Viernes, 8 de enero

SEGUNDA PARTE

Inicia Cervantes su prólogo, diciéndole al lector que probablemente espere expresiones de rabia y vituperios contra el autor del segundo don Quijote, pero él no va a caer en esa tentación, porque “los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla”…”castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo halla” ( Estas tres frases significan lo mismo: “allá él, él sabrá lo que hace” ).

Se queja de que el autor lo mote de viejo, manco y envidioso. Respecto a lo primero contesta “como si hubiese sido en mi mano detener el tiempo”. ..”hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años”. Tocante a lo segundo, que su manquedad no ha nacido en una taberna, sino “en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”. Referente a lo tercero, “de dos envidias que hay, yo sólo conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada”.

Dice que no se siente agraviado por ese autor, pues comprende que a veces el demonio puede hacerle creer a un hombre que puede escribir un libro con el que ganar fama y dinero. Para ilustrarlo le cuenta dos cuentos de locos.

Uno cogía un perro y con un canuto, lo inflaba, preguntándoles después a los circunstantes: “¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?. ¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?.

El otro lanzaba piedras sobre los perros, en una de las ocasiones lo vio el dueño de uno y cogiendo una vara, no le dejó al loco un hueso sano, diciéndole “¿No vistes cruel que era podenco mi perro?. Desde ese momento, el loco cuando veía un perro, decía “Éste es podenco, ¡guarda!”. De la misma manera, cree Cervantes que le puede ocurrir a ese autor, que no descargue más su ingenio en libros, pues le salen malos y “más duros que las peñas”.

Por último, respecto a que con su falso Quijote le va a quitar ganancias en las ventas, le dice que no le importa, pues tiene la protección del Conde de Lemos y la caridad del ilustrísimo de Toledo; a estos dos príncipes les está agradecido por su ayuda, pues “la honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero como la virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y, por consiguiente, favorecida. Continúa diciendo que la segunda parte que le da al lector es cortada del mismo artífice y del mismo paño que la primera.”. Dado que “la abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía, aun de las malas, se estima en algo” quiere presentar un Quijote “dilatado” y finalmente muerto y sepultado, para que ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios.

Comentario

El año 1614, nueve años después de la aparición de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, se publicó con pie de imprenta de Tarragona el Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras. Está compuesta por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas.”

Ya desde el inicio, en el mismo prólogo, utiliza el autor una serie de expresiones viles contra Cervantes. Su abyección llega a tal, que pretende denigrar tanto la inmortal obra, como a su autor, Cervantes: a) Trata la historia de don Quijote “Como casi una comedia”; b) Lo trata de manco “…y digo mano, pues confiesa de sí que tiene solo una”; c) Viejo “ Y pues Miguel de Cervantes es ya de viejo como el castillo de San Cervantes”; d) Deslenguado: “tiene más lengua que manos”.

Dicho lo anterior, lo acusa de ofender a dos personas: a quien escribe el prólogo y “particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras”, en clara alusión a Lope de Vega.

Por último lo acusa de envidioso, pero lo exculpa en lo yerros dado que “el haberse escrito entre los de una cárcel; y así no pudo dejar de salir tiznada de ellos, ni salir menos que quejosa, murmuradora, impaciente y colérica, cual lo están los encarcelados”.

Como vemos, el anónimo autor, desea iniciar una guerra con Cervantes. Este contesta desde la serenidad, pero con humor y fina ironía a los insultos e injurias (viejo, manco, murmurador y envidioso) que contra él había dirigido Avellaneda.

 

Prólogo al lector

¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre o quier plebeyo1, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo, de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona2! Pues en verdad que no te he de darI este contento, que, puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno3, del mentecato y del atrevido, pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya4. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco5, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sinoII, 6 en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros7. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga8, y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa9 que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.

He sentido también que me llame invidioso y que como a ignorante me describa qué cosa sea la invidia10; que, en realidad de verdad, de dos que hay11, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bienintencionada. Y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa12. Pero en efecto le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo13.

Paréceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los términos de mi modestia, sabiendo que no se ha de añadirIII aflición al afligido14 y que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro15, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si por ventura llegares a conocerle16, dile de mi parte que no me tengo por agraviado, que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y imprimir un libro con que gane tanta fama como dineros y tantos dineros cuanta fama; y para confirmación desto, quiero que en tuIV buen donaire y gracia le cuentes este cuento:

Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo17, y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el fin18, y en cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte, con el un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota; y en teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas en la barriga y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que siempre eran muchos: «¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?». ¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro19?

Y si este cuento no le cuadrare, dirásle, lector amigo, este, que también es de loco y de perro:

Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima de la cabeza un pedazo de losa de mármol o un canto no muy liviano, y en topando algún perro descuidado, se le ponía junto y a plomo dejaba caer sobre él el peso. Amohinábase el perro y, dando ladridos y aullidos, no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que entre los perros que descargó la carga fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y sintiólo su amo, asió de una vara de medir y salió al loco20 y no le dejó hueso sano; y cada palo que le daba decía: «Perro ladrón, ¿a mi podenco21? ¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?». Y repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco hechoV una alheña22. Escarmentó el loco y retiróse, y en más de un mes no salió a la plaza23; al cabo del cual tiempo volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde estaba el perro, y mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a descargar la piedra, decía: «Este es podenco: ¡guarda24!». En efetoVI, todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos o gozques25, decía que eran podencos, y, así, no soltó más el canto. Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador, que no se atreverá a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son más duros que las peñas.

Dile también que de la amenaza que me hace que me ha de quitar la ganancia con su libro26, no se me da un ardite, que, acomodándome al entremés famoso de La perendenga, le respondo que me viva el veinte y cuatro mi señor27, y Cristo con todos28. Viva el gran conde de Lemos29, cuya cristiandad y liberalidad, bien conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me tiene en pie, y vívame la suma caridad del ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas30, y siquiera no haya emprentas en el mundo31, y siquiera se impriman contra mí más libros que tienenVII letras las coplas de Mingo Revulgo32. Estos dos príncipes, sin que los solicite adulación mía ni otro género de aplauso, por sola su bondad, han tomado a su cargo el hacerme merced y favorecerme, en lo que me tengo por más dichoso y más rico que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero como la virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y, por el consiguiente, favorecida.

Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino advertirte que consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada del mismo artífice y del mesmo paño que la primera, y que en ella te doy a don Quijote dilatado, y finalmente muerto y sepultado33, porque ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta también que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras, sin querer de nuevo entrarse en ellas: que la abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía34, aun de las malas, se estima en algo. OlvidábasemeVIII de decirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea35.

Quant a ROSA MARIA POY RODA

Profesora de Literatura castellana (INS Priorat)
Aquest article ha estat publicat en Quijote. Afegeix a les adreces d'interès l'enllaç permanent.

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà Els camps necessaris estan marcats amb *