22.- Eneas en el infierno.

LA RUTA.

Así clamaba Eneas, abrazado al altar, y así le contestó la
Sibila: Descendiente de la sangre de los dioses, troyano, hijo
de Anquises, fácil es la bajada al Averno; día y noche está
abierta la puerta del negro Dite; pero retroceder y restituirse
a las auras de la tierra, esto es o arduo, esto es o difícil; pocos,
y del linaje de los dioses, a quienes fue Júpiter propicio,
o a quienes una ardiente virtud remontó a los astros, pudieron
lograrlo. Todo el centro del Averno está poblado de
selvas que rodea el Cocito con su negra corriente. Más, si un
tan grande amor te mueve, si tanto afán tienes de cruzar dos
veces el lago Estigio, de ver dos veces el negro Tártaro, y
estás decidido a probar la insensata empresa, oye lo que has
de hacer ante todo. Bajo la opaca copa de un árbol se oculta
un ramo, cuyas hojas y flexible tallo son de oro, el cual está
consagrado a la Juno infernal; todo el bosque le oculta y las
sombras le encierran entre tenebrosos valles, y no es dado
penetrar, en las entrañas de la tierra sino al que haya desgajado
del árbol la áurea rama; la hermosa Proserpina tiene dispuesto
que sea ese el tributo que se lleve. Arrancado un
primer ramo, brota otro, que se cubre también de hojas de
oro, búscale pues, con la vista, y una vez encontrado, tiéndele
la mano, porque si los hados te llaman, él se desprenderá
por sí mismo; de lo contrario, no hay fuerzas, ni aun el
duro hierro, que basten para arrancarle. Además, tu ignoras
¡Ay! que el cuerpo de un amigo yace insepulto, y que su triste
presencia está contaminando toda la armada mientras estás
en mis umbrales pidiéndome oráculos. Ante todo, entrega
esos despojos a su postrera morada, cúbrelos con un sepulcro,
e inmola en él algunas negras ovejas; sean estas las primeras
expiaciones. De esta suerte podrás, en fin, visitar las
selvas estigias y los reinos inaccesibles para los vivos.” Dijo,
y enmudeció su cerrada boca.

LOS SACRIFICIOS.
Hecho esto, se apresura a ejecutar los preceptos de la Sibila.
Había cerca de allí una profunda caverna, que abría en
las peñas su espantosa boca, defendida por un negro lago y
por las tinieblas de los bosques, sobre la cual no podía ave
alguna tender impunemente el vuelo: tan fétidos eran los
vapores que de su horrible centro se exhalaban, infestando
los aires, de donde los Griegos dieron a aquel sitio el nombre
de Averno. Allí llevó Eneas, lo primero, cuatro novillos negros,
sobre cuyo testuz derramó la sacerdotisa el vino de las
libaciones, y cortándoles las cerdas entre las astas, las arrojó
al fuego sagrado, como primeras ofrendas, invocando a voces
a Hécate, poderosa en el cielo y en el Erebo. Otros degüellan
las víctimas y recogen en copas la tibia sangre; el
mismo Eneas con su espada inmola en honor de la madre de
las Euménides y en el de su grande hermana una cordera de
negro vellón, y a ti, ¡Oh Proserpina! una vaca estéril. Enseguida
erige los altares para los sacrificios nocturnos que han
de hacerse al rey del Estigio y pone en las llamas las entrañas
enteras de los novillos, derramando abundante aceite sobre
ellas, cuando he aquí que, al despuntar el alba, empezó a
mugir la tierra bajo los pies, retemblaron las selvas, y grandes
aullidos de perros en las sombras anunciaron la llegada de la
diosa. “¡Lejos, lejos de aquí, profanos! exclama la profetisa;
salid de este bosque, y tú, Eneas, echa a andar y desenvaina
la espada. Esta es la ocasión de mostrar entereza y valor.”

LA ENTRADA. CARONTE.
De allí arranca el camino que conduce a las olas del tartáreo
Aqueronte, vasto y cenagoso abismo, que perpetuamentE
hierve y vomita todas sus arenas en el Cocito. Guarda aquellas
aguas y aquellos ríos el horrible barquero Caronte, cuya
suciedad espanta; sobre el pecho le cae desaliñada luenga
barba blanca, de sus ojos brotan llamas; una sórdida capa
cuelga de sus hombros, prendida con un nudo: él mismo
maneja su negra barca con un garfio, dispone las velas y
transporta en ella los muertos, viejo ya, pero verde y recio en
su vejez, cual corresponde a un dios. toda la turba de las
sombras, por allí difundida, se precipitaba a las orillas: madres,
esposos, héroes magnánimos, mancebos, doncellas,
niños colocados en la hoguera a la vista de sus padres, sombras
tan numerosas como las hojas que caen en las selvas a
los primeros fríos del otoño, o como las bandadas de aves
que, cruzando el profundo mar, se dirigen a la tierra cuando
el invierno las impele en busca de más calurosas regiones.
Apiñados en la orilla, todos piden pasar los primeros y tienden
con afán las manos a la opuesta margen; pero el adusto
barquero toma indistintamente, ya a unos, ya a otros, y rechaza
a los demás, alejándolos de la playa. Sorprendido y
conturbado en vista de aquel tumulto, “Dime, ¡Oh virgen!
pregunta Eneas, ¿Qué significa esa afluencia junto al río?
¿Qué piden esas almas? ¿Y por qué distinción ésas tienen
que apartarse de la orilla y esotras surcan esas lívidas aguas?”
En estos términos le responde brevemente la anciana sacerdotisa:
“Hijo de Anquises, verdadera progenie de los dioses,
viendo estás los profundos estanques del Cocito y la laguna
Estigia, por la cual los mismos dioses temen jurar en vano.
Esta turba que tienes delante es la de los miserables que yacen
insepultos: ese barquero es Caronte, esos a quienes se
llevan las aguas, los que han sido enterrados, pues no le es
permitido transportar a ninguno a las horrendas orillas por la
ronca corriente antes de que sus huesos hayan descansado
en sepultura: cien años tienen que revolotear errantes alrededor
de estas playas; admitidos entonces por fin, logran cruzar
las deseadas olas. Párase el hijo de Anquises triste y pensativo y profundamente compadecido de aquel destino cruel.
Allí ve entre los infelices privados de sepultura a Leucaspis y
Oronte, capitán de la escuadra licia, a quienes el austro anegó
a un mismo tiempo juntamente con sus galeras, viniendo
con él de Troya por los borrascosos mares.

PALINURO.
En esto descubre al piloto Palinuro, que, en su reciente
travesía por el mar de Libia, mientras iba observando los
astros, cayó de la popa en medio de las olas. Apenas hubo
reconocido al desdichado en las espesas tinieblas, díjole así:
“¿Cuál dios ¡Oh Palinuro! te arrebató a nosotros y te precipitó
en medio del piélago? Dímelo pronto, porque Apolo,
que antes nunca me había engañado, sólo me engañó al vaticinarme
que cruzarías seguro la mar y llegarías a las playas
ausonias. ¿Es esa, di, la fe prometida?” , “No, respondió
Palinuro, no te engañó el oráculo de Febo, ¡Oh caudillo hijo
de Anquises! no me sepultó un dios en el mar. Arrancado
por acaso con gran violencia el timón que me habías confiado,
y que yo tenía asido para dirigir el rumbo, le arrastré en
mi caída, y te juro por los terribles mares que no temí entonces
tanto por mí cuanto porque tu nave, perdido el timón y
privada de piloto, no pudiese resistir el empuje de aquellas
tan terribles olas. Tres borrascosas noches me arrastró el
violento noto por los inmensos mares; sólo el cuarto día
divisé a Italia desde la altura a que me levantó una grande
oleada. Poco a poco llegué nadando a tierra, y ya estaba en
salvo, cuando una gente cruel, considerándome por engaño
presa de valía, me acometió con espadas en el momento en
que, bajo el peso de mis ropas mojadas, pugnaba por asirme
con las uñas a la áspera cima de un collado: juguete del
viento y del mar, mi cuerpo yace ahora en la playa. Por la
deleitosa luz del cielo y por las auras te lo suplico; por tu
padre y por el niño Iulo, tu esperanza, libértame ¡Oh héroe
invicto! de estas miserias. O bien, pues está en tu mano, da
sepultura a mi cuerpo, que encontrarás en el puerto de Velia;
o bien, si es posible, si tu divina madre te sugiere algún remedio para ello (pues no creo que sin especial favor de los dioses
te prepares a surcar la terrible laguna Estigia), tiende la
diestra a este infeliz y llévame contigo por esas aguas, para
que en muerte a lo menos descanse en plácidas moradas!”
Dijo y al punto la habla así la Sibila: “¿De dónde te viene
¡Oh Palinuro! esa insensata aspiración? ¿Tú, insepulto, habías
de visitar las aguas estigias y el tremendo río de las Euménides,
y sin mandato de los dioses habías de pasar a la opuesta
orilla? Renuncia a la esperanza de torcer con tus ruegos el
curso de los hados, pero guarda en la memoria estas palabras,
como consuelo en tu cruel desventura. Sabrás que todos
los pueblos comarcanos, aterrados en vista de mil
prodigios celestes, aplacarán tus manes, depositando tus
huesos bajo un túmulo, instituirán en él solemnes sacrificios,
y aquel sitio conservará eternamente el nombre de Palinuro.”

LA LAGUNA ESTIGIA
Estas palabras calmaron su afán y ahuyentaron un poco el
dolor de su triste corazón, complacido a la idea de que un
lugar de la tierra había de llevar su nombre.
Prosiguen, pues, Eneas y la Sibila el comenzado camino y
se acercan al río, cuando el barquero, al verlos desde la laguna
Estigia ir por el callado bosque, encaminándose hacia la
orilla, les ataja enojado el paso con estas palabras: “Quienquiera
que seas, tú, que te encaminas armado hacia mi río,
ea, dime a qué vienes y no pases de ahí. Esta es la mansión
de las Sombras, del Sueño y de la soporífera Noche; no me
es permitido llevar a los vivos en la barca Estigia, y a fe no
tengo motivos para congratularme de haber recibido en este
lago a Alcides, a Teseo y a Piritoo, aunque eran del linaje de
los dioses y de invicta pujanza; el primero amarró con su
mano al guarda del Tártaro, y le arrancó temblando del trono
del mismo Rey; los otros intentaron robar de su tálamo a la
esposa de Dite.” Así le respondió brevemente la sacerdotisa
del Anfriso: “No abrigamos nosotros tales insidias; serénate;
estas armas no arguyen violencia; siga en buen hora el gran
Cerbero en su caverna espantando a las sombras con eterno
ladrido, y continúe la casta Proserpina en la mansión de su
tío. El troyano Eneas, insigne en piedad y armas, baja a las
profundas tinieblas del Erebo en busca de su padre. Si no te
mueve la vista de tan piadoso intento, reconoce a lo menos
este ramo”; y sacó el que llevaba oculto bajo el manto, con lo
que al punto desapareció el enojo de Caronte. Nada añadió
la Sibila. El, admirando el venerable don de la rama fatal, que
no había visto hacía mucho tiempo, da vuelta a la cerúlea
barca y se acerca a la orilla, haciendo que despejen el fondo
las sombras que lo ocupaban, y las que iban sentadas en los
largos bancos, al mismo tiempo que recibe en ella al grande
Eneas. Crujió la sutil barca bajo su peso, y rajada en parte,
empezó a hacer agua; mas al fin desembarcó felizmente en la
opuesta orilla a la Sibila y al guerrero en un lodazal cubierto
de verde légamo.

EL CAN CERBERO.

En frente, tendido en su cueva, el enorme Cerbero
atruena aquellos sitios con los ladridos de su trifauce boca.
Viendo la Sibila que ya se iban erizando las culebras de su
cuello, le tiró una torta amasada con miel y adormideras, la
cual él, abriendo su trifauce boca con rabiosa hambre, se
tragó al punto, dejándose caer enseguida y llenando con su
enorme mole toda la cueva. Al verle dormido, Eneas sigue
adelante y pasa rápidamente la ribera del río, que nadie cruza
dos veces.
En esto, empezaron a oirse voces y lloros de niños, cuyas
almas ocupaban aquellos primeros umbrales; niños arrebatados
del pecho de sus madres, y a quienes un destino cruel
sumergió en prematura muerte antes de que gozaran la dulce
vida. Junto a ellos están los condenados a muerte por sentencia
injusta. Dan aquellos puestos jueces designados por la
suerte; el presidente Minos agita la urna, él convoca ante su
tribunal a las calladas sombras, y se entera de sus vidas y
crímenes. Cerca de allí están los desdichados que, vencidos
de la desesperación y aborreciendo la luz del día, se quitaron
la vida con su propia mano. ¡Ah, cuánto darían ahora por
arrostrar en la tierra pobreza y duros afanes! pero los hados
no lo consientes, y las tristes aguas del lago Estigio, con sus
nueve revueltas, los enlazan y sujetan en aquel odioso pantano.
No lejos de aquí se extienden en todas direcciones los
llamados Campos Llorosos, donde secretas veredas que circundan
una selva de mirtos, ocultan a los que consumió en
vida el cruel amor, y que ni aun en muerte olvidan sus penas;
en aquellos sitios ve Eneas a Fedra, a Procis y a la triste Erifile,
enseñando las heridas que le hiciera su despiadado hijo,
y a Evadne y a Pasifae, a quienes acompañan Laodamia y
Ceneo, mancebo en otro tiempo, y ahora mujer, restituida
por el hado a su primitiva forma.

DIDO.

Entre ellas vagaba por la gran selva la fenicia Dido,
abierta aún en su pecho la reciente herida. Apenas el héroe
troyano llegó junto a ella y la reconoció entre la sombra obscura,
cual vemos o creemos ver a la luna nueva alzase entre
nubes, rompió a llorar, y así le dijo con amoroso acento:
“¡Oh desventurada Dido! ¡Conque, fue verdad la nueva de tu
desastre, y tú misma te traspasaste el pecho con una espada!
¿Y fui yo ¡Oh dolor! causa de tu muerte? Juro por los astros
y por los númenes celestiales y por los del Averno, si alguna
fe merecen también, que muy a pesar mío dejé ¡Oh Reina!
tus riberas. La voluntad de los dioses, que ahora me obliga a
penetrar por estas sombras y a recorrer estos sitios, llenos de
horror y de una profunda noche, me forzó a abandonarte, y
nunca pude imaginar que mi partida te causase tan gran dolor.
Detén el paso y no te sustraigas a mi vista. ¿De quién
huyes? ¡esta es la postrera vez que los hados me consienten
hablarte!” Con estas palabras, cortadas por el llanto, procuraba
Eneas aplacar la irritada sombra, que, vuelto el rostro,
fijos en el suelo los torvos ojos, no se mostraba más conmovida
por ellas que si fuera duro pedernal o mármol de Marpesia.
Aléjase al fin precipitadamente, y va a refugiarse
indignada en un bosque sombrío, donde su antiguo esposo
Siqueo es objeto de su ternura y corresponde a ella. Eneas,
empero, traspasado de dolor a la vista de tan cruel desventura,
la sigue largo tiempo, compadecido y lloroso (…)

LOS CONDENADOS.
Vuélvese entonces Eneas, y ve al pie de una roca que se
extiende a la izquierda mano, una gran fortaleza, rodeada de
triple muralla, que el rápido Flegetonte, río del Tártaro, circunda
de ardientes llamas, arrastrando en su corriente resonantes
peñas; en frente se ve una puerta enorme y con
jambas de un acero tan duro, que ninguna fuerza humana, ni
aun la espada de los mismos dioses, podría derribarlas. Una
torre de hierro se alza en los aires; sentada Tisifone, ceñida
de un manto de color de sangre, guarda el vestíbulo, despierta
día y noche; óyense allí de continuo gemidos y crueles
azotes y el rechinar del hierro y ruido de cadenas arrastradas.
Paróse Eneas, despavorido, y se puso a escuchar con profunda
atención. “Qué especie de crímenes se castigan aquí?
Dime, ¡Oh virgen! ¿Qué tormentos son éstos? ¿Quién exhala
esos gritos tan lastimeros?” Así comenzó entonces la profetisa:
“Inclito caudillo de los Teucros, a ningún justo le es lícito
penetrar en ese asilo de los crímenes, pero cuando Hécate
me destinó a la custodia de los bosques infernales, ella misma
me declaró los castigos que imponen los dioses y me
condujo por todos estos sitios. El cretense Radamanto ejerce
aquí un imperio durísimo, indaga y castiga los fraudes, y
obliga a los hombres a confesar las culpas cometidas y que
vanamente se complacían en guardar secretas, fiando su expiación
al tardío momento de la muerte. Al punto de pronunciada
la sentencia, la vengadora Tisifone, armada de un
látigo, azota e insulta a los culpados, y presentándoles con la
mano izquierda sus fieras serpientes, llama a la turba cruel de
sus hermanas. Abrense entonces por fin las sagradas puertas,
rechinando en sus goznes con horrible estruendo. “¿Ves,
prosiguió la Sibila, qué centinela está sentada en el vestíbulo? ¿Cuál horrible figura guarda estos umbrales? Pues dentro
tiene su morada una hidra más horrible todavía, con sus cincuenta
negras fauces siempre abiertas; luego se abre el mismo
Tártaro, espantoso precipicio, que profundiza debajo de
las sombras el doble de lo que se levanta sobre la tierra el
etéreo Olimpo. Allí, en lo más hondo de aquel abismo, ruedan
precipitados del rayo los Titanes, antiguo linaje de la
Tierra. Allí vi a los dos hijos de Aloeo, enormes gigantes, que
intentaron quebrantar con sus manos el inmenso cielo y precipitar
a Júpiter de su excelso trono; vi también a Salmoneo,
padeciendo horribles castigos en pena de haber querido
imitar los rayos de Júpiter y los truenos del Olimpo. Tirado
por un carro de cuatro caballos y blandiendo teas, iba ufano
por los pueblos de Grecia y cruzaba su ciudad de Elix, reclamando
para sí los honores debidos a los dioses. ¡Insensato,
que creía simular con el bronce batido por los cascos de
sus caballos el crujido de las tempestades y del inimitable
rayo!, pero el Padre omnipotente le disparó entre densas
nubes un dardo (no teas, no humeantes llamas) y le precipitó
en el profundo abismo. Vi también a Ticio, hijo de la Tierra,
que produce todos los seres, cuyo cuerpo tendido ocupa
siete yugadas enteras; un enorme buitre mora en lo hondo de
su pecho y con su corvo pico le roe y le devora el hígado y
las entrañas, que nunca mueren, y renacen siempre para padecer
sin momento de tregua. ¿A qué hablar de los Lapitas
Ixión y Piritoo, sobre cuyas cabezas pende un negro peñasco,
amagándolos siempre con su caída? Delante tienen voluptuosos
lechos de áureas columnas y festines dispuestos
con regio lujo; pero la principal de las Furias vela tendida a
su lado, y en cuanto intentan llevar las manos a la mesa, se
levanta blandiendo su tea y se lo impide con tonantes voces.
Allí habitan los que en vida aborrecieron a sus hermanos o
hirieron a su padre o vendieron el interés de su cliente; los
que, numerosísima muchedumbre, incubaron riquezas atesoradas
para ellos solos, sin dar una parte a los suyos; los que
perdieron la vida por adúlteros; los que promovieron impías
guerras o no temieron hacer traición a sus señores; todos
estos, encerrados allí, aguardan su castigo. No intentes saber
qué castigo es el suyo; unos hacen rodar un gran peñasco,
otros penden amarrados a los radios de una rueda. El infeliz
Teseo está sentado y lo estará eternamente, y Flegias, el más
desgraciado de todos, amonesta a los demás y va clamando
entre las sombras con grandes voces: “¡Escarmentad con mi
ejemplo; aprended con él a ser justos y a no despreciar a los
dioses!” Este vendió por oro su patria y le impuso un tirano;
hizo y deshizo leyes por su solo interés. Ese incestuoso atropelló
el lecho de su hija; todos osaron concebir grandes maldades
y las llevaron a cabo. No, aun cuando tuviese cien
lenguas y cien bocas y una voz de hierro, no podría expresar
todas las formas de los crímenes ni decirte todos los nombres
de sus castigos.”

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