En la ética kantiana las acciones son morales cuando están hechas por deber. Es importante, por tanto, cuál sea la motivación que uno tiene cuando realiza una acción. Cuando el motivo que nos lleva a actuar es conseguir un beneficio para nosotros mismos es evidente que no se trata de una acción moral. Evidente, sí, aunque no tanto para el utilitarismo. En el utilitarismo el beneficio cuenta tanto como el de cualquier otro. No más, pero tampoco menos. Por tanto, a veces lo moral es, según el utilitarista, hacer algo que me beneficia a mí, si es que es la acción egoísta la que más beneficio global puede producir. En la ética del deber las cosas no son así. Cuando realizo una acción egoísta, esa acción no puede ser moral. Puede ser, eso sí, lo que Kant llama “conforme al deber”, pero no es propiamente una acción moral. Por ejemplo, si una persona se dedica a la filantropía, pero en el fondo lo que quiere es impresionar a sus conocidos, dar una buena imagen ante su familia o lavar la imagen de su empresa, sus acciones, aun no siendo propiamente inmorales (pues son conformes al deber), no cuentan como acciones morales.
Sólo las acciones que tienen motivaciones netamente altruistas son, por tanto, acciones morales. Kant pensaba que no tenemos motivaciones naturales altruistas. Somos por naturaleza egoístas. Por tanto, sólo cuando obedecemos lo que nos dice la razón somos altruistas. Lo que ordena la razón es el imperativo categórico; lo que ordena la naturaleza es satisfacer nuestros intereses.
¿Tiene razón Kant, cuando dice que la naturaleza nos hace siempre egoístas? Veamos.