El siguiente testimonio nos sumerge de lleno en la mente y el corazón de un joven jugador que lidia con la desgastante sensación de sentirse incompetente en su deporte. A través de un relato íntimo en primera persona, el texto se pone en su piel para mostrar cómo la presión competitiva, la falta de empatía y la marginación terminan por apagar la ilusión con la que empezó a jugar a los siete años. Una llamada de atención urgente para que entrenadores, docentes y familias recuerden que la formación humana y el disfrute deben estar siempre por encima del resultado.
He decidido que lo dejo! No aguanto más! Con el paso de los años, lo que empezó como una afición desmesurada por jugar al fútbol se ha ido convirtiendo en una pesadilla de la que estoy deseando despertar. Todo lo vivido hasta la fecha ha contribuido a que me desenamore de este deporte que yo creía tan maravilloso.
Nunca me he caracterizado por ser un buen jugador pero era eso lo que me empujaba a superarme día a día. Tenía 7 años cuando decidí invertir todo mi tiempo libre en el fútbol y viví la mejor etapa, quizás porque la amenaza de la competición y la obsesión por ganar no había llegado a condicionar los planteamientos tácticos de mi entrenador y las actuaciones de mis compañeros. Ansiaba que llegara el momento de entrenar y jugar con mis compañeros. No había malos momentos porque todos nos ayudábamos, el resultado era lo de menos y el entrenador actuaba ante el menor conato de conflicto.
Durante mi etapa en alevín e infantil fui dándome cuenta de que había compañeros bastante mejores que yo pero no dejaba de intentar superarme a mí mismo y mejorar en cada entrenamiento. El míster repartía los minutos de forma que todos participásemos y nos sintiésemos importantes. Yo seguía pasándolo bien porque mis compañeros se habían convertido en mis amigos.
Cuando llegué a cadete llegó el punto de inflexión. Nos cambiaron al entrenador y éste se volvió crítico con mis errores y los de mis compañeros. En mi caso, como mi nivel no era bueno y las diferencias eran cada vez mayores, cometía muchos más fallos que aciertos. El grupo dejó de ser tan importante. Los resultados y el prestigio del club estaban por encima. Veía que mis avances no se valoraban ya que no tenían impacto en el juego o en los resultados del equipo.
Uno de los momentos clave fue cuando jugábamos contra el líder de la clasificación. El entrenador nos reunió a todos en el vestuario y nos dijo que jugaríamos ese partido encerrados atrás y que intentásemos despejar balones en vez de conservar la posesión y arriesgarnos a perderlo en zonas del campo comprometidas. Nunca tuve el valor para comentarlo, pero ahí pensé que nosotros como jugadores y el club ganaríamos más a largo plazo si nos arriesgábamos e intentábamos aprender a jugar en esas situaciones. Acabamos perdiendo el partido por bastantes goles igualmente.
Pasé todo el verano reflexionando si valía la pena continuar. Al final, me decidí y seguí con el equipo en categoría Cadete. Para mi desgracia, aún empeoró más mi situación. Y no me refiero a mis apariciones testimoniales en el último minuto de los partidos para perder tiempo ya que a veces no me daba tiempo a tocar el balón.
Resulta que los valores de solidaridad y respeto entre los compañeros dejaron de estar presentes. El entrenador no osaba intervenir en los conflictos entre nosotros ya que no quería tener una mala relación con los jugadores estrella del equipo. Es por ello que independientemente de la situación, la culpa siempre era mía. Además, los compañeros empezaron a reproducir las conductas del entrenador y me gritaban y hacían aspavientos también cuando veían que no era culpa mía, simplemente no tenía la habilidad suficiente para pasarles el balón. Supongo que tenían que descargar su rabia contra alguien y yo era el blanco perfecto.
Siento que mi sueño de pasármelo bien jugando al fútbol se había desvanecido. Y es por eso que acabo de tomar la decisión de dejar el fútbol por un deporte más formativo y menos competitivo donde primen otro tipo de valores. Si volviera atrás en el tiempo sabiendo lo que ahora se, creo que con 7 años no volvería a escoger el fútbol como deporte.
Ya no puedo hacer nada para cambiarlo desde dentro porque he perdido la esperanza. Si leéis este escrito, espero que no permitáis nunca que nadie se sienta como yo. Seguro que hay muchos jugadores en mi situación pero sólo os daréis cuenta cuando ya es demasiado tarde. Me gustaría que algún día, hubiera sitio para todos en la práctica de este deporte y que se le otorgara a la parte social y formativa el trascendental rol que merece.













