Nunca me gustaron los adosados.


Mi vecina del adosado,  entrada en años y en carnes, tenía esa extravagancia del estar segura de todo … Apareció una mañana con un mechón caoba y con el ceño instaurado de cabreada con la vida. Que feo era el paisaje. Tenía un perro que ladraba demasiado y una eterna letanía …no, no (nombre del perro), no!, subía el volumen…, el perro continuaba ladrando, si cabe, más.
No sé si fue el agobiante perfume del jazmín -cincuenta metros cuadrados concentran excesivamente- mezclándose con el despilfarro de moscas de final de verano, empalagosas y recreadas en las migas de la cena de la noche anterior. Ya digo, no sé si las moscas aturdidas, si la vecina con el perro y su letanía, si la concentración abusiva del jazmín…, o definitivamente el aburrimiento del escenario.

Me fui. Mi primer paseo por mi infancia recordando el olor de las cebollas y el mar.  No dije mucha cosa. Como dijo una vez una migo, todo empieza cuando compras la primera estantería. Un par de mudas y la mochila de los años.

 

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