Trotski -Revolució Russa

  • Esteban Volkov, nieto de León Trotski: “Sin memoria no hay futuro”, Bernardo Marín, [El Pais, 8-7-2012]

    El único testigo vivo del asesinato del revolucionario a manos del español Ramón Mercader recuerda la figura de su abuelo. Este año se cumplen 75 de la llegada del político a México

    Volkov, en el barrio de Coyoacán (México DF), donde reside.
    Volkov, en el barrio de Coyoacán (México DF), donde reside. PRADIP J. PHANSE

    Es el único testigo vivo de unos de los acontecimientos más dramáticos del siglo XX. Esteban Volkov es nieto del revolucionario ruso León Trotski, de cuya llegada a México se cumplen tres cuartos de siglo, y el guardián de su memoria como presidente de la casa museo del barrio mexicano de Coyoacán donde su abuelo fue asesinado en 1940. Tiene 86 años y explica su bien llevada longevidad en términos matemáticos: “En mi familia todos murieron jóvenes exterminados por Stalin. Yo soy el que nivela la estadística de la esperanza de vida”, bromea. Y empieza a contar su historia

    Es difícil adivinar por su serenidad y las carcajadas con que salpica la conversación su infancia turbulenta. Su padre fue deportado a Siberia en 1928. Volvió del exilio, pero en 1935 fue detenido de nuevo y desapareció en el Gulag. Su madre logró salir de la URSS junto al pequeño Esteban y se reunió con Trotski en la isla turca de Prinkipos. Pero, deprimida y privada de su ciudadanía, se quitó la vida en 1933 en Berlín, adonde había viajado para recibir tratamiento.

    El niño se encontró así con siete años solo en una ciudad que vivía el ascenso de Hitler al poder. De allí pasó a un internado en Viena y luego a París, a casa de su tío, que murió en circunstancias extrañas después de una operación. Fue la última o, más bien, penúltima estación de su viaje: tras un pleito con su tía, Trotski y su esposa, exiliados en México desde 1937, lograron traerse con ellos a su nieto. Y allí encontró Volkov su patria definitiva, “un país generoso, lleno de color” para el que solo tiene palabras de gratitud.

    De camino, el niño olvidó su idioma materno, aunque conservó la palabra diédhuska (abuelo) para llamar al revolucionario. Con él hablaba en francés, pero poco, porque “era un hombre ocupado, siempre leyendo, formando a sus seguidores”. Y nunca de cosas serias, ya que Trotski tenía como lema “no hablar de política con el chico”. El abuelo estaba señalado por el dedo implacable de Stalin. Pero a su llegada, Volkov no tuvo miedo. “En la casa se sentía la adrenalina, una sensación vivificadora”. Hasta que una noche pistoleros del Partido Comunista Mexicano irrumpieron a tiros. Las marcas de algunos de los 200 balazos aún son visibles en las paredes, pero solo el nieto resultó herido leve en un pie. “Tuve mucha suerte”, sonríe, “un asaltante vació seis disparos, en mi colchón. Pero me refugié bajo la cama. Recuerdo el ruido terrible, el olor a pólvora”.

    Trotski y su mujer, Natalia Sedova, con su nieto Esteban en México.
    Trotski y su mujer, Natalia Sedova, con su nieto Esteban en México. CORTESÍA DEL INSTITUTO DEL DERECHO DE ASILO MUSEO-CASA LEON TROTSKY

    El atentado acabó con la relativa placidez de la casa. “Se levantaron muros, se tapiaron ventanas, pero el abuelo sabía que solo vivía una tregua”. Mientras, su futuro asesino, el agente estalinista Ramón Mercader, tejía su tela de araña. Había seducido a una colaboradora del político para acceder a su círculo íntimo y se iba ganando a todos en la casa, aunque “hábilmente no se acercaba a Trotski y fingía desinterés por la política”, relata.

    La estrategia le dio resultado. La tarde del 20 de agosto de 1940, Esteban llegó del colegio poco después de que el agente de Stalin destrozara el cráneo de Trotski con un piolet. “El abuelo estaba en el comedor, con la cabeza bañada en sangre”, recuerda, “pero todavía tuvo la presencia de espíritu de decir: ‘Mantengan al niño alejado, no debe ver esta escena’. Y eso pinta al personaje que, herido de muerte, se preocupaba de que yo no sufriera el trauma”. Y el niño no se traumatizó. Creció, se hizo ingeniero químico, se casó “con una madrileña, de Lavapiés” y tuvo cuatro hijas. Pero tampoco olvidó y decidió que uno de los empeños de su vida sería mantener vivo el recuerdo de su abuelo. “Fui testigo del clima de calumnias contra él, y es mi deber reconstruir esas páginas porque la memoria es patrimonio de la humanidad: sin memoria no hay futuro”.

    No hay rencor en su relato. “Más bien siento desprecio por quienes traicionaron uno de los ideales más grandes del género humano. Trotski solo tenía la palabra, pero su lucidez hacía temblar al tirano del Kremlim”, cuenta. Y cuando en los años ochenta se derrumbó el imperio soviético, el nieto vio cumplida “matemáticamente” su profecía: “Él decía que si la URSS degeneraba en un régimen burocrático, volvería al capitalismo”.

    Pero Lenin o Trotski también tuvieron que usar la violencia ¿Dónde está el límite? “Una cosa es la violencia revolucionaria, tomar medidas autoritarias un tiempo para establecer el socialismo, y otra, la contrarrevolucionaria con la que Stalin perpetuó la guerra civil. Además, el nivel de terror no es comparable”. “Yo creo que Stalin era peor que Hitler. Este era un asesino frío, pero aquel se recreaba en la crueldad”, concluye.

    A Volkov le gusta estar informado, lee los periódicos y navega por Internet. Aplaude el movimiento de los indignados, “una toma de conciencia de la juventud sobre lo arcaico del sistema”. Apoya la expropiación de YPF porque “las empresas extranjeras han sacado el dinero y no reinvierten en el país”. Y en general no le gusta lo que ve. “La crisis es fruto del capitalismo”, dice. “En vez de mejorar con todos los adelantos científicos, sufrimos cada vez más. Y estamos destruyendo este hermoso planeta”.

    ¿La solución? “Que la humanidad tome conciencia de la lucha de clases y entienda que otra sociedad es posible”, dice. ¿Lucha de clases? ¿No están muy desgastados esos términos? “Sí”, admite, “el estalinismo traicionó la revolución, pero el marxismo se está revitalizando y Trotski dejó un arsenal político para emprender el camino hacia otro mundo. Él tenía una fe absoluta en el advenimiento del verdadero socialismo”. El nieto coincide con el abuelo. Pero añade con sorna mexicana: “Nada más que vete a saber cuándo”.

     

  • Retrato de mi asesino
  • Retrato de mi asesino [El Pais, 28-10-2017]

    Se publica una biografía de Stalin en gran parte inédita que Trotski escribía cuando fue asesinado

    caminaba por el bosque y continuamente se divertía disparando a los animales salvajes y asustando a la población local. Tales historias sobre él, procedentes de observadores independientes, son numerosas. Y, sin embargo, no faltan personas con este tipo de tendencias sádicas en el mundo. Fueron necesarias condiciones históricas especiales antes de que estos instintos oscuros encontraran una expresión tan monstruosa”.

     

     Estas palabras forman parte de una biografía singular. Por la relevancia de sus protagonistas, dos de las figuras prominentes de la Revolución Rusa, enfrentadas por una de las rivalidades más encarnizadas del siglo XX. Y porque el perfil quedó inconcluso después de que el retratado ordenara la muerte de su biógrafo. Stalin, la obra que León Trotski escribía cuando fue asesinado por Ramón Mercader en México en agosto de 1940, ha permanecido dormida durante más de siete décadas. Y después de muchas peripecias, mutilaciones y añadidos, vuelve a ver la luz en un volumen de casi mil páginas, en gran parte inédito, coincidiendo con el centenario de la llegada al poder de los bolcheviques.

    La historia de este libro merecería la publicación de otro que la contara. Trotski, exiliado en México tras serle denegado el asilo en varios países, se sabía sentenciado por el líder de la Unión Soviética Josif Stalin. Pero no tenía particular interés en escribir la vida de su antiguo camarada. “No fue una venganza. Escribir esta biografía no entraba en los planes del abuelo. Estaba centrado en acabar otra sobre Lenin”, explica Esteban Volkov, nieto del revolucionario, en conversación telefónica desde Ciudad de México, donde reside. “Pero necesitaba dinero y la editorial Harper & Brothers de Nueva York le hizo una oferta generosa”.

    Volkov, a punto de cumplir 92 años, ha sido durante décadas el guardián de la memoria de su abuelo. También es director de la Casa Museo León Trotski, entre cuyos muros fue asesinado el revolucionario en agosto de 1940por un golpe de piolet del agente estalinista Ramón Mercader. El mismo escenario donde se presentará la versión en español del libro, publicada por la editorial mexicana Fontamara, el día 11, coincidiendo con el aniversario de una Revolución de Octubre que por diferencias entre los calendarios gregoriano y juliano, sucedió en noviembre para el resto del mundo. La obra se publicó hace un año en inglés en una editorial marxista de Londres y fue traducida después al italiano y al portugués, pero la noticia no tuvo repercusión en los grandes medios.

    Harper & Brothers publicó una versión incompleta del libro en inglés en 1946. Antes no era posible, porque EE UU y la Unión Soviética eran aliados contra Alemania. Pero la viuda de Trotski, Natalia Sedova, pleiteó en los tribunales sin éxito para que fuera retirada. Sus objeciones se dirigían, sobre todo, contra el editor y traductor de la obra. “Hizo una deficiente edición del libro, con mutilaciones y múltiples añadidos de su cosecha muy alejados del pensamiento político del abuelo”, explica Volkov. El propio Trotski nunca tuvo demasiada confianza en su traductor, y había montado en cólera cuando supo que había enseñado algunos originales a terceras personas. “Parece tener al menos tres cualidades: que no sabe ruso, que no sabe inglés y que es tremendamente pretencioso”, escribió en una carta al periodista estadounidense Joseph Hansen.

    Pero una parte de la obra no llegó nunca a manos de la editorial. Cuando se supo sentenciado, Trotski envió a la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, muchos de sus documentos para su custodia. “Los archivos salen esta mañana en tren”, había escrito el revolucionario el 17 de julio de 1940, un mes y tres días antes de su asesinato. Y allí se acumularon 20.000 documentos que ocupaban 172 cajas de artículos, fotografías y papeles manuscritos, mecanografiados, traducidos y sin traducir, con gran cantidad de correcciones que demostraban lo extraordinariamente meticuloso que era con su trabajo.

    Capítulos enteros del libro sobre Stalin permanecieron así dormidos hasta que en 2003 el historiador galés Alan Woods comenzó a indagar en la montaña de documentos para rescatar la versión más amplia e íntegra posible del libro. Y después de más de diez años de trabajo el resultado fue una obra un tercio más extensa que el libro publicado en los años 40, sin los añadidos del primer traductor y, ahora sí, con las bendiciones de la familia de Trotski.

    Woods coincide con Volkov en que Trotski no quería escribir este libro. “Pero una vez que se puso a ello, lo hizo concienzudamente, con mucha documentación y detalles incluso del periodo más desconocido de la vida de Stalin, su infancia. Para cualquier lector es un estudio psicológico fascinante”, explica desde Londres, donde reside. El historiador es un activo miembro de la Corriente Marxista Internacional. Participó en la lucha contra el Franquismo en España y fue firme defensor de la revolución bolivariana y amigo personal de Hugo Chávez, aunque en los últimos tiempos se ha distanciado de la deriva del Gobierno venezolano.

    Los dirigentes del Partido Bolchevique eran en general gente muy capacitada, y entre ellos brillaba Trotski, que dominaba cinco idiomas y escribía varios libros a la vez. Stalin aparece en cambio retratado por su gran rival político como un hombre de horizontes limitados. Ese perfil mediocre coincide con el que hicieron otros observadores, como el periodista estadounidense John Reed, que en su crónica Diez días que estremecieron al mundo menciona a El hombre de acero solo dos veces y a Trotski nada menos que 67.

    Pero, por lo que se cuenta en el libro que ahora se presenta, las cualidades de Stalin eran otras:  la astucia y el arte de la manipulación. “La técnica de Stalin consistía en avanzar gradualmente paso a paso hacia la posición de dictador, mientras que representaba el papel de un defensor modesto del Comité Central y de la dirección colectiva. Utilizó a fondo el período de enfermedad de Lenin para colocar a individuos que le eran devotos. Se aprovechó de cada situación, de cada circunstancia política, de cualquier combinación de personas para promover su propio avance que le ayudara en su lucha por el poder y lograr su deseo de dominar a los demás. Si no podía elevarse a su altura intelectual, podía provocar un conflicto entre dos competidores más fuertes. Elevó el arte de manipular los antagonismos personales o de grupo a nuevas alturas. En este campo desarrolló un instinto casi infalible”.

    Sin embargo, Woods no atribuye la llegada al poder de Stalin a su carácter. “Era un niño maltratado por su padre, rencoroso y con tendencias sádicas. Pero no todos los maltratados se vuelven monstruos. Como no todos los artistas fracasados se vuelven Hitler”. Y propone un argumento marxista para explicar su ascenso. “En todas las revoluciones hay un periodo que necesita héroes, gigantes. Cuando llega a un periodo de declive, necesitan mediocres. La degeneración burocrática hubiera tenido lugar sin o con Stalin, porque Rusia era un país aislado y atrasado. Pero en este caso la burocracia se encarnó en un personaje sanguinario”.

    ¿Pudo acelerar el libro el asesinato? Stalin estaba muy bien informado de lo que hacía su rival. Cada mañana tenía los últimos artículos de Trotski sobre su mesa. Y Volkov recuerda cómo Robert Sheldon Harte, guardaespaldas de su abuelo a quien se atribuye la traición que facilitó un primer atentado contra él en mayo de 1940, le preguntaba siempre por la marcha de la obra. “Como cualquier criminal tenía que eliminar los testigos”, coincide Woods.

     

    “Stalin se divertía en su casa de campo degollando ovejas o vertiendo queroseno en los hormigueros y prendiéndoles fuego. Kámenev me dijo que, en sus visitas de ocio sabatinas a Zubalovka, Stalin caminaba por el bosque y continuamente se divertía disparando a los animales salvajes y asustando a la población local. Tales historias sobre él, procedentes de observadores independientes, son numerosas. Y, sin embargo, no faltan personas con este tipo de tendencias sádicas en el mundo. Fueron necesarias condiciones históricas especiales antes de que estos instintos oscuros encontraran una expresión tan monstruosa”.

     

  • SANGRE SOBRE PAPEL

    JORGE F. HERNÁNDEZ

    La biografía más trascendental de Joseph Vissarionovich, tristemente celebrado aún por algunos por su apodo: Stalin, es un retrato minucioso del diabólico dictador ruso en 890 páginas, escrito nada menos que por León Davidovich Bronstein, que conocemos como Trotski. Parece increíble que al publicarse en inglés hace un año no haya provocado titulares a ocho columnas o revuelo en las redes ni reseñas diversas. Vivimos en amnesias funcionales que creen saciarse con 140 caracteres donde al menos dos generaciones sólo saben algo de León Trotski por las películas, postales, cafeteras y demás productos que circulan desde que Frida Kahlo se convirtió en marca registrada.

    La inmensa biografía firmada por uno de los principales líderes de la Revolución Rusa desmenuza quirúrgicamente la demencia increíble de un sanguinario traidor de esa misma Revolución: un animal que parecería indescriptible de no contarse con miles de documentos, fotografías (incluso las alteradas “por el bien de la Historia”), testimonios, sobrevivientes de las purgas, náufragos del Gulag, proscritos redimidos y seguidores arrepentidos que incluso desde el primer triunfo bolchevique dejaron constancia de su reguero de desgracias y compendio constante de crímenes. Entre los párrafos que pergeñaba Trotski durante su exilio incansable en su frágil fortaleza de Coyoacán, estaban sobre la mesa los papeles que serían su lápida, cuya redacción se interrumpió en cuanto Ramón Mercader clavó su piolet de montañista en su cráneo.

    Trotski forcejeó con el enviado, sabiendo que su verdugo se hallaba sonriente en el Kremlin y quizá durante su agonía pensó que al menos gran parte de la escrupulosa biografía del verdugo de él y de casi toda su familia, de millones de seres humanos y de no pocas ilusiones utópicas estaba prácticamente terminada. Había aceptado escribirla por el jugoso pago que prometió una editorial americana, cuyo traductor tuvo a bien mal-traducir, editar e incluso, enmendar y añadirle párrafos de su propia cosecha. Eso ya quedó corregido y contamos ahora con la publicación de un retrato del Diablo hecho en prosa sobre papeles… manchados de sangre.

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