A concurso… pero sin éxito

Lamentablemente, dos de los tres alumnos de 3º de ESO que participaron en el concurso literario de relato corto para jóvenes escritores de la localidad de Baza (Granada) no han obtenido ningún premio. No obstante, aquí va mi reconocimiento para sus magníficas redacciones. papel

 

 

 

 

ISAAC DE PALAU: LAS DOS CARAS

El agradable sonido de los árboles, las suaves brumas matinales y los delicados rayos del sol matutino filtrándose por las ramificaciones esmeraldas de los árboles ejemplificaban la armonía y el equilibrio perfecto de la Naturaleza. En el verde camino del bosque deambulaban dos hombres. Se detuvieron al lado del manantial, cuyas agradables y cálidas aguas procedían del corazón de la Tierra. Las hojas de los árboles se lanzaban lentamente al agua, antes de nadar un par de brazas y hundirse en el cristal acuoso. La conversación fluía igual que el agua, pero quizás era lo único que nublaba el luminoso paraje. Eco se dejó caer en el verde mantel de hierba y sumergió los pies en el agua. En su cara se describía una arqueada curva de felicidad. Dirigió unas palabras a su amigo, que no parecía sentirse invadido por la calma y belleza del lugar.

         ¿Qué te parece este lugar, mi buen amigo? ¡No me digas que no es maravilloso! Escucha el canturreo del agua. Fíjate en los árboles. ¡Observa a tu alrededor!

Ecnol estaba sentado sobre una roca, no muy lejos de Eco. Emitió un ruido de indiferencia al comentario de su amigo, y no dijo nada más. Eco insistió. ¡Cómo podía su amigo manifestarse indiferente ante tal milagro de la Naturaleza!

         Mira a tu alrededor, amigo, y dime. ¿Qué ves?

         Imperfección, amigo. Nada más que imperfección.

         ¿Imperfección? ¿Existe acaso algo más perfecto, precioso y mágico que esto?

         Nada de esto es… mágico. ¡Ni mucho menos perfecto! –afirmó taxativamente Ecnol.

Ecnol, sonriendo, invitó a su amigo a seguirle. Desapareció en el interior de una grieta localizada entre un montón de rocas repletas de salpicaduras de musgo y líquenes.

Tras mucho descender, Eco pisó una superficie dura y lisa, metálica, al mismo tiempo que la grieta se ensanchaba. El ambiente era frío y oscuro. Al final se veía una puerta de madera; Ecnol la abrió con una llave que escondía en su bolsillo y se internó en el umbral. La sala era enorme y llena de engranajes, ruedas con dientes que encajaban milimétricamente las unas con las otras. Al fondo de todo, un gran reloj.

         ¿Qué es este lugar? -preguntó Eco.

         ¡Esto, amigo, es perfección! –Ecnol abrió los brazos en señal de admiración.

         Yo sólo veo engranajes…

         ¡Exacto! Engranajes. El mejor ejemplo de la perfección de la máquina. Cada elemento se une con los otros en un ciclo perfecto. Así se consigue que el gran reloj marque la hora exacta. ¡Exacta! No se permite ningún fallo, nada que no esté en su lugar. Un pequeño fallo en un simple elemento y… –mientras empuja una pequeña rueda que interrumpe el movimiento de la máquina- … se para.

         Mi bosque también funciona como este mecanismo, en cierto modo.

         ¡En cierto modo! No se permite un “cierto modo”. ¡Tiene que ser “sí” o “no”! Es inexacto y…

         ¡Déjame terminar! El bosque lleva mucho tiempo funcionando de un modo todavía más perfecto. Si falla un elemento, todo el mecanismo se transforma para sustituirlo. ¿Puede hacer eso tu “mecanismo perfecto”? No. Necesita la misma pieza para volver a funcionar. No es nada sin uno de sus elementos… perfectos.

Dicho esto, siguió avanzando entre los mecanismos hasta una puerta que había debajo el reloj, y desapareció tras ella. Ecnol también.

La bella luz del sol vespertino saludó nuevamente a Eco en cuando emergió del agujero que se escondía entre las raíces de un árbol seco. Ahora se encontraban en un llano infinito, salpicado de pequeñas dunas, además de algún árbol solitario y un estrecho riachuelo en la lejanía. Ecnol salió unos segundos después. Se quedó impresionado ante la puesta de sol, pero tenía intención de continuar la conversación pendiente.

         ¿Tienen tus mecanismos algo tan mágico e impresionante como una puesta de sol?

Ecnol sonrió. Otra vez la palabra “mágico”. Inexacta, imperfecta, sin lugar a dudas. Al comprender algo tan sencillo como el movimiento elíptico de la Tierra alrededor del Sol, uno puede darse cuenta de que aquello no es mágico.

         No tiene nada de mágico, Eco. Sólo es una puesta de sol.

         ¿Pero no te fascina su belleza? ¡El sol es algo asombroso! Da vida a las plantas, a los animales… ¡es la base del mecanismo que es el bosque! Al esconderse, el bosque muere para resucitar a la mañana siguiente, cuando brota un nuevo orbe solar. ¡El bosque siente el sol! Forma parte de él, los dos están unidos.

         Tu bosque se guía por una pauta instintiva, y por tanto imperfecta –precisó Ecnol mientras negaba con la cabeza-. Siempre se va a comportar igual, ¡ni se cuestiona el porqué! Pero la máquina… es diferente. Su pauta es más racional, puede pensar y adaptarse voluntariamente a cualquier tipo de cambio. ¡El comportamiento racional es algo que convierte a la máquina en perfecta!

Eco no estaba en absoluto de acuerdo. El bosque se había adaptado al sol y a las dificultades. Había sufrido cambios infinitos. No era algo puramente irracional.

         ¿Puede tu bosque adaptarse a un entorno de manera voluntaria? No –continuó Ecnol-. Tu bosque se adapta a las circunstancias por necesidad y sin pensar. Por instinto, irracionalmente. La máquina podría planificar la mejor manera de adaptarse a algo, modificar su “mecanismo” y así ser eficiente en un entorno específico. Para eso, sin embargo, se necesitaría un mecanismo más complicado aún que el reloj que hemos visto… ¡más perfecto!

         Tu mecanismo es imperfecto, tu mismo me has demostrado que si hay un simple fallo… –se vio interrumpido por Ecnol, que avanzó hacia él dando un salto.

         ¡Exacto! Aquí es donde quería llegar. Es ese fallo lo que nos conduce a mejorar. Si el mecanismo falla, es que no es perfecto, y por tanto debe cambiarse. Eco… en el mundo hay muchísimos mecanismos que no se estropean. El reloj puede que no sea perfecto en su totalidad. Pero ha dado paso a mecanismos cada vez mejores… que a la vez han ayudado a mejorar los otros mecanismos más primitivos. ¡Así se alcanza la perfección! -dijo Ecnol mientras levantaba las manos hacia arriba.

Eco. Ofendido y molesto, optó por irse por los llanos infinitos, mientras las últimas luces del día se despedían. Ecnol, satisfecho por su creída victoria, siguió sus ensombrecidos pasos.

El terreno se iba transformando sobre la marcha. El suelo estaba cubierto de placas metálicas, además de enormes piezas cúbicas desperdigadas, unidas por miles de cables de color negro. Al fondo de todo el panorama, se percibía el movimiento de unos enormes seres que iban cambiando los cables de sitio. Los dos amigos se detuvieron. Eco se encaró con el otro.

         ¿Esto también forma parte de tus máquinas?

         En efecto.

         Éste lugar es espantoso –afirmó Eco echando una ojeada a su alrededor-. Al menos mi bosque emite su propia música, el precioso arte que mora en las ramas…

         Pero, ¿es que no lo oyes? La melodía de la información que circula por estos cables… esto es belleza. Un ser tan perfecto como la máquina comprende que aquello que debe ser denominado “bello”, puede ir sin duda más allá de lo que es puramente visual. ¡La belleza está en la complejidad de la máquina!

         ¡Mucho más complejo es el bosque! Algo que la “máquina” quiere imitar, ¡sin éxito alguno! Todo tu mundo de mecanismos, relojes, conexiones… ¡todo es una imitación de la complejidad y efectividad del bosque!

Ecnol se acercó a su amigo, con una pose amenazadora. La conversación adquiría un tono cada vez más crispado.

         ¡Mentira! ¿Puede tu bosque almacenar tanta información, asimilarla y comprenderla? Sin duda que no. Tu bosque es ciego, ¡al igual que tú! Los dos estáis igualmente cegados de no ver a la máquina como algo superior.

         ¡Mira a tu alrededor, Ecnol! ¿Están esos cables vivos? ¿Pueden sentir, emocionarse,  componer una hermosa canción? ¡No, claro! Todo esto está muerto. Es insensible. Quizás has dotado de inteligencia a un trozo de metal; sin embargo, le falta esa chispa misteriosa… mágica. La Vida… ¡el bosque!

Ecnol cerró la boca, con fuerza. Apretó sus puños, y en un arrebato de ira desconectó uno de los cables del suelo.

         ¡La vida no es en absoluto nada mágico! Es algo imperfecto. La máquina lo sabe, es algo lógico. ¡Es por eso que no hay ningún mecanismo vivo! ¿De qué te sirve la vida si la puedes perder? Y con ella tu existencia. Si la máquina se estropea, es fácilmente reparable. No hay ningún mecanismo con vida, ¡mas no la necesitaría! Todo tu bosque no sólo es imperfecto… ¡Es patético!

Eco estalló. ¿Qué se había creído ese miserable de Ecnol? Le dio un empujón, y su amigo cayó al suelo. Con una voz casi inaudible le preguntó qué hacía, pero no hubo respuesta. Eco se acercó a uno de los cubos y empezó a destrozar el cableado.

         ¡Mira tu “perfecta máquina”! -gritaba- No resiste ni un pequeño tirón. ¿Y dices que mi bosque es patético? ¡Por favor!

         ¡Al menos, yo no destrozo tu bosque!

Entonces, Ecnol se incorporó de un salto. Dio un empujón a Eco, en un intento desesperado de apartarle del cableado. Los dos rodaron por el suelo metalizado, llevándose consigo algunos cables desafortunados que se separaban de los cubos y escampando por el aire una lluvia de chispas azules y anaranjadas. Al final, se pararon a escasos metros del borde de uno de aquellos hexaedros gigantes. Eco se incorporó con dificultad. Le dolía todo el cuerpo, así que no fue fácil. A su lado, Ecnol luchaba por ponerse de pie. No estaba mucho mejor. Eco esquivó su mirada, y habló.

         Nos equivocamos. Sí. Da igual que intentemos identificarnos con el bosque, o la máquina, para disimular nuestra presente imperfección.

Ecnol clavó sus ojos en la lejanía. El sol estaba saliendo. Nunca se había fijado que su color anaranjado fuera tan precioso.

         Tienes razón, Eco. Somos imperfectos. Para empezar… ¡No sabemos defender ni nuestras posturas sin pelearnos! Pero ahora hemos aprendido la lección. Deberíamos incluso conocer más de nuestros propios mundos, y así llegar a ser…

         …perfectos –terminó Eco.

         …humanos –rectificó Ecnol-. Ser perfecto es algo imposible.

Eco se levantó. El panorama del metal bañado por la luz del sol le impresionó. El bosque no relucía de ese modo.

         Vamos -dijo al fin Eco-, muéstrame las maravillas de la máquina. Sus mecanismos exactos, numéricos… el flujo de la información, la precisión del reloj… -calló un momento-. Después, yo te mostraré todo el bosque, desde el manantial, al pie de la montaña, hasta el acantilado, junto al gran mar.

         Solo así podremos comprender la magnificencia de las cosas -reflexionó el otro.

 

ELSA CANO: ISLAS EN EL TIEMPO

Cuando abrí los ojos hace seis años, mi madre no estaba. La busqué y nunca encontré su cadáver, así que he llegado a la conclusión que, si sigue viva, debe estar en otra isla.

Cuando todas las centrales nucleares del planeta explotaron al mismo tiempo, la Tierra se desmembró en islas. En total 135. Todo el mundo se sumergió en un profundo sueño, pero nadie murió. Aún hoy día cuesta creer lo que ocurrió después. La sorpresa, el miedo y lo ilógico de la situación se refleja todavía en nuestros rostros.

Paulatinamente fuimos recuperando el orden de las cosas y decidimos levantar los pilares de una nueva civilización. Pasados dos años, algunos valientes, o idiotas, según prefieras nombrarlos, se embarcaron en un esperanzador viaje en busca de supervivientes. Y, por sorpresa suya, encontraron muchos. Descubrieron la diversidad de islas que abundaban en el planeta y se sorprendieron por un hecho insólito: cada una de ellas vivía en su propia época. Entre todas había un desfase temporal importante; era como viajar en una máquina del tiempo.   

Mi nombre es Azalea. Tengo 18 años recién cumplidos y he decidido poner fin a lo que la fortuna pronosticó sin mi consentimiento: la separación de mi madre. Para viajar en barco necesito un permiso especial, que por supuesto no tengo, por eso voy a hacer uso de mi nuevo don. Ahora mismo estoy sobrevolando el mar. Mi cuerpo ya no es lo que era debido a los gases químicos que emanaron de las centrales después de la explosión. La razón humana no puede, o más bien no quiere, comprender que algunas cosas son inexplicables. Es por ello que debo mantenerlo en secreto. De descubrirse, mi vida estaría en peligro. Y no puedo permitirlo: ¡soy diferente y me encanta!

Me dirijo a la isla más cercana a mi hogar, la 1890. Las islas están clasificadas por el año en el que viven; la mía es la 2025. Ninguna nube corrompe el azul del cielo. Tengo ganas de llegar, así que hago batir mis alas con más fuerza y permito que el viento alce todavía más mis cabellos cortos de un castaño otoñal. Estamos en verano, así que agradezco sentir el aire en mi piel morena.

Como es habitual, me encamino hacia la montaña más alta y escondida de la isla; no puedo permitirme el lujo de que alguien me descubra. Poso mis pies en el suelo decorado de hierba esperanza con pequeños toques florales rosados. De la bolsa que me acompaña extraigo un incómodo corsé verde oscuro, con una falda y camisa a juego. Si quiero moverme con libertad por la ciudad tengo que ir discretamente vestida; unos tejanos y una camiseta amarilla llamarían mucho la atención. Una vez disfrazada aparco la mochila de la ropa en un hueco al lado de un árbol y con la sola compañía de los pájaros retomo el camino hacia la gran ciudad.

Delante de mí descansa 1890, repleta de calles lúgubres al anochecer y de gente vistiendo de negro, pese al calor asfixiante del verano. Desde pequeña que la Historia me ha fascinado, y poder ahora presenciar la vida de las épocas pasadas desde primera fila es un regalo hecho realidad; con el añadido de que pasas desapercibido. Nadie te conoce, estás en el anonimato. ¿Quién no ha querido alguna vez escapar y no ser reconocido?

Del lejano reloj que preside el valle se oyen tocar las cinco. Llegaré tarde a mi cita.

Alcanzado mi destino, me percato de que todavía no han llegado, y decido matar el  tiempo contemplando un escaparate de juguetes. Mis ojos verdes se reflejan en el cristal sucio de la tienda, y para mi sorpresa se encuentran con los grandes ojos color cielo de Iris.

 

        Iris –sonrío al tiempo que me doy la vuelta.

Como era de esperar, mi amiga va vestida espectacularmente preciosa. Es de aquellas personas que se pongan lo que se pongan están siempre guapas. Pues así es Iris, da vida a un simple vestido beige apagado con un pequeño sombrero de copa posado sobre sus largos cabellos dorados. Me regala una sonrisa que ilumina su rostro de porcelana. Pero la emoción de verla queda disipada al evidenciar que él no la acompaña.

 

        Tenía ganas de verte –digo sinceramente– ¿Y tu hermano?

         Estará al caer –dice Iris. Y sí, literalmente cae de la escalera que se encuentra al lado de la puerta de entrada a la tienda. Doy un respingo pero Iris ni se inmuta, acostumbrada a las acciones poco corrientes de su hermano gemelo, Tom. Se levanta y con un intento que pronto quedará en fracaso se expulsa del traje negro el polvo que se niega a despegarse.

          ¡Ya estoy aquí! –saluda enérgicamente mirándome con los mismos ojos que su hermana. Tiene una sonrisa pegajosa y se le marcan los hoyuelos.

Iris nos sugiere ir a una cafetería. Los gemelos son conocidos míos desde el día en que pisé por primera vez las calles de esta isla en busca de mi madre, hace ya unos cuantos años. Se ofrecieron a ayudarme y me vi obligada a explicarles lo de mi don. Sorprendentemente me aceptaron tal y como era, sin proferir queja alguna.  

 

         Chicos, ¿por qué me habéis llamado? – inicio la conversación. Tom, que en este momento está jugueteando con el pañuelo de la mesa, fija sus ojos en mí y lentamente se le dibuja una sonrisa en el rostro. Su mirada esquiva con facilidad los mechones del flequillo dorado. Me sonrojo, cosa que no soporto.

          Gracias a mi padre –James Watson, un prestigioso inspector de policía y detective reconocido por la ciudad– hemos encontrado una pista sobre el paradero de tu madre.

 

Me olvido de respirar por un instante. Tantos años detrás de su pista, tantos años viviendo con la única esperanza de volver a verla, tantos años sumergida en la soledad… Mi boca enmudece sin mi consentimiento, el corazón pasa de una pulsación por segundo a cinco por segundo… Al ver que no reacciono, Iris continúa ofreciéndome más detalles sobre la apreciada noticia. Frunce el ceño y hace un mohín al no acordarse del nombre de la isla. Tom la ayuda; es la 2356. Mi madre figura en la lista de los “grandes” de esa isla.

 

         ¡En marcha! –continúa Tom con evidenciada emoción. Todo lo que sea salir de su rutinaria realidad le atrae– ¡No hay tiempo que perder! Cogeremos el velero de mi padre. Tenemos el permiso y el mapa que nos conducirá hasta allí. ¿Te apuntas?

 

Y ya nos ves: Iris sonriendo, yo mirándole con los ojos abiertos de par en par, y él de pie con los brazos abiertos a la espera de mi respuesta.

 

         ¡Sí! –grito mientras me levanto.

 

Tom se acerca y me envuelve en un abrazo. Antes de que me dé cuenta, estoy sonriendo y disfrutando de su calidez con los ojos cerrados.

Decidimos todo en pocos minutos. Zarparemos a la mañana siguiente. Ya en la habitación de Iris, que goza de unos fantásticos muebles con matices azulados, me revela que Tom hace meses que planea toda esta aventura. Me ruborizo al oírlo y me acuesto feliz.

 

Cuando el sol se despierta, izamos velas a todo estribor. El viento es favorable. Vestimos ropa de mi época, nos resulta mucho más cómoda a todos. Iris luce con toda elegancia un vestido azul marino y Tom deja al descubierto su torso desnudo. El viaje dura todo el día, pero el viento en la cara y la melodía de las sonrisas de mis amigos me renuevan la energía. Al anochecer, entrevemos las costas de 2356. Ancoramos en una pequeña cala, y con los nervios surfeando en nuestra venas nos lanzamos a la acción.

 

La ciudad, tal y como imaginaba, está bañada de colores inimaginables, de edificios que sorprendentemente no llegan al cielo, de los coches volando… Es el futuro tal y como lo teníamos proyectado en nuestra mente. Pero tenemos que centrarnos. El plan es ir a la sede central de la ciudad y preguntar por Ana, mi madre. Parece una misión fácil.

Una vez dentro, una especie de robot con forma de mujer nos atiende. Pregunto por ella, y por sorprendente que parezca nos dice que nos recibirá en un par de minutos. Mí corazón estalla. Nunca había imaginado que el reencuentro sería posible.

La voz robótica de la secretaria me da permiso para poder volver a ser feliz. Se abre la puerta y allí está mi madre, sentada en una silla con la mirada perdida en un papel en blanco.

 

         ¿Mamá…? –pregunto temerosamente mientras las lágrimas saladas bañan mi rostro.

         ¡Azalea! –levanta la mirada sorprendida. Algo la impulsa a alzarse para fundirse conmigo en un abrazo, pero se reprime-. Hija, tienes que irte. Si te ven aquí te matarán –afirma asustada-. Cuando hubo la explosión, no te encontré. La ciudad empezó a crecer hasta el día de hoy. Entré en el gobierno y ahora soy una de los “grandes” –su rostro empieza a ensombrecerse–. Juré al jefe de todo esto que le serviría hasta el fin de mis días si permitía observarte cada semana. Existen unos dispositivos en el espacio que pueden captar a cualquier persona. Gracias a ellos no me he perdido nada de tu infancia ni adolescencia. Pero ahora debes volar y marcharte de aquí lo más lejos y antes posible. Vuela, Lea, vuela.  

 

El sonido ensordecedor de una sirena inunda toda la habitación. Los ojos de mi madre me dan a entender que me han descubierto. Corro hacia la ventana. Mis compañeros gritan que me esperarán en el barco. Salto. La ventana se rompe y miles de cristales se clavan en mi piel. Aparco el dolor y hago nacer, una vez más, mis alas. Tengo que huir.