Hoy Diana Radic vive el mejor día de sus últimos dos años. Ahora mismo entrará en un refugio de animales y acogerá a una pequeña perra salchicha. Cree que va a encontrar en ella una gran amiga y compañera para todos sus viajes.
Diana dedicó su infancia y juventud al deporte. Participó por los Países Bajos en los Juegos Olímpicos de Calgary y Albertville en la modalidad de patinaje de velocidad sobre hielo y obtuvo unos discretos 12º y 14º puestos respectivamente en la distancia de 3000 m. En 1993 dejó el deporte, y durante 20 años trabajó en el Ministerio de Deportes. En 2013 se enteró -por casualidad- de que el hijo de su mejor amiga, que tenía entonces 14 años, es también hijo de su marido. Vinieron años de depresión severa, el divorcio, la pérdida de la familia, de la fe en la amistad, del deseo de vivir. En 2015, después de la muerte de su madre, Diana vendió todas sus propiedades en los Países Bajos e invirtió casi todo su dinero en un proyecto de extracción de agua del aire. Siguiendo el consejo de su madre – «olvidar todo, empezar la vida nueva, no hacer hada que hayas hecho antes, aprender» – en este proyecto Diana encontró la inspiración y el sentido de la vida.
En once días se irá a Arabia Saudita. Se ilusiona y le da miedo a la vez, pero Diana está contenta de tener sentimientos. No tiene nada que dejar atrás. Tiene 46 y no cree en el amor ni en la amistad, pero ahora mismo su corazón desgarrado salta de su pecho – ya ha descubierto a qué dedicarse, y en unos minutos conocerá su futuro compañero de vida, el verdadero amor y su más leal amistad. Por eso sonríe con tanta esperanza.
Alina revisión del texto
