Me despierto de un sobresalto. Por el sonido del exprimidor eléctrico, deduzco que mi padre está preparándome el desayuno. Un agradable olor a pan tostado, mezclado con zumo de naranja invade mi habitación. Y casi al instante, mientras me incoporo aparece mi madre, sonriendo y colocando sobre la cama “mi ropa de guerra”: Un chandalito rojo. Un diminuto pantalón corto, negro con tres bandas laterales naranjas. Y la camiseta del mismo color que las bandas… Demasiadas pistas
Aquélla podría pasar por una mañana de domingo cualquiera; por lo menos a partir del siguiente año… Pero ésa del año 1986 era especial. Yo contaba con tan sólo 7 añitos, e iba a participar por primera vez en el cross de mi colegio. Estaba hecha un manojo de nervios! Había soñado con ese momento tantas veces… Incluso, el año anterior, como aún era demasiado jovencita para tomar parte del evento, Roser, la que entonces era nuestra profesora de gimnasia, accedió a que diéramos, yo y mis compañeros de clase una vuelta al colegio. Corriendo por dentro del patio, a modo de “mini-carrera”, para así quemar nuestra pequeña cantidad de adrenalina.
Pero eso no bastaba. Yo quería competir de verdad. Y ya había llegado mi momento. Así es que, obviamente, ese año no gané: era un diminuto ratoncito con unas ganas enormes de comerse el mundo. Que lo único que consiguió es llegar a los últimos cien metros prácticamente andando, con un flato inmenso con el costado izquierdo, y llorando como un a magdalena. Pero allí estaban mis padres y mi hermana para animarme, en aquella calle Menorca sin asfaltar. Y con el señor Tomás Grau micrófono en mano, junto a los trofeos….Recuerdo con especial afecto su presencia, congratulándose por el gran número de chavales que acudimos a correr aquel día. Orgullosísimo de que los de naranja llegaran de los primeros o, al menos, finalizaran la prueba.
Lo cierto es que resultaba curioso poder ver a Don Tomás sonreír por un día, pues era bastante común y estremecedor ver su semblante serio cruzar el umbral de la puerta del aula. Agachando la cabeza para poder entrar. ¡Era realmente impactante! Todos los alumnos le teníamos muchísimo respeto…. Sin embargo, ese día Don Tomás nos abría su corazón: él disfrutaba tanto o más que nosotros, con aquel cross. Y ese fervor, esa pasión, la ha ido transmitiendo año tras año hasta su jubilación…
Pues sí, realmente aquélla podría pasar por un mañana de domingo cualquiera. Pero no fue así; porque esa mañana significó el pinto de partida de una trayectoria que me ha aportado muchísimo como atleta y como persona. Y espero que otros pequeños campeones despeguen en este mítico y querido CROSS DELS ÀNGELS, y lo disfruten como yo lo he disfrutado
Gracias
(Natalia Rodríguez Martínez)

