La Segunda Internacional.

  1. La expansión del mundo obrero. Nueva tentativa de unidad proletaria internacional.

La expansión geográfica. 1880 señala una nueva fase en el movimiento obrero internacional. El desarrollo de las sociedades industriales provoca unos cambios estructurales y además las fronteras del socialismo se agrandaron por todo el continente y empezaron a apreciarse en otros continentes, como el americano. Todo esto trae consigo el aumento, en proporciones considerables, del número de trabajadores y también la concentración de dichos obreros en grandes empresas. También hay que mencionar las profundas modificaciones estructurales del movimiento obrero a causa del nacimiento de nuevas categorías profesionales.

La expansión del sindicalismo. Este aumento de fuerzas obreras provoca el aumento del número de sindicatos y la formación de federaciones sobre base, no del oficio, sino de la industria en general. El hecho de que el desarrollo económico condicione el desenvolvimiento sindical obrero acarreó diferencias en los ritmos nacionales de industrialización y las formas de sindicalización. Esto provocó que las relaciones entre socialismo y sindicalismo estuviesen bien distinguidas.

La expansión del socialismo organizado. El socialismo logró un desarrollo numérico del mismo orden que el sindicalismo. De acuerdo con las conclusiones de la Conferencia de Londres de la AIT, el socialismo tendió a cristalizarse en partidos políticos autónomos, y esto hizo necesario que todos los partidos diseminados a escala nacional se fusionaran en partidos nacionales. Esta formación de partidos socialistas en el plano nacional e internacional trajo consigo violentas luchas entre las diferentes escuelas de la socialdemocracia marxista; pero en la práctica, la adaptación a las estructuras específicas de cada país determinó las particularidades de organización y funcionamiento de los partidos. El modelo teórico fue el Partido Socialdemócrata Alemán, fundado en 1875 en el Congreso de Unificación de Ghota. Este partido no era modelo desde el punto de vista de su organización, sino en cuanto a la noción misma de partido, determinado por la conciencia del papel motor y dirigente que desempeña, respecto a las fuerzas proletarias, espíritu marxista. El modelo belga se distinguió por su estructura de organización, ya que el Partido Obrero Belga (1885) era una federación de tres clases de organización obrera: secciones socialistas, secciones sindicales y cooperativas de consumo; y todas dirigidas por un Consejo General constituido por los delegados de cada rama. En Francia, hasta finales del siglo XIX, no hubo un partido, sino una pluralidad de partidos. En Inglaterra, la amplitud que tomó el movimiento trade-unionista fue tan vasto que impidió durante mucho tiempo la aparición de un socialismo autónomo. La noción de partido se extendió también a los países de estructura agraria, tras haber triunfado en los países en vías de industrialización.

La expansión de la influencia socialista. El socialismo penetraba en la opinión pública cada vez más, pero el advenimiento de la sociedad industrial, que se traducía en el advenimiento del parlamentarismo, hizo que debiera reflejarse la conquista de la opinión pública en la composición de los parlamentos nacionales. Esta expansión del socialismo europeo trajo consigo la cuestión de la reanudación de las relaciones internacionales, la Internacional, debiendo ser el estado mayor del ejército proletario y el internacionalismo la vía que conduciría a la revolución. La Internacional fijaba el objetivo a alcanzar, pero para eso tuvo que salvar varios obstáculos a causa de la diversidad nacional debido a variadas coyunturas, fuerzas y tendencias obreras y al mismo tiempo sin trabar la autonomía de cada país. Este período de la historia del socialismo que comienza después de la Comuna y termina en agosto de 1914, determinaron la especificidad institucional y las formas de manifestación de la II Internacional.

2. La creación de la II Internacional.

Las tentativas de reconstruir la AIT. La idea de reunir a los representantes de las organizaciones obreras y los socialistas se debatió varias veces en los años siguientes a la disolución de la AIT. Pero sus esfuerzos resultaron baldíos por causa de la oposición de la socialdemocracia alemana y, especialmente, de Marx y Engels, para quienes el problema no residía en volver a un estado de cosas ya superado, sino crear partidos poderosos y coherentes en los países decisivos de la Europa occidental, Inglaterra, Alemania y Francia.

Engels tenía varias razones para explicar su posición. En primer lugar, el fracaso de la Comuna sugería que el advenimiento de la revolución no se situaba a corto plazo. En segundo lugar, el carácter de masa de los movimientos obreros y socialistas de los países en vías de industrialización, acentuándose la necesidad de adaptar para cada uno de ellos, según su coyuntura nacional, su táctica política. Pero sobre todo era la pluralidad de escuelas socialistas y la discordia en sus programas lo que entrañaba el riesgo de forzar de nuevo a los dirigentes del marxismo a luchar por la dirección del movimiento como en los tiempos de la I Internacional. Ciertamente, el marxismo se había impuesto como corriente dominante, y Engels impidió que las divergencias de interpretación del pensamiento marxista tomasen un giro público. Aunque en la Europa central el marxismo era preeminente, en otras partes debía vencer la resistencia de las demás corrientes socialistas. Por eso, en torno a Engels y dirigidos por él, se agruparon teóricos que conducen una ardiente polémica doctrinal contra las ideologías y grupos socialistas no marxistas; en particular contra los anarquistas y los neobakunistas – localizados en los países latinos, en Rusia, en Holanda – que, disponiendo de una audiencia internacional, buscan refuerzo cerca de aliados ocasionales como el trade-unionismo inglés o el posibilismo francés.

El Congreso de París (1889). En el transcurso del año 1888, y con ocasión del centenario de la toma de la Bastilla, se registran dos iniciativas para lograr la convocatoria de un Congreso Internacional en París. La primera, formulada por el partido alemán, la hizo suya el Partido Obrero Francés (guesdistas). La segunda lo fue por la Federación de Trabajadores Socialistas de Francia (posibilistas) que previamente se habían asegurado el  apoyo de las Trade-Unions inglesas. Esta querella francesa es también internacional. Los socialistas belgas y suizos, así como los líderes alemanes Liebknecht y Bebel buscan en vano una solución de compromiso. Finalmente, dos Congresos paralelos y rivales se reunieron en París del 14 al 21 de julio de 1889, uno de tendencia marxista (llamado “de la sala Pétrelle”), y el otro posibilista (llamado “de la calle de lancry”).

En el Congreso de la sala Pétrelle fue donde se creó la II Internacional (organizado por los guesdistas, los blanquistas y la Federación de las Cámaras Sindicales de París). Reunidos por primera vez al cabo de diecisiete años, los delegados de veintitrés países, tras exponer los progresos realizados en sus países, ensalzaron la vocación internacionalista del movimiento. Sin embargo, la oposición de los socialdemócratas marxistas, hizo fracasar la tentativa de reconstruir la antigua Internacional (del Partido Socialdemócrata Alemán en primer lugar).

En el Congreso posibilista, las divisiones sobrevenidas en el seno del grupo posibilista permitieron que en 1890, y gracias a la habilidad de Engels, se reuniera en Bruselas, del 18 al 23 de agosto de 1891, un solo congreso que terminó con la victoria del marxismo, tanto en los principios, como en la táctica.

La resurrección de la Internacional. En el Congreso de Bruselas se reconoció el renacimiento de la Internacional, pero su concepción y funcionamiento se impusieron en una nueva forma. Al contrario de la AIT, se rehúsa dar una estructura centralizada e incluso se afirma como una organización permanente. Federación de partidos y de grupos nacionales autónomos, asegura las relaciones internacionales entre los movimientos de los diversos países en forma de Congresos internacionales – cada tres años -, que se denominan “futuro parlamento del proletariado”. Los dirigentes socialistas del mundo entero encuentran una tribuna representativa en estas asambleas para plantear los términos del movimiento en términos europeos, zanjar cuestiones de principio y extraer soluciones políticas y métodos de acción. Las resoluciones son tomadas como normas de la acción socialista, ejerciendo una influencia de orden moral, en la definición del programa y la política de partido. Hay que destacar que los Congresos internacionales evitan intervenir en asuntos internos de las secciones nacionales que conservan su competencia en materia táctica.

En resumidas cuentas, el rasgo propio de la II Internacional es la pertenencia a una misma institución de representantes de todas las tendencias socialistas y su preocupación por respetar la autonomía de las secciones nacionales.

Tradiciones e innovaciones. El primer período de la historia de la II Internacional abarca los dos últimos decenios del siglo XIX, teniendo que hacer frente a una atmósfera tradicional y a nuevos problemas. Los militantes de la antigua internacional agravan esta situación. Lo que ante todo sigue siendo tradicional es la perspectiva: hasta finales del siglo, el mundo socialista cree en la viabilidad a corto plazo de la revolución proletaria, por tanto la tarea del socialismo es organizar al proletariado con vistas al último asalto, siendo el papel de la Internacional, la coordinación de la batalla desarrollada a escala nacional. La nueva, en el contexto de las grandes luchas sociales, es el amplísimo lugar que ocupan las reivindicaciones inmediatas del proletariado industrial. Esto replantea la cuestión de la dialéctica de las luchas económico-políticas planteadas ya en la AIT (El ejército internacional proletario triunfaría primero al conseguir su emancipación económica, que a su vez debería asegurar su emancipación política, o bien conquistaría el poder político, el cual permitiría seguidamente su emancipación íntegra).

La lucha contra los anarquistas. Esta doctrina fue el sustrato de todos los debates internacionales; la corriente anarquista, con las tendencias hostiles al marxismo (trade-unionismo, posibilismo), sostenía el primer punto de vista. Los anarquistas se vieron en primer lugar excluidos del Congreso de Bruselas (agosto de 1891). En segundo lugar, el Congreso celebrado en Zurich del 6 al 12 de agosto de 1893, adoptó la moción de Bebel, tras la expulsión de los delegados anarquistas alemanes: son admitidos en el Congreso todos los sindicatos profesionales obreros así como aquellos partidos y asociaciones socialistas que reconocen la necesidad de la organización obrera y la acción política. Pero en el Congreso de Londres (26 de julio a 2 de agosto de 1896) fue necesario entablar debates tumultuosos para decidir la expulsión de los anarquistas que rechazaban la acción legislativa y parlamentaria como medio de combate en la lucha anticapitalista. Los resultados de la lucha contra los anarquistas desembocaron en la consagración de la preponderancia del partido en tanto que forma superior de organización y de acción obreras. Por este motivo, en el Congreso de París de 1889, son aún, los componentes de la Internacional, múltiples y predominan en él representantes de las organizaciones obreras y sindicales, la organización en partidos nacionales pasa a ser la regla general a fines del siglo XIX. Ahora bien, el proceso de separación del partido de todas las demás formas de organización obrera conduce al propio tiempo a replantear la cuestión de las relaciones entre él y los sindicatos especialmente.

La Internacional y los sindicatos. En este punto, la Internacional se dividió en tres fracciones en cuanto a la oportunidad de admitir en su seno a las organizaciones sindicales. Los socialdemócratas alemanes impusieron su punto de vista en los cuatro primeros congresos, de donde cristalizaron las formas modernas de organización profesional (federaciones, confederaciones, etc.). Pero una fracción del socialismo francés se declaró resuelta a mantener el carácter político de los Congresos internacionales, y separándose de ambas posturas, los trade-unionistas ingleses, apoyados por los sindicalistas franceses, solicitaron que se hiciese una distinción entre partidos y sindicatos cuyo tipo de organización obrera estuviera para los dos en un mismo plano de igualdad.

En en Congreso de Londres de 1896 se llegaron a unos compromisos efímeros, y a partir de 1900, en el plano internacional, se consumó la separación entre el movimiento socialista y el sindical, aunque se siguió discutiendo en los Congresos Internacionales problemas y cuestiones sindicales.

3. La alternativa: reforma o revolución. La división de la Internacional.

En el capitalismo se produce una nueva fase, la del imperialismo, produciendo un nuevo crecimiento de las fuerzas del socialismo. La Internacional entra en una segunda fase de su historia, reuniendo grandes partidos nacionales, políticamente influyentes y numéricamente poderosos.

Se establecen las instituciones de la Internacional. Tras diez años de tanteos, la nueva Internacional se afirma como una organización universalmente reconocida y por tanto debía consolidar su armazón, y por eso, en el Congreso Internacional de París de 1900, se decidió la creación del Buró Socialista Internacional (BSI), cuya misión fue asegurar las actividades de la Internacional en el intervalo de los congresos, participando en sus reuniones anuales personalidades del socialismo de la época. Por iniciativa del BSI se decidió, en 1904, la constitución de una Comisión Socialista Interparlamentaria, con la misión de coordinar las actividades parlamentarias socialistas de todo el mundo.

La crisis revisionista. En el ámbito ideológico se produce también, y debido al viraje del siglo XIX, la crisis revisionista. Cuando era más necesario desarrollar un esfuerzo teórico, se produjo la muerte de Engels, en 1895, que gozaba de una autoridad universal e indiscutible. Es entonces cuando E. Bernstein reflexiona sobre el marxismo, que él estima superado por la evolución de la sociedad moderna, y sugiere su sistemática puesta al día en una obra titulada “Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia”. En ella preconiza el establecimiento de relaciones pacíficas entre las naciones y las clases, un socialismo fundado en la convicción de que el capitalismo debe evolucionar progresivamente y pacíficamente hacia el socialismo. Concluye que es menester emanciparse de una fraseología superada por los hechos y aceptar ser un partido de reformas socialistas y democráticas. Esto le conduce a rehusar que el proletariado reivindique la exclusividad del poder, por no estar lo bastante desarrollado para asumirlo. Por tanto la socialdemocracia debe aliarse con la izquierda, para alcanzar el socialismo por un proceso de reformas para transformar la sociedad capitalista.

En defensa del marxismo y contra Bernstein, tomaron posición las grandes personalidades de la socialdemocracia. Kautsky afirma que la calma es provisional y la aparición del imperialismo agravará el antagonismo entre clases. En cambio, el ala izquierda alemana se muestra deseosa de renovación, pero en el marco del marxismo y para eliminar toda tentación reformista.

El Congreso de París (23-27 de septiembre de 1900). El caso Millerand, en Francia, da al Congreso una dimensión práctica a la discusión hasta entonces teórica. El Congreso se ve obligado a centrar sus trabajos en la estrategia propicia para la conquista del poder político y de la táctica correspondiente al problema de las alianzas con los partidos burgueses. Los debates apasionados terminan con una resolución de compromiso. En materia de táctica, la Internacional deja libres las manos a sus secciones; por lo tanto, la entrada de los socialistas en un gobierno burgués sólo es un expediente “forzado, transitorio y excepcional”. En lo tocante a la cuestión de las alianzas se produce la misma ambigüedad.

El Congreso de Amsterdam (14-20 de agosto de 1904). La sutil resolución de Kautsky no ponía fin a la lucha entre las tendencias: “La conquista del poder político por el proletariado se producirá por un largo y penoso trabajo de organización proletaria en el terreno económico-político, de la regeneración de la clase obrera y de la conquista de las municipalidades y de las asambleas legislativas”. En 1903 el Partido Socialdemócrata Alemán, reunido en el Congreso de Dresde, termina sus sesiones con la derrota de los partidarios de Bernstein y vota una resolución cuyo texto es presentado en el Congreso de Amsterdam y finalmente aprobado. El Congreso condena enérgicamente a las tendencias revisionistas que intentan cambiar la táctica que se basa en la lucha de clases. Otra resolución sobre la huelga general consumó la derrota del revisionismo. Algunos meses después, la primera revolución rusa, acentuaba más la radicalización del movimiento obrero.

La Revolución Rusa de 1905. Marx y Engels ya habían subrayado que la caída del zarismo liquidaría el baluarte de la contrarrevolución en Europa. La II Internacional también había fustigado la aristocracia rusa. A su vez, tras el “Domingo Rojo”, el BSI apela a la opinión pública. El movimiento revolucionario ruso exaltaron las huelgas reivindicativas occidentales. Con su preconización de nuevas formas de lucha – huelgas generales políticas y soviets – demostró la necesidad de una estrategia revolucionaria y de una táctica fundada en la lucha de clases. Pero la derrota final de la revolución y el descorazonamiento de los socialistas rusos, hicieron inclinar la balanza a favor de los moderados. El reformismo vuelve al ataque, pero sin un brillo doctrinal excesivo.

4. La lucha de las tendencias.

Desde 1900, la lucha entre las diferentes tendencias constituye la trama de los debates de la Internacional. De hecho, las discusiones sobre los problemas tácticos revelaban la naturaleza de las divergencias que separaban a los reformistas, los ortodoxos, los radicales y los sindicalistas revolucionarios acerca de la significación de la reivindicación proletaria del socialismo.

Partidos y sindicatos. En Stuttgart (18-24 de agosto de 1907) la cristalización de las tendencias dificulta la prosecución del diálogo, sobre todo a propósito de las dos centrales cuestiones inscritas en el orden del día. Es ante todo la cuestión de las relaciones entre partidos y sindicatos, pero su significación ha cambiado porque en el siglo XIX solo se trataba el socialismo en el movimiento obrero, pero ahora había que precisar la naturaleza de las relaciones entre las dos instituciones. Por tanto se oponen dos tesis esenciales: la primera entiende mantener la autonomía completa de los sindicatos respecto a los partidos; la segunda, colocar los sindicatos bajo la dirección política de los partidos. La resolución que cierra el Congreso no es más que un compromiso verbal: los sindicatos cumplirán su deber en la lucha de emancipación de los obreros a condición de que sus actos se inspiren en un espíritu socialista. El Partido tiene el deber de ayudar a los sindicatos en la lucha por la mejora de la condición social de los trabajadores.

La Internacional y la cuestión colonial. La cuestión colonial ya figuraba en el orden del día del Congreso Internacional de 1900. El análisis socialista seguía reduciendo el fenómeno colonial al de la expansión del capitalismo. Correspondió a H. van Kol reclamar en Stuttgart que la Europa capitalista asumiera una misión civilizadora a fin de acelerar, mediante la colonización, la evolución de los países subdesarrollados. La mayoría rechazó esta tesis y se atuvo a un anticolonialismo en contra del racismo y la opresión. En la resolución final, el Congreso se fija como tarea educar a los colonizados para hacerlos aptos a la independencia; trata el tema el del colonialismo desde el ángulo de la defensa de la paz entre las grandes potencias europeas.

La lucha por la paz. Este es el punto de tensiones, entre las tendencias, más críticas. Desde 1900, tanto los congresos como la actividad del BSI intentan lanzar las fuerzas del socialismo internacional en la lucha por preservar a la clase obrera de una lucha o guerra local o generalizada. El movimiento socialista veía la guerra como un fenómeno directamente derivado del capitalismo, pero discrepaba en los métodos de combate contra ella. En 1905, Vaillant sometió al BSI una proposición en la que se preveía que los partidos socialistas internacionales examinaran las medidas a tomar: primero por los partidos de los países afectados y segundo, conjuntamente por todo el partido socialista internacional, mediante una acción concertada, con objeto de prevenir e impedir toda guerra. En 1907, la acción del proletariado contra la guerra figuró en la orden del día del Congreso de Stuttgart, reapareciendo nuevos antagonismos, y manifestándose por primera vez la radical oposición entre dos dialécticas: la que replica la guerra con la paz y la que responde con la revolución. Bebel exige que se distinga entre guerra ofensiva y guerra defensiva, en tanto que Adler afirma que el socialismo internacional debe dar al proletariado tal conciencia que la guerra se haga imposible, impidiéndola, mejor que detenerla cuando haya estallado. Franceses y alemanes se entendieron sobre la perspectiva general de una acción preventiva contra la guerra, al adoptar la famosa consigna de “guerra a la guerra”. El Congreso declara: ante la guerra, a la amenaza de tal, es deber de la clase obrera, los parlamentos del Buró Internacional, etc., realizar todos los esfuerzos para impedir la guerra mediante los medios que les parezca adecuados, variando según la lucha de clases y la situación política general. En el polo opuesto de este pacifismo esencial, la minoría de izquierda formula la alternativa revolucionaria. Estos presentan una enmienda que fue adoptada: en caso de estallar la guerra, tiene el deber de intervenir para cesarla, utilizando la crisis económica y política creada por ésta, a fin de agitar a las capas populares y precipitar la caída de la dominación capitalista.

Los medios quedaban por definir, y de ello se trató en Copenhague, del 28 al 30 de septiembre de 1910 que llevó al zénit la II Internacional. El debate gira en torno a las cuestiones de arbitraje y de desarme. Se sugiere, en una enmienda, la huelga general, sobre todo en las industrias que suministran a la guerra sus instrumentos, así como la agitación y la acción popular en sus formas más activas. Se decide debatir dichas cuestiones nuevamente en las sesiones que la Internacional debe celebrar en Viena en 1913, pero estas sesiones, primero son aplazadas, y posteriormente suspendidas sine die. Entre tanto el BSI intenta movilizar a la opinión pública internacional por medio de manifestaciones con ocasión de crisis cada vez más frecuentes y graves que ponen en peligro la paz europea. Cuando estalla la guerra balcánica, el BSI apela al recurso supremo, convocando con urgencia en Basilea, los días 24-25 de noviembre de 1912, un congreso extraordinario. La acción concordante del proletariado mundial quizá contribuyó al feliz desenlace de la crisis balcánica. La Internacional creyó que el peligro de la guerra se alejaba, y cuando estalla la crisis en julio de 1914, es acogida con sorpresa. El BSI no tarda en reunirse en Bruselas los días 29-30 de julio, tomándose la decisión de convocar el Congreso Internacional en París para el día 9 de agosto.

Un pensament a “La Segunda Internacional.”

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