La verdad, papá, es que no me acuerdo muy bien de cómo empezó todo. Sin apenas tener uso de razón, las fotografías de nuestro viejo álbum son testigo de tu empeño en que me convirtiera en aficionado de tu equipo favorito. Ahí estaba yo, recién nacido, con el traje del club y un balón incluso más grande que yo.
Poco a poco, fui creciendo. Me ayudaste a dar mis primeros pasos y me protegías de cada obstáculo de mi torpe caminar. Recuerdo con nostalgia aquellos ratos en que jugábamos al fútbol, incluso en casa, donde los muebles soportaban estoicamente nuestros balonazos para desesperación de mamá.
El Día que el Fútbol Dejó de Ser un Juego
A los seis años me apuntaste a la escuela de fútbol. Por aquel entonces, todavía iba contento e ilusionado a entrenar con mis compañeros, a hacer juegos con balón… También disfrutaba de los partidos del fin de semana, aquellos en los que el resultado era lo de menos e incluso nos quedábamos después a ver jugar a otras categorías del club.
Pero los años pasaron, papá, y poco a poco fui notando una presión extra sobre mis hombros. Te compraste una libreta para llevar el control de mis estadísticas, considerabas “normales” mis buenas actuaciones, criticabas mi juego en los partidos malos, me dabas consejos tácticos que contradecían las indicaciones del entrenador… Yo estaba hecho un lío y no sabía qué hacer.
Los entrenamientos se volvían más exigentes. Yo buscaba tus sonrisas cómplices y tus palabras de ánimo desde la grada, pero ya no estabas tan pendiente de mí. Ahora estabas más preocupado enzarzándote en discusiones con los padres de mis compañeros sobre quién era el mejor jugador.
El Espectáculo que Nunca Olvidaré
Como aquel día. Aquel día que perdiste los papeles. Criticabas los fallos de mis compañeros, los cambios del entrenador, mis errores al desmarcarme o al golpear el balón… Yo ya no estaba pendiente del partido, de hecho, no me acuerdo ni del resultado. Pero las imágenes del espectáculo que estabas dando, papá, me quedarán grabadas para siempre.
No te bastó con todo eso. Insultaste al árbitro y te encaraste con él, cuestionando una de sus decisiones, mientras los padres de mis compañeros intentaban evitar una agresión. Al final, acabaron recibiendo ellos. Yo solo quería que me tragase la tierra en ese momento, al comprobar que no reconocía en ti ni la sombra de aquel padre cariñoso que tenía años atrás.
Me voy haciendo mayor y cada día que pasa tengo más claro que el problema es más tuyo que mío.
[Imagen sugerida: Un niño o adolescente triste, mirando a lo lejos, sentado solo en un banco de suplentes o en una grada]
Cuando acaban los partidos, aún sigo esperando a que me felicites por el partido, o al menos por el esfuerzo, y a que me invites a un refresco como hacías al principio. Poco a poco, he ido perdiendo la ilusión. Estoy decepcionado de cómo un deporte ha podido cambiar tanto tu actitud hacia mí.
Hoy, en el día de mi decimotercer cumpleaños, desearía que leyeras esta carta que aún no he reunido el valor para escribir. Puede que nunca lo haga. Pero eso no quiere decir que no me duela tu forma de actuar.
Aún estás a tiempo de cambiar, papá. No quiero llegar al extremo de pedirte que no vengas a ver mis partidos. ¡Me gustaría tanto que todo volviera a ser como antes!












