22 de febrero del 1996
Hoy empiezo este diario porque para mi empieza hoy una nueva era.
Me he despertado eufórica, las maletas ya hechas, la ropa preparada, y lista para coger el vuelo hacia América. Ya me imaginaba vagabundeando por las calles de New York, luciendo mi impecable inglés.
Al llegar al aeropuerto me senté en unos sillones muy confortables, cómodos y bonitos. Mientras esperaba para embarcar en el avión, reflexioné sobre el paso que había dado en mi vida. Estaba segura de lo que hacía, pero tenía un pálpito, y no hizo esperar. Sonó el teléfono, era mi madre, me dijo que mi padre había sufrido un infarto. Tuve que abandonar el aeropuerto lo más rápido posible. No me importaba perder el avión, había más vuelos que me esperaban.
Estuve toda la tarde en el hospital, esperando alguna noticia de mi padre.
23 de febrero del 1996
Me he despertado en el hospital. Mi padre estaba mucho mejor, sólo había sido un pequeño susto.
Bajé a desayunar un café con leche y a leer el periódico, como de costumbre. Imposible, el titular decía “accidente aéreo al colisionar la terminal 4 del aeropuerto de New York. Ningún superviviente”. ¡Era el vuelo que iba a cojer yo!
Sentí como se me congelaba el cuerpo y los músculos se me encogían y me quedaba sin respiración.
Tenía razón, había empezado una nueva era, pero muy diferente de como yo me la imaginaba.
Júlia Sánchez Martín
2n E