

 

Y que para recogerlas,

hace falta poner guantes,

calzarse de buenas botas,

y aquellas que están rebeldes,

bajarlas de la picota.

 

Yo os convido a conocerlas

si alguno tiene interés,

en la Carretera Vieja,

como ya es de tradición,

en el “día del magosto”

asaremos un montón.

 

De sabor…, están muy buenas,

No son gordas ni delgadas

no son rubias ni morenas,

son castañas ¡las castañas!

 

 

                                         Florentina Zazo González

 

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Història d’una vella escala

Hi ha moments, potser adormits en les golfes de la memòria, que de tant en tant es desperten a poc a poc i ens fan reviure amb intensitat un cúmul d’experiències felices de la nostra vida. Malgrat tot no deixo de pensar: “El millor dia està per arribar”

Els records de dies passats s’orienten cap a la meva infantessa, en companyonia dels meus amics de sempre, aquells amb qui les hores passaven molt depressa; un temps, un lloc màgic…, aquelles estones en una escala de pedra davant de casa: l’escala de casa meva, dels meus jocs infantils, de les nits otejant el cel estelat mentre la mare ens explicava una bella història de prínceps i princeses encantades abans d’anar a dormir.

Fins allà hi arribava el vent seré de la tardor, la olor que feien les castanyes bullides amb llet.  A l’hivern, quan s’apropava el Nadal,  sempre contemplaven la neu del carrer desde darrera dels vidres ploraners al calor de la cuina de carbó; la mare ens feia un gran ninot de neu a la carretera vella i ens deixava sortir un breu moment per fer la guerra de boles amb els veins. En feia il.lusió veure’ls contents: es com si el temps no hagués passat.

escalera

 

 

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El passat que vindrà

Els dies passen i no tornen, els capítols del temps es perden en la llunyania però la historia queda en el record.

 

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