12ª sesión (16/01/2023)

CAPÍTULO LXXIII

Asunto: Llegan a su aldea y DQ interpreta como un mal agüero un trivial comentario de dos niños. Sancho intenta quitarle importancia al asunto e incluso le compra una jaula de grillos para convencerle de que volverá a ver a Dulcinea.  DQ es recibido con mucho cariño por sus familiares y amigos. Sancho es recibido por su mujer Teresa y su hija que se extraña de no verle con aspecto más adinerado

DQ cuenta a sus amigos su nueva situación y les propone irse a hacer de pastores. En el fondo está buscando otra forma de literaturizar su vida de una forma menos arriesgada posiblemente. Sus amigos le siguen la corriente. La sobrina y el ama se escandalizan de la nueva locura de DQ. Al final del capítulo lo llevan a la cama.

Comentario: Por tercera y última vez, DQ vuelve a su pueblo, ahora físicamente libre y no encantado, pero profundamente melancólico. Por esto interpreta como agüeros tristes las primeras cosas que oye y ve a la entrada: la disputa sobre una jaula de grillos y una liebre huyendo de galgos y cazadores. Tanto la jaula como la liebre -Dulcinea- le avisan que no verá más a la señora de sus pensamientos.

En la primera parte casi no hay agüeros, pero en la segunda, con frecuencia., se oyen o se ven cosas que se sienten como tales. Unos cap. antes, DQ los había rechazado como una superstición del vulgo. En vista de ese repudio tan reciente, el comienzo de este capítulo revela la reciente desesperación del caballero.

Ahora le toca a Sancho consolar a su amo. Al final de la segunda parte, Sancho, el exgobernador, desencantador de Dulcinea y resucitador de Altisidora, se muestra más discreto y capaz de dirigir a DQ, cada vez más débil.

Sancho se reencuentra con su familia y , en su casa, DQ revela al cura y a Sansón las noticias de su derrota y su intención de pasar el año como pastor enamorado; les invita a acompañarle en este ejercicio pastoril. Es natural que DQ decida vivir otra ficción, pero, habiendo oído la ama y la sobrina esta conversación, protestan enérgicamente. No les lleva la contraria DQ. Le faltan fuerzas y pide ser llevado al lecho. Le falla, por fin, tanto la ilusión caballeresca, como la pastoril.

CAPÍTULO LXXIV

Asunto: DQ cae enfermo. El médico dice que la melancolía acabará con él.

Todos miran de animarle con la idea de ir a hacer de pastores. Pero dQ a recobrado el juicio decide que debe confesarse y hacer testamento. En él favorece económicamente a Sancho y dice que si estando loco le dio el gobierno de una isla ahora que está cuerdo si pudiera lo haría gobernador de un reino ya que su sencillez y fidelidad lo merecen.

Sancho se emociona, le dice que posiblemente perdió contra el caballero de la Blanca Luna porque él cinchó mal al caballo. Incide en la idea que Dulcinea ya está desencantada y que deben irse a hacer de pastores.

DQ repite que está curado de su locura y abomina de los libros de caballerías, les pide que no intenten animarlo con historias de pastores o caballeros.

Concluye su testamento dejando su hacienda a su sobrina, a condición de que no se case con alguien que conozca los libros de caballerías.

Vuelve a criticar al Quijote de Avellaneda. Y subraya que muere y que nadie podrá resucitarle y seguir con sus aventuras, parece Cervantes querer asegurarse de que no habrá nuevas continuaciones.

Acaba Cervantes con una nueva crítica a Avellaneda y expresando que su deseo fue poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías.

Comentario: La historia de DQ es la de un loco; es preciso, pues, que termine con la recuperación del juicio y de la identidad subsumida en el nombre Alonso Quijano el Bueno.

¿Muere DQ a causa de la melancolía -desajuste de los humores corporales, según la medicina de la época- o a causa de la pesadumbre resultante de su derrota por el caballero de la Blanca Luna? El texto no aclara el problema.

Sansón Carrasco cumple un papel importante en el último capítulo. Igual que Sancho, no acepta el hecho de que DQ está moribundo. Trata de animarle a volver a vivir fantasías. La ironía es considerable. Fue él quien ideó la tercera salida pensando vencerlo y obligarle a volver a la aldea donde se hiciese curar. Cuando lo consigue, es incapaz de enfrentarse con las consecuencias de su intervención en la vida de su vecino.

Rodeado de sus amigos y parientes, DQ muere cuerdo y conforme a las prácticas cristianas, como los caballeros del Tirante el Blanco. En tiempos de su locura, el héroe no frecuentaba las iglesias, ni le veíamos practicar devociones serias fuera de ellas, aunque sabía hablar inteligente y ortodoxamente de los artículos de la fe cristiana. Si de cuerdo hubiera tenido más vida, no habría leído libros de caballerías, sino otros que fueran “luz del alma”. Cuando despierta del sueño de la conversión, DQ se declara libre de “las sombras caliginosas de la ignorancia”, producto de la lectura excesiva de los libros de caballerías. El hidalgo cuerdo admite su “desengaño”, voz que en el barroco español tenía el sentido positivo de esclarecimiento.

En el resto de su vida, DQ y, despué de su muerte, Cide Hamete, abominan de los libros de caballerías, causa de la ignorancia y del engaño humanos. Se confirma así el propósito de la novela, tal como ha sido declarado en el Prólogo de la primera parte y repetido tantas veces en la ficción.

El Q. de Avellaneda sigue atormentando el espíritu cuerdo de DQ. Ruega a sus albaceas que, si logran identificar y encontrar al autor seudónimo, le pidan perdón de su parte por la ocasión que le ha dado de escribir obra tan detestable. Él mismo toma precauciones para evitar toda imitación de su Segunda parte. La muerte conmovedora de DQ estorba posibles continuaciones; y la pluma de Cide Hamete proclama que DQ nació para ella sola.

ACTIVIDAD: Comentario de texto del siguiente pasaje de la novela.

Cubriéronse, y sintiendo don Quijote que estaba como había de estar, tentó la clavija, y apenas hubo puesto los dedos en ella cuando todas las dueñas y cuantos estaban presentes levantaron las voces, diciendo:
—¡Dios te guíe, valeroso caballero!
—¡Dios sea contigo, escudero intrépido!
—¡Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas! ¡Mira no cayas, que será peor tu caída que la del atrevido mozo que quiso regir el carro del Sol, su padre!
Oyó Sancho las voces, y apretándose con su amo y ciñiéndole con los brazos, le dijo:
—Señor, ¿cómo dicen estos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces, y no parecen sino que están aquí hablando junto a nosotros?
—No repares en eso, Sancho, que como estas cosas y estas volaterías van fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sé de qué te turbas ni te espantas, que osaré jurar que en todos los días de mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo; que, en efecto, la cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.
—Así es la verdad —respondió Sancho—; que por este lado me da un viento tan recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.
Y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo, que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta.
Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:
—Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo y las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región; y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.
En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos, pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el calor, dijo:
—Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos.
—No hagas tal —respondió don Quijote— y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerno de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra, por no desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos, que el que nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros […]
—No sé lo que es —respondió Sancho Panza—; solo sé decir que si la señora Magallanes, o Magalona, se contentó destas ancas, que no debía de ser muy tierna de carnes.
Todas estas pláticas de los dos valientes oían el duque y la duquesa y los del jardín, de que recibían extraordinario contento; y queriendo dar remate a la extraña y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileño le pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de cohetes tronadores, voló por los aires con extraño ruido y dio con don Quijote y con Sancho Panza en el suelo medio chamuscados.

Quant a ROSA MARIA POY RODA

Profesora de Literatura castellana (INS Priorat)
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