9ª sesión (10/01/2023)

CAPÍTULOS XXI Y XXIII: LA CUEVA DE MONTESINOS

( Uno de los episodios más destacados de la segunda parte es el de la Cueva de Montesinos. En el capítulo XXII, después de las bodas de Basilio y Quiteria, Don Quijote se propone descender a esa célebre cueva, atraído tanto por el nombre-Montesinos era un héroe famoso de los romances viejos- como por las maravillas que de ella se cuentan. Un licenciado con el que había coincidido antes de las bodas les proporciona como guía a un primo suyo, que resulta ser un erudito chiflado. El primo les conduce a la entrada de la cueva; allí atan a Don Quijote con una soga y lo descuelgan por la abertura. Don Quijote desciende un buen trecho hasta que, cansado, se introduce en un entrante y da voces a Sancho y al primo para que no suelten más cuerda. Pero Don Quijote se halla a tal profundidad que ya no le oyen, y siguen soltándola. No le queda más remedio que esperar a que vuelvan a izarle; de modo que se sienta y, fatigado, se duerme. Al cabo de media hora, Sancho y el primo tiran de la soga y lo sacan al exterior. )

El capítulo XXIII se ocupa, como nos indica el título, “De las admirables cosas que el extremado Don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos”. Don Quijote ejerce aquí de narrador, y obviamente su personalidad condiciona el relato. Sancho y el primo, que le interrumpen varias veces con sus comentarios, son los destinatarios internos de esa narración. La aventura está construida, argumentalmente, como parodia del motivo del descenso a los infiernos o cuevas mágicas, habitual en la literatura y también en la narrativa caballeresca, una prueba que el héroe se impone o debe asumir como parte de su proceso de sublimación como personaje mítico.

Una vez fuera don Quijote relata lo que ha soñado como si realmente lo hubiera vivido dentro de la cueva. El Primo cree todo lo que cuenta, Sancho no y el propio don Quijote dudará de si lo que le ha ocurrido es real o no.

Relata don Quijote que despertó en un hermoso prado y que vio un palacio de cristal, del que salió para recibirle el anciano Montesinos personaje de las leyendas carolingias, de las que pasó al romancero viejo. Este le confirma que es verdad lo que en el Romancero se cuenta de él: cumpliendo la voluntad del propio Durandarte, una vez éste había muerto, le arrancó el corazón y lo llevó a su amada Belerma.

Ejerciendo como guía en su viaje subterráneo, Montesinos le muestra a Durandarte, que yace sobre un sepulcro, recitando maquinalmente su propio romance. Después le cuenta que en la cueva viven encantados, por culpa de Merlín, muchos personajes de la tradición carolingia y artúrica, entre ellos Lancerot y Ginebra. También ve en la cueva a Dulcinea y dos de sus damas, pero bajo la apariencia de labradoras. Montesinos afirma que don Quijote es el encargado de liberarlos, pero que ya le avisará cuándo deba hacerlo

 

 

LA CAVERNA Y LA VISIÓN– Cervantes, con esta caverna o mazmorra, paraíso e infierno, espacio ultramundano de lo mágico y oculto, desmitifica uno de los lugares (tópicos) más ricos de la tradición literaria para plantear cuestiones de moral y de poética.  Cervantes hace aquí un uso particular del tópico proveniente de las novelas de caballerías. Sin embargo, la perspectiva épica se combina con la burlesca: vemos como la cueva está poblada de seres extraordinarios con remates vulgares que desmitifican la tradición alegórica de las visiones de submundo. De nuevo, vemos la presencia del humorismo con una clara intención paródica. Lo más curioso es la actitud de DQ, que va explicando su visión sin darse cuenta de los elementos grotescos que hay en ella. Pónganse como ejemplos de elemntos paródicos: el corazón amojamado de Durandarte, la descripción física de Belerma (668), las tres labradoras saltando como cabras, el préstamo que pide una de las damas de Dulcinea…

 

CAPÍTULO XXIX: EL BARCO ENCANTADO

 DQ y Sancho llegan al Ebro y se ofrece a su vista “un pequeño barco sin remos ni otras jarcias” y llevado por su fantasía caballeresca- supuestamnete el barco es señal inequívoca de que algún caballero esté en apuros-  ordena a Sancho embarcar. El tema del capítulo es uno de los más típicos de los libros de caballerías: el barco encantado que se encuentra por casualidad al lado del río o del mar y que lleva por magia -sin que nadie lo gobierne- a un sitio exótico donde el caballero acaba una gran aventura. Como modelos de este episodio se han sugerido el Palmerín de Inglaterra y el Espejo de príncipes y caballeros.

DQ se exalta y se cree que siguiendo el curso del río han llegado al mar y han pasado la línea equinoccial. Pero el pequeño barco está alcanzando la otra orilla con peligro de dar contra las ruedas de una aceña (molino harinero), y al reparar en ello acuden los molineros, blancos de harina, con varas apropiadas para detener la embarcación. DQ se sobresalta y los increpa y amenaza ya que los confunde con malvados secuestradores. Los molineros consiguen detener el barco, no sin que DQ y su escudero se zambullan en el río y el bajel resulte destrozado.

La “aventura” que tiene lugar en este capítulo se parece más a las de la Primera parte que a cualquier otra de la Segunda; es decir, DQ transforma la realidad, emprende la aventura, fracasa, y se disculpa citando la intervención de los encantadores. Pero hay diferencias importantes, sobre todo cuando DQ reconoce la realidad (“aunque parecen aceñas, no lo son”) y cuando les paga a los pescadores, cosas que nunca ocurren en la Primera parte. Las palabras de DQ en este capítulo (“Dios lo remedie; que todo este mundo es máquina y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más”) ilustran bien su impotencia y su pesimismo y preparan la escena para la gran farsa que será la visita al castillo ducal.

Quant a ROSA MARIA POY RODA

Profesora de Literatura castellana (INS Priorat)
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