Primer discurso de Robespierre contra la guerra. 18 de diciembre de 1791

Señores: ¡ La guerra!, gritan la Corte, los ministros y sus innumerables partidiarios. ¡ La guerra!, repite un gran número de buenos ciudadanos, movidos por la generosidad.

[…] ¿ Quién se atreverá a contradecir este imponente griterío? Nadie; a no ser los que están convencidos de que hay que deliberar con madurez, antes de toar una reslución decisiva para la salud del Estao y para el destino de la Constitución; los que han observado que a la precipitación y al entusiasmo del momento se deben las medidas más funestas que han comprometido nuestra libertad, favoreciendo los proyectos y aumentando el poder de sus enemigos […]

Yo no voy a favorecer la opinión del momento ni a adularal poder dominante; tampoco voy a predicar una doctrina pusilánime ni a aconsejar un sistema débil y de inercia; sino que voy a desarrollar una trama profunda que creo conocer bastante bien. Yo también quiero la guerra pero como la requiere el interés de la nación. Desconfiemos de nuestros enemigos internos y marchemos inmediatamente contra los enemigos extranjeros si es que existen para entonces. […]

La nación no rechaza la guerra, si es necesaria para adquirir la libertad; pero quiere la libertad y la paz si es posible, y rechaza todo proyecto de guerra que se proponga anular la libertad y la Constitución, incluso so pretexto de defenderlas. […]

 ¿ Cúal es la guerra que podemos prever? […] Es la guerra de los enemigos de la Revolución francesa contra la Revolución francesa. ¿ Los más numerosos y peligrosos están en Coblenza? No, están entre nosotros. ¿ Podemos temer, razonablemente, la posibilidad de encontrarlos tanto en la Corte, como en el gobierno? […]

La guerra es siempre el primer deseo de un gobierno poderoso que quiere serlo aún más. […] Es durante la guerra cuando el poder ejecutivo despliega la más terrible energía y ejerce una especie de dictadura que no puede por más que ahuyentar la naciente liberad; es durante la guerra cuando el pueblo olvida las deliberaciones que atañen esencialmente a sus derechos civiles y políticos para no ocuparse más que de los asuntos exteriores […]

Es durante la guerra cuando la misma Ley les reviste del poder para castigar arbitrariamente a los soldados. Es durante la guerra cuando la actitud de una obediencia pasiva y el estusiasmo natural por los jefes afortunados hace de lossoldados de la patria los soldados del monarca o de sus generales. En época de problemas y de facciones, los jefes de ñps ejércitos se convierten en árbitros del destino de su país y hacen inclinar la balnza en favor del partido que ellos han elegido. Si son Césares o Cromwell ellos mismos se adueñan del poder.

No es así como razonan aquellos que, impacientes de emprender la guerra, paece que la miran como si fuera la fuente de todos los bienes; puesto que es más fácil abandonarse al estusiasmo que consultar a la razón. De esta forma creen ver, ya, la bandera tricolor izada en los palacios de los emperadores, de los sultanes, de los papas y de los reyes. […]

Otros aseguran que, en cuanto declarems la gerra, veremos derrumbarse todos los tronos a la vez. […] cuando observo las circunstancias reales en las que nos encontramos: cuando en lugar del pueblo, contemplo a la corte y a los servidores de la corte, […] cuando oigo propalar, con énfasis, todas esas declamaciones sobre la libertad universal, a hombres podridos en el fango de las cortes, que no cesan de calumniarla, de perseguirla en su propio país; entonces pido por lo menos que se quiera pensar seriamente sobre una cuastión de tal importancia […]

¿ Cúal es el primer deber del poder ejecutivo? ¿ No es el de comenzar haciendo todo lo que esté en su mano para prevenirla? […] Ha favorecido durante dos años las emigraciones y la insolencia de los rebeldes. […]

[…] Resumiendo: no hay que declarar la guerra en la actualidad. Antes que nada, hay que fabricar, por todas partes, armas sin descanso; hay que armar alos guardias nacionales; hay que armar al pueblo aunque no sea más que con picas; hay que tomar medidas rigurosas y diferentes de las que se han tomado hasta ahora, para que los ministros no puedan descuidar impunente lo que exige la seguridad del Estado; hay que apoyar la dignidad del pueblo y defender sus derechos, que han estado muy descuidados. Hay que vigilar el gasto fiel de finanzas, cubieras aún de tinieblas, en lugar de acabar de arruinarlas con una guerra imprudente […] ; hay que castigar a los ministros culpables y continuar la resolución de reprimir a los curas sediciosos.

En el caso de que, despreciando la razón y el interés público, se hubiese decidido la guerra, habría que ahorrarse, por lo menos, la vergüenza de hacerla según la dirección y el plan de la corte. Habría que coenzar por acusar al último ministro de la Guerra, para que su sucesor entienda que la mirada de pueblo esta fija en él; habría que empezar por abrir un proceso a los rebeldes y secuestrar sus bienes, para que nuestros soldados no parezcan adversarios que van a luchar a favor de la causa del rey contra una facción opuesta, sino ministros de la Justicia Nacional que van a castigar a los culpables. […]

Citado por Godechot, J., O. C., La Penseé…, pp. 178-189.

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