El Teatro en la primera mitad del siglo XX. “Luces de Bohemia”. El esperpento según Valle-Inclán

Fragmento de la escena duodécima

DON LATINO.- ¡Estas completamente curda!

MAX.- Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

DON LATINO.- ¡Miau! ¡Te estas contagiando!

MAX.- España es una deformación grotesca de la civilización europea.

DON LATINO.- ¡Pudiera! Yo me inhibo.

MAX.- Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.

DON LATINO.- Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.

MAX.- Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas..

DON LATINO.- ¿Y dónde está el espejo?

MAX.- En el fondo del vaso.

DON LATINO.-¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!

MAX.- Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.

La Narrativa del siglo XX. “La Colmena”, de Camilo José Cela

Fragmento de La Colmena, de Camilo José Cela

Doña Rosa va y viene por entre las mesas del café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia “leñe” y “nos ha merengao”. Para doña Rosa, el mundo es un Café, y alrededor de su Café, todo lo demás. Hay quien dice que a doña Rosa le brillan los ojillos cuando viene la primavera y las muchachas empiezan a andar de manga corta. Yo creo que todo eso son habladurías: doña Rosa no hubiera soltado jamás un buen amadeo de plata por nada de este mundo. Ni con primavera ni sin ella. A doña Rosa lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por entre las mesas… Doña Rosa tiene la cara llena de manchas, parece que está siempre mudando la piel como un lagarto. Cuando está pensativa, se distrae y se saca virutas de la cara, largas a veces como tiras de serpentinas. Después vuelve a la realidad y se pasea otra vez, para arriba y para abajo, sonriendo a los clientes, a los que odia en el fondo, con sus dientecillos renegridos, llenos de basura.

El Lazarillo de Tormes como ejemplo de la Prosa Renacentista Española

TRATADO I

En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.

Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo:

-Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti.

Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.

Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:

-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.

Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:

-Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.

Y rió mucho la burla.

Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer».

La Elegía de Miguel Hernández

ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
aquien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Enamorarse como Romeo y Julieta

Fragmento del Segundo Acto

JULIETA
¡Ah, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo?
Niega a tu padre y rechaza tu nombre,
o, si no, júrame tu amor
y ya nunca seré una Capuleto.

ROMEO
¿La sigo escuchando o le hablo ya?

JULIETA
Mi único enemigo es tu nombre.
Tú eres tú, aunque seas un Montesco.
¿Qué es «Montesco» ? Ni mano, ni pie,
ni brazo, ni cara, ni parte del cuerpo.
¡Ah, ponte otro nombre!
¿Qué tiene un nombre? Lo que llamamos rosa
sería tan fragante con cualquier otro nombre.
Si Romeo no se llamase Romeo,
conservaría su propia perfección
sin ese nombre. Romeo, quítate el nombre
y, a cambio de él, que es parte de ti,
¡tómame entera!

ROMEO
Te tomo la palabra.
Llámame « amor » y volveré a bautizarme:
desde hoy nunca más seré Romeo.

JULIETA
¿Quién eres tú, que te ocultas en la noche
e irrumpes en mis pensamientos?

ROMEO
Con un nombre no sé decirte quién soy.
Mi nombre, santa mía, me es odioso
porque es tu enemigo.
Si estuviera escrito, rompería el papel.

JULIETA
Mis oídos apenas han sorbido cien palabras
de tu boca y ya te conozco por la voz.
¿No eres Romeo, y además Montesco?

ROMEO
No, bella mía, si uno a otro te disgusta.

JULIETA
Dime, ¿cómo has llegado hasta aquí y por qué?
Las tapias de este huerto son muy altas
y, siendo quien eres, el lugar será tu muerte
si alguno de los míos te descubre.

ROMEO
Con las alas del amor salté la tapia,
pues para el amor no hay barrera de piedra,
y, como el amor lo que puede siempre intenta,
los tuyos nada pueden contra mí.

JULIETA
Si te ven, te matarán.

ROMEO
¡Ah! Más peligro hay en tus ojos
que en veinte espadas suyas. Mírame con dulzura
y quedo a salvo de su hostilidad.

JULIETA
Por nada del mundo quisiera que te viesen.

ROMEO
Me oculta el manto de la noche
y, si no me quieres, que me encuentren:
mejor que mi vida acabe por su odio
que ver cómo se arrastra sin tu amor.

JULIETA
¿Quién te dijo dónde podías encontrarme?

ROMEO
El amor, que me indujo a preguntar.
Él me dio consejo; yo mis ojos le presté.
No soy piloto, pero, aunque tú estuvieras lejos,
en la orilla más distante de los mares más remotos,
zarparía tras un tesoro como tú.

JULIETA
La noche me oculta con su velo;
si no, el rubor teñiría mis mejillas
por lo que antes me has oído decir.
¡Cuánto me gustaría seguir las reglas,
negar lo dicho! Pero, ¡adiós al fingimiento!
¿Me quieres? Sé que dirás que sí
y te creeré. Si jurases, podrías
ser perjuro: dicen que Júpiter se ríe
de los perjurios de amantes. ¡Ah, gentil Romeo!
Si me quieres, dímelo de buena fe.
O, si crees que soy tan fácil,
me pondré áspera y rara, y diré « no »
con tal que me enamores, y no más que por ti.
Mas confía en mí: demostraré ser más fiel
que las que saben fingirse distantes.
Reconozco que habría sido más cauta
si tú, a escondidas, no hubieras oído
mi confesión de amor. Así que, perdóname
y no juzgues liviandad esta entrega
que la oscuridad de la noche ha descubierto.

ROMEO
Juro por esa luna santa
que platea las copas de estos árboles…

JULIETA
Ah, no jures por la luna, esa inconstante
que cada mes cambia en su esfera,
no sea que tu amor resulte tan variable.

ROMEO
¿Por quién voy a jurar?

JULIETA
No jures; o, si lo haces,
jura por tu ser adorable,
que es el dios de mi idolatría,
y te creeré.

ROMEO
Si el amor de mi pecho…

JULIETA
No jures. Aunque seas mi alegría,
no me alegra nuestro acuerdo de esta noche:
demasiado brusco, imprudente, repentino,
igual que el relámpago, que cesa
antes de poder nombrarlo. Amor, buenas noches.
Con el aliento del verano, este brote amoroso
puede dar bella flor cuando volvamos a vernos.
Adiós, buenas noches. Que el dulce descanso
se aloje en tu pecho igual que en mi ánimo.

ROMEO
¿Y me dejas tan insatisfecho?

JULIETA
¿Qué satisfacción esperas esta noche?

ROMEO
La de jurarnos nuestro amor.

JULIETA
El mío te lo di sin que lo pidieras;
ojalá se pudiese dar otra vez.

ROMEO
¿Te lo llevarías? ¿Para qué, mi amor?

JULIETA
Para ser generosa y dártelo otra vez.
Y, sin embargo, quiero lo que tengo.
Mi generosidad es inmensa como el mar,
mi amor, tan hondo; cuanto más te doy,
más tengo, pues los dos son infinitos.
[Llama el AMA dentro.]

Oigo voces dentro. Adiós, mi bien.
-¡Ya voy, ama!-Buen Montesco, sé fiel.
Espera un momento, vuelvo en seguida.
[Sale. ]

ROMEO
¡Ah, santa, santa noche! Temo
que, siendo de noche, todo sea un sueño,
harto halagador y sin realidad.

Una pequeña joya de la Literatura Clásica

Mito de Dánae

Dánae era hija de Acrisio, rey de Argos al cuál el oráculo de Delfos le predijo que su nieto lo mataría así que para evitar que Dánae concibiese un hijo, el rey la recluyó en una torre o en una cámara subterránea con paredes de bronce. Dánae sin embargo fue seducida por Zeus, que se unió a ella metamorfoseado en lluvia de oro o en arco iris consiguiendo entrar a través de una hendidura del techo y de aquella unión nació Perseo. Según unos libros, durante algún tiempo Dánae crió a su hijo en secreto, otros dicen que justo después de dar a luz Acrisio descubrió la verdad. Tras conocer la espantosa noticia encerró a su hija junto con el niño en un arca, caja o cofre y los arrojó al océano, en el viaje Dánae canta una canción de cuna que a la vez es un lamento por su situación.

<<¡Ah, hijo, que angustia tengo!

Pero tú dormitas, duerme como niño de pecho,

dentro de este incómodo cajón de madera de clavos de bronce

que destellan en la noche,

tumbado en medio de la tiniebla azul oscuro.

No te inquietas por la ola que lanza

por encima de tus cabellos la espuma marina

ni del bramar del viento, recostando

tu bella carita en mi mantilla de púrpura.

Si para ti terrible fuera lo que es terrible,

ya habrías prestado oído ligero a mis palabras.

Pero te ruego, duerme, niño mío.

Que duerma también la alta mar, duerma la inmensa desgracia.

Ojalá se mostrara algún cambio,

Zeus Padre, movido por ti.

y si con alguna palabra atrevida

y al margen de lo justo te invoco, ¡perdóname!>>

En lugar de ahogarse, puede que gracias a Zeus fueron arrastrados hasta la isla de Séfiros, en las Cíclades, donde el pescador Dicte los alojó, puede ser que fuera el hermano del rey de la isla, ambos hijos de Eólida Magnes.

Algunos años más tarde, Polidectes, el rey, se enamoró de Dánae y quiso alejar a Perseo, que se había convertido en un valeroso joven. Durante un banquete y recurriendo al engaño, consiguió hacerle prometer que traería la cabeza de una de las tres gorgonas, Medusa, un monstruo con cabellos de serpientes y un rostro tan aterrador que convertía en piedra a todo aquel que se atrevía a mirarlo, tarea que se consideraba imposible, con el pretexto de recaudar regalos para ofrecérselos como presente nupcial a Hipodamía ya que iba a presentarse como pretendiente a su mano. Por lo que así, Perseo no vio inconveniente en hacer su aportación ni aunque se tratase de la mismísima cabeza de Medusa, por lo que el rey le hizo prometer lo dicho.

Partió a la aventura y gracias a su astucia consiguió arrebatarles a las parcas su único ojo y así consiguió que le indicaran el camino hacia las ninfas, las cuáles le dieron unas sandalias aladas, un zurrón y el casco de Hades, que hacía de su portador invisible y Atenea le regaló un escudo mágico para que no tuviera que mirar directamente al monstruo, por último, Hermes le proporcionó una afilada hoz de acero para cortar la cabeza. Cuando llegó a la morada de las gorgonas, éstas estaban dormidas, así que aprovechó y cortó la cabeza de la que era mortal y huyó con el casco que le hacía invisible. Finalmente, el joven regresó al año siguiente a Sefiros después de diversas aventuras, justo a tiempo de rescatar a Dánae y a Dicte que estaban refugiados en un templo huyendo de Polidectes, por lo que le enseñó la cabeza de Medusa petrificándole, seguidamente al enterarse que Dictis había defendido a Dánae de los continuos ataques de Polidectes, le convirtió en rey de Séfiros.

Dánae acompañó a Perseo y a su prometida Andrómeda hasta Argos, pero Acrisio temiendo su trágico destino huyó a Tesalia a la ciudad de Larisa situada en el país de los pelasgos. Perseo llevado por su deseo de conocer a su abuelo, fue a buscarlo y así ambos se encontraron en los juegos organizados por el rey del país, donde Acrisio iba como espectador y Perseo como participante. Durante unas pruebas, un disco lanzado por Perseo mató al rey por accidente. Al saber la identidad de la víctima le rindió honras fúnebres a su abuelo y como no osaba reclamar el trono de Argos tras lo sucedido lo cambió por el trono de Tirinto con un primo de Dánae.

¿Por qué Lengüetas?

He querido referirme a la materia de lengua castellana y literatura utilizando la palabra “lengüeta”, que  es lo que todos tenemos y debemos aprender a hacer uso de ella con moderación y responsabilidad.

Pero, adivina adivinanza… ¿qué acepción de lengüeta es la correcta en este contexto?

No es tan difícil, ¿verdad?

¿Qué nos dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española?

¡Gracias por ayudarnos!

lengüeta.

(Del dim. de lengua).

1. f. epiglotis.

2. f. Fiel de la balanza, y más propiamente el de la romana.

3. f. Cuchilla de acero que forma parte del ingenio usado por los encuadernadores.

4. f. Lámina movible de metal u otra materia que tienen algunos instrumentos musicales de viento y ciertas máquinas hidráulicas o de aire.

5. f. Taco, generalmente de madera, cortado en bisel por un lado y labrado por el lado contrario, que se encaja en la embocadura de la flauta para que esta suene.

6. f. Hierro en forma de anzuelo que tienen las garrochas, saetas, banderillas, etc.

7. f. Horquilla que sostiene abierta la trampa o armadijo de coger pájaros.

8. f. Moldura o adorno en forma de lengüeta.

9. f. Barrena que se usa para agrandar y terminar los agujeros empezados con el berbiquí.

10. f. Tira de piel que suelen tener los zapatos en la parte del cierre por debajo de los cordones.

11. f. Arq. Tabique pequeño de ladrillo con que se fortifican las embocaduras de las bóvedas, o se separan los cañones de algunas chimeneas.

12. f. Carp. Espiga prolongada que se labra a lo largo del canto de una tabla o un tablón, generalmente de un tercio de grueso, con objeto de encajarla en una ranura de otra pieza.

13. f. Med. Especie de compresa larga y estrecha que se aplica en las amputaciones, fracturas, etc.

~ de chimenea.

1. f. Tabique con que se separan unos de otros los cañones de chimenea cuando hay varios reunidos.

El Teatro Medieval. “La Celestina”

Acto Primero
(fragmento)
Calixto En esto veo, Malibea la grandeza de Dios.
Malibea– ¿En que Calixto?
Calixto– En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase y hacer a mi inmérito tanta merced que verte alcanzase y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte pudiese. Sin duda, incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar alcanzar tengo yo a Dios ofrecido, ni otro poder mi voluntad humana pueda cumplir. ¿Quién vió en esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre como ahora el mío?
Por cierto, los gloriosos santos que se deleitan en la visión divina no gozan más que yo ahora en el acatamiento tuyo. Más ¡oh triste!, que en esto diferimos: que ellos puramente se glorifican sin temor a caer de tal bienaventuranza y yo, mixto me alegro con recelo del esquivo tormento que tu ausencia me ha de causar.
Melibea– ¿Por grande premio tienes esto Calixto?
Calixto– téngolo por tanto verdad, que si Dios me diese en el cielo la silla sobre sus santos, no lo tendría por tanta felicidad.
Malibea– Pues aún más galardón te daré yo, si perseveras.
Calixto– ¡Oh bienaventuradas orejas mías qué indignamente tan gran palabra habéis oído!
Malibea.– Mas desventuradas de que me acabes de oír. Porque la paga será tan fiera cual merece tu loco atrevimiento. Y el intento de tus palabras Calixto, ha sido ingenio de tal hombre como tú haber de salir para perderse en la virtud de tal mujer como yo. ¡Vete! ¡Vete ahí torpe! Que no puede mi paciencia tolerar que haya subido en corazón humano conmigo el ilícito amor comunicar su deleite.
Calixto– Iré como aquel contra quien solamente adversa fortuna pone su estudio con odio cruel.