Lunes, 6 de mayo

El escenario urbano

Luciérnagas está ambientada en Barcelona y transcurre entre el verano de 1935 y el 26 de enero de 1939. En ella se describe con gran exactitud la metamorfosis del espacio urbano en el que habitan sus personajes.

La evolución psicológica que experimenta Sol se solapa con la honda transformación que sufre la ciudad. Ana María Matute se vale de imágenes y vivencias propias para trazar una visión alucinante de Barcelona, la cual se encuentra sumida en el caos, en el hambre, la miseria, y teñida de sangre y venganzas. Los sucesos bélicos irrumpen en los escenarios urbanos más característicos de la ciudad tales como Pedralbes, el Ensanche, la calle Muntaner, la plaza de la Universidad, el barrio gótico, la Vía Layetana, la Barceloneta, las laderas del Tibidabo, etc., los cuales forman parte de la memoria de la autora. A su vez, también truncan la infancia feliz de la protagonista.,
En la primera parte de la novela, la Barcelona roja se despliega ante la mirada inocente y atónita de Sol, que no llega a entender el significado de la palabra revolución y sus graves consecuencias. Durante su formación académica en el internado de Saint-Paul, Sol vive aislada del mundo, imaginando una ciudad muy distinta de la real:

“Dentro del pupitre había formado, con cuadernos y libros una ciudad maravillosamente complicada. Pero ella nada sabía de las ciudades, ni siquiera conocía aquella en que había nacido. Qué difícil de imaginar, entonces, que era posible reducir a escombros parte de una ciudad, en unas horas”.

La fuerza que emanan algunos espacios es muy potente, e incluso en algunos momentos estos acaban acaparando la importancia del personaje. La personificación y la metonimia son dos recursos muy empleados por la autora para calificar ese espacio urbano que se va transformando irremediablemente ante los ojos de la protagonista. La ciudad se encuentra despojada, herida y apagada, tal y como se encuentran sus habitantes:

“Pasó el tiempo. Día tras día, la ciudad fue apagándose. Un nuevo aspecto, sucio y miserable, se descubría ante los ojos de Eduardo. Una ciudad despojada, herida. Las tiendas pequeñas, vacías, los almacenes cerrados, los hombres en el frente. Ya no se veían desfilar puño en alto a las mujeres vestidas de soldado…Una sombra triste, húmeda, iba cubriendo la ciudad”.

Durante el tiempo en el que los dos hermanos, Eduardo y Sol, se encuentran deambulando por la ciudad, ambos viven dos experiencias críticas que marcan un antes y un después en la visión inocente de la joven. En primer lugar, la visita a la buhardilla de Daniel, situada en una calle oscura que desemboca en el Paseo de Colón. Este suceso supone para Sol eldescubrimiento de otra ciudad hasta entonces desconocida y con otras formas de vida. También puede palpar de forma más directa la miseria, la enfermedad y la muerte. Las descripciones casi cinematográficas que lleva a cabo la autora, avanzan desde la panorámica exterior a la del mísero cuartucho donde yaceDaniel:

“La calle era angosta, sin luz, y desembocaba en el Paseo de Colón. Eduardo reconoció el salobre del mar frío y mohoso, y lo aspiró con incierta melancolía. Los muros de las casas, altos y sombríos, deslizaban el cielo sobre sus cabezas, como un río negro”.

La segunda experiencia es la visita a las barracas-refugio situadas en las afueras de la ciudad, lugar donde se reúne Eduardo con sus amigos:

“La llevó ciudad arriba, hacia el Tibidabo. A medida que se acercaban a la montaña, la ciudad, tras ellos, parecía huir rosadamente, dulcemente, como si no existiera la guerra”.

En esta escena, se refleja la absoluta simbiosis entre el espacio y Eduardo. Este vive en condiciones infrahumanas en un espacio miserable totalmente al margen de la ciudad. La descripción de este espacio marginal como un paisaje polvoriento y calcinado es muy gráfica:

“Nunca antes pisó aquellos parajes. La hierba aparecía rapada y seca, y la tierra polvorienta, muy pisoteada. La silueta de las montañas despedía una extraña luminosidad lechosa. Muchos de los árboles fueron talados para hacer leña […] La barraca era pequeña y frágil, construida con ladrillos viejos, latas oxidadas y cañas”.

Al pie de dichas barracas se encuentra la ciudad, que al igual que sus habitantes se va degradando por la guerra:

“La ciudad era ahora una ciudad distinta. Por las calles, antes limpias, se amontonaba la basura. Las gentes iban mal vestidas […] Los edificios que creyó seguros, inconmovibles, parecían llenarse de un temblor irreal, fantástico. En los balcones, grandes carteles y banderas, hombres con fusiles y ametralladoras. Por las calles, hombres vestidos con mono azul o con el torso desnudo, con rojos pañuelos al cuello desfilaban puño en alto. Camiones y coches, abarrotados de hombres y mujeres, huían vertiginosamente. Los bares, los teatros, los restaurantes, tampoco eran los mismos. Turbas de gentes desarrapadas los invadían…”

En todas las descripciones el juego metonímico es constante. La ciudad vive al compás de los protagonistas:

“En la calle, la ciudad ya estaba despierta. Gente desconocida iba a sus quehaceres…Veía sus rostros ateridos de frío, sus ojos preocupados. Sol recordó el tiempo en que creía en un mundo peligroso, pero no temido, como ahora, con las ciudades rotas, sucias, hambrientas, con innumerables seres inclinados al suelo para recoger desperdicios”.

Y en este desdoblado paisaje urbano surgen nuevos espacios, como el comedor del auxilio social al que acude Sol. Este nuevo espacio de supervivencia es un símbolo de la imparable transformación urbana. Ya no queda nada de aquella ciudad soñada y construida por Sol durante su estancia en el internado.
En la segunda parte de la novela, la visión de la ciudad de Barcelona, ya sumida en plena guerra, se presenta de forma apocalíptica. Las descripciones se vuelven totalmente sensoriales y reproducen con gran veracidad las sensaciones que experimentan los personajes:

“Cerca de las doce llegaron a la calle en que vivía Daniel, en una parte de la ciudad desconocida para Sol. Los altos muros de las casas se alzaban opacos y llenos de silencio. El olor del mar se adhería a ellos con un regusto de podredumbre. Le pareció que en el cielo, en el estrecho y largo cielo aprisionado, había un timbre lúgubre, como un presagio. Subieron la escalera en silencio. En lo alto había una claridad lechosa, más intensa cuanto más se acercaban a ella”.

Como único elemento confortable en medio de tanta miseria, se encuentra el calor humilde que produce el brasero de la casa de los Borrero, cuyas cenizas avivan en la imaginación de Sol el recuerdo de una ciudad ideal como las de antes de la guerra:

“-Es una ciudad, como las de antes […] Sí, era una ciudad grande, de noche, iluminada […] Sol acercó una mano abierta al resplandor de aquella imaginaria ciudad, que se encendía y se apagaba continuamente […] Si ese lugar no existía, era necesario crearlo, ser de los que amasan una época que no tuviese nada que ver con las ciudades encendidas ni con las ciudades que se esconden en la noche”.

Con el regreso de Sol a su casa, tras convivir un tiempo con Cristián en la torre de Sarrià, se ve de nuevo la ciudad como un escenario de la vida presente, y a su vez, de la memoria pasada. La protagonista se siente inevitablemente ligada a aquellos espacios ya que siempre yacerán en su recuerdo:

“La Plaza de Cataluña, barrida por un viento que levantaba nubes de polvo, aparecía solitaria, como desnuda. Tiempo atrás, recordaba, en el centro había un monumento al soldado desconocido, en cartón piedra…. Mientras caminaba hacia su casa, se notaba tremendamente ajena a todo y, al propio tiempo, condenada a cuanto la rodeaba”.

En el mes de enero de 1939, se produce la toma de la ciudad por parte de las tropas del general Yagüe. Una ciudad extenuada y moribunda cedía finalmente ante el cerco de los continuos bombardeos. En el ambiente urbano late la confrontación entre las diferentes expectativas de los dos bandos contendientes:

“La ciudad se revolvía como en un último estertor, las gentes huían presurosas ante el avance del ejército de Franco, y en las calles se palpaba la pena y la angustia, mal veladas […]. Franco avanzaba, avanzaba, y Sol lo supo por el clima miedoso, por un lado, y lleno de esperanzas por el otro, que se advertía en el corazón de la ciudad”.

Por último, sólo queda la visión final de la ciudad sometida, silenciosa y vencida. Sol en una última imagen contempla una ciudad totalmente desierta y destruida por los bombardeos sistemáticos e insistentes:

“Los aviones volaban cada vez más bajos […] En las calles grises, abandonadas bajo el débil sol de invierno, los golpes tenían un eco blando y la brutalidad parecía atenuada por el silencio”.

 

PERSONAJES SOL Y CRISTIÁN EN LUCIÉRNAGAS

 

Los años de la protagonista en el internado fueron «largos y casi inútiles», motivo por el que cuando, a los dieciséis, abandona Saint-Paul, los considera «ignorantes».

Se nos explica en qué ha consistido la educación de la joven y se introduce la idea de que, al cabo de aquellos nueve años, seguía sintiéndose insatisfecha y curiosa. El hecho de que las monjas no satisfagan las dudas y las preguntas de Sol nos hace pensar en un tipo de educación demasiado restrictiva y tradicional, que no estimula ni la curiosidad ni la inteligencia de las alumnas y que no las prepara para valerse por sí mismas en el día a día, sino para limitarse a un ámbito doméstico y depender de otras personas en lo demás.
Se trata también de una educación elitista, se observa cuando se nos habla de los niños «desharrapados» de los que procuran apartar a Sol, pero también de las distinciones que se hacen con las niñas de “la otra casa”.
Para Sol, el hecho de poder relacionarse con una persona ajena a ese mundo, como Ramón Boloix, supone una gran novedad y una cierta liberación, puesto que le permite enfrentarse a sus dudas y miedos. Aun así, esa primera relación que la joven considera sincera e inocente termina por ser «destruida de un modo sencillo y decisivo» por su abuela, quizá la persona del entorno de Sol que más claramente encarna el ideal de educación represiva que se le está imponiendo a la muchacha.

Estallido de la guerra

Sol, que apenas comprende el porqué de la guerra en la que de repente se ha visto inmersa, compara el alboroto que la revolución provoca en las calles con la fiesta del carnaval que de niña tuvo que contemplar. El miedo de la muchacha se acrecienta, ya que «Ahora, esas gentes que no debían mirarse, prohibidas, invadían de nuevo la ciudad>

Muerte de su padre

La familia de Sol experimenta grandes cambios en esta etapa, pero el más importante de todos ellos, sin lugar a dudas, es el de la muerte de Luis Roda, su padre, a manos de unos «hombres» que se presentan a buscarlo en su casa en mitad de la noche. Para Sol, la muerte de su padre supone un punto de inflexión en su vida, toma conciencia de que «algo irremediable había sucedido que trastornaba el curso de su vida. Un mundo había concluido». A pesar de ello,continúa paralizada, «quieta, como golpeada».

Reencuentro con Eduardo

Aun y residiendo en la misma ciudad, ambas familias proceden de ambientes completamente distintos: la comodidad económica de los Roda se opone a las miserias de los Borrero, la estructura tradicional de la familia de Sol contrasta sobremanera con el hogar roto en que han crecido Daniel y sus dos hermanos.
Cristián, por su parte, se ha visto obligado a aceptar una vida que en realidad iba destinada a Pablo, de ahí que se sienta como si, sin siquiera haberlo pedido, estuviera continuamente en deuda con su hermano mayor.
Entre Sol y Cristián se establece una relación basada en la identificación mutua a pesar de la gran cantidad de diferencias que los separan. Así lo demuestran citas como: «Ellos no se divertían. No sabrían nunca divertirse, quizá tampoco podría ya interesarles» o «Aquella mirada límpida le parecía insoportable y dulce a un tiempo.
La guerra en la que se han visto envueltos sin remedio, el dolor y la muerte que los rodean, los han convertido en seres que experimentan emociones casi idénticas («ahora, estaban desesperadamente cerca, sacudidos por la misma angustia de no poder vivir).
Sol se siente abrumada ante la enormidad y lo absurdo de las muertes que la guerra está provocando. A pesar de que Chano insinúa que Eduardo, su hermano, podría estar muerto, la joven no es capaz de reaccionar: «Un vacío, una súbita incredulidad la invadía por momentos, un enorme frío ganaba sus brazos, su pecho su corazón. […] Y el vacío iba abriéndose a su alrededor, un vacío que la alejaba más y más de los seres y de las cosas […]. Nada podía arrancarle un sollozo, como a Chano».
Para la protagonista de Luciérnagas los soldados son individuos que padecen las consecuencias de la guerra tanto como ella o como Cristián, personas que sufren el hambre, la muerte y la desolación como todas las demás.
Sol y Cristián quieren sobrevivir, quieren luchar, y saben que juntos podrían llegar a conseguirlo. Esa sensación supone para ellos un hito vital, de ahí la necesidad de fijarla en el tiempo. Se refiere al hecho de que Cristián debería estar en el frente combatiendo y, sin embargo, ha conseguido mantenerse oculto en su casa para evitarlo. Cristián tiene claro que no quiere morir; para él no hay ideología que justifique la barbarie de una guerra.
Cristián y Sol se ven obligados a abandonar la casa porque los hombres del SIM (Servicio de Información Militar) quieren «hacerse cargo» de ella. Además, los detienen y se los llevan presos.
Caótico y absurdo, como lo ha sido toda la guerra (¿qué guerra no lo es?), lo que ocurre en los últimos segundos de la vida de Cristián (y también de la pareja) es inesperado y fulminante para el lector. Un francotirador, escondido en un “hotelito rosado” que los muchachos habían dejado atrás, dispara dos balas a Cristián, balas que la voz del narrador acaba de comparar a “gritos sin eco” y que son vividas así mismo por Sol: “el cuerpo de Cristián cayó vertiente abajo, con un grito” y “La bala fue también un grito bronco en ella”. Tal es la identificación de un personaje con el otro, que el lector puede creer entender que la segunda bala ha impactado (físicamente) en Sol; sin embargo, el hecho de que, tras este segundo disparo, el narrador diga que “El cuerpo de Cristián se paró en seco, sacudido” nos hace pensar que hay una única víctima… directa, porque, “en aquel hombre, que caía, rodando hacia la carretera, Sol sintió su propia vida, destruida”.
Por si todo lo leído no ha dejado suficientemente clara la absurda y gratuita barbarie de la guerra, Ana M. Matute cierra su obra con este inesperado mazazo de realidad: no, en la vida no hay finales felices al estilo de las azucaradas películas de Hollywood o de las versiones de cuentos a lo Walt Disney que tanto disgustan a la autora de Luciérnagas.

Quant a ROSA MARIA POY RODA

Profesora de Literatura castellana (INS Priorat)
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