Capítulos XIII (2ª parte) y XV
CAPÍTULO XIII
Comida en casa de los marqueses de Vegallana. Ambiente: galanteos, envidias… Encuentro del triángulo Ana-Fermín-Álvaro. Comienzo de la rivalidad FermínÁlvaro (materializada en el salvamento de Obdulia Fandiño, por parte del Magistral). El clérigo comienza a sentir un claro enamoramiento respecto a Ana, mientras que esta sigue viéndolo como un escudo para protegerse de la seducción de Álvaro Mesía.
El alumno debería señalar que el resto de los personajes han tomado ya conciencia de la rivalidad que se ha establecido entre don Álvaro y don Fermín con respecto a doña Ana. Tenemos ya bien definidos los tres vértices del triángulo amoroso que da sentido a la obra. Encontramos el siguiente comentario de Ana: «si no fuera por don Víctor, el Magistral no tendría por qué defenderla, ni aquella lucha entre dos hombres distinguidos que comenzaba aquella tarde tendría razón de ser.» De esta cita deducimos que Ana es ya plenamente consciente del enfrentamiento que se está produciendo a su alrededor. Ella dice estar convencida de que, con la protección de un hombre tan extraordinario como el Magistral, don Álvaro no conseguirá vencer su resistencia. Quintanar queda apartado de esta lucha; es, como dice Ana «un respetable estorbo» que ni siquiera tiene suficiente entidad como para formar parte del triángulo que se ha formado entre los otros personajes.
-Lectura: págs. 213-214 (ed. Vicens Vives)
CAPÍTULO XV
Vuelta de Fermín a casa. Enfrentamiento con doña Paula, su madre y controladora universal de su vida. Gran salto atrás: historia de doña Paula (al final de ella se indica que la historia ha sido recordada por Fermín): determinismo justificante (o explicatorio): infancia de doña Paula (hija de minero); ama y dueña del cura de Matalarejo; boda con el artillero; negocio de vinos; ganadería; taberna minera; empresaria de Fermín; ama de Fortunato Camoirán. Vuelta al presente. Fermín, enamorado sin ser consciente de ello. Presentación del sucio negocio de la Cruz Roja: en primer lugar, por lo que pasa esa noche; en segundo lugar, por las acusaciones de Santos Barinaga, borracho.
Doña Paula es una presencia constante y dominante en la vida del Magistral. Don Fermín sabe que la avaricia de su madre lo coloca en una situación delicada con respecto a la diócesis, pero se siente en deuda con ella y por eso es prácticamente incapaz de rebelarse contra su control y opresión, a pesar de que piensa que «me trata como un niño» . El caso de Fermín se contrapone al de Ana, quien no llegó a conocer a su madre y cuyo carácter siempre se ha resentido de la ausencia de la figura materna.
FIN PRIMERA PARTE- 3 DÍAS- PRESENTACIÓN DE LOS PERSONAJES + SE VISLUMBRA EL CONFLICTO.
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Os publico tres fragmentos de La Regenta para un posible comentario. Elegid el que más os guste. La fecha máxima de entrega será el día 30 de abril.
Si queréis que revisemos la estrategia de comentario, acordad una sesión y me lo comunicáis por whatsapp. En cualquier caso, AQUÍ tenéis las pautas que aplicamos en el Quijote. Asimismo os paso un comentario que os puede dar bastante luz sobre todos los aspectos que tenéis que analizar. De todos modos, vosotros debéis realizar un redactado seguido, no por apartados.
TEXTO 1
La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo. Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.
Capítulo I
TEXTO 2
Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano, contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol, mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la torre de la catedral.
Capítulo I
TEXTO 3
[Ana] Abrió el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que corría desde la cintura a las sienes.
«¡Confesión general!»estaba pensando. Eso es la historia de toda la vida. Una lágrima asomó a sus ojos, que eran garzos, y corrió hasta mojar la sábana.
Se acordó de que no había conocido a su madre. Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados.
«Ni madre ni hijos».
Esta costumbre de acariciar la sábana con la mejilla la había conservado desde la niñez. Una mujer seca, delgada, fría, ceremoniosa, la obligaba a acostarse todas las noches antes de tener sueño. Apagaba la luz y se iba. Anita lloraba sobre la almohada, después saltaba del lecho; pero no se atrevía a andar en la oscuridad y pegada a la cama seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora, acariciando con el rostro la sábana que mojaba con lágrimas también. Aquella blandura de los colchones era todo lo maternal con que ella podía contar; no había más suavidad para la pobre niña. Entonces debía de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro años. Veintitrés habían pasado, y aquel dolor aún la enternecía. Después, casi siempre, había tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su memoria; una porción de necios se habían conjurado contra ella; todo aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de niña, la injusticia de acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba todavía y le inspiraba una dulcísima lástima de sí misma. Como aquel a quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de blandura y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían oprimido su cabeza de niña contra un seno blando y caliente; y ella, la chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un perro negro de lanas, noble y hermoso; debía de ser un terranova. ¿Qué habría sido de él?. El perro se tendía al sol, con la cabeza entre las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente. En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre los montones de yerba segada.[…]
Capítulo III