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Las motivaciones sí cuentan

En la ética kantiana las acciones son morales cuando están hechas por deber. Es importante, por tanto, cuál sea la motivación que uno tiene cuando realiza una acción. Cuando el motivo que nos lleva a actuar es conseguir un beneficio para nosotros mismos es evidente que no se trata de una acción moral. Evidente, sí, aunque no tanto para el utilitarismo. En el utilitarismo el beneficio cuenta tanto como el de cualquier otro. No más, pero tampoco menos. Por tanto, a veces lo moral es, según el utilitarista, hacer algo que me beneficia a mí, si es que es la acción egoísta la que más beneficio global puede producir. En la ética del deber las cosas no son así. Cuando realizo una acción egoísta, esa acción no puede ser moral. Puede ser, eso sí, lo que Kant llama “conforme al deber”, pero no es propiamente una acción moral. Por ejemplo, si una persona se dedica a la filantropía, pero en el fondo lo que quiere es impresionar a sus conocidos, dar una buena imagen ante su familia o lavar la imagen de su empresa, sus acciones, aun no siendo propiamente inmorales (pues son conformes al deber), no cuentan como acciones morales.

Sólo las acciones que tienen motivaciones netamente altruistas son, por tanto, acciones morales. Kant pensaba que no tenemos motivaciones naturales altruistas. Somos por naturaleza egoístas. Por tanto, sólo cuando obedecemos lo que nos dice la razón somos altruistas. Lo que ordena la razón es el imperativo categórico; lo que ordena la naturaleza es satisfacer nuestros intereses.

¿Tiene razón Kant, cuando dice que la naturaleza nos hace siempre egoístas? Veamos.

Ética del deber

El utilitarismo es una teoría moral. La ética del deber es la teoría moral alternativa al utilitarismo más importante. Kant, filósofo alemán del siglo XVIII, es su primer y más importante defensor.

La ética del deber (también llamada ética deontológica, o simplemente ética kantiana) puede ser vista como un buen fundamento para el liberalismo, que es una filosofía política. Aquí se da una circunstancia curiosa. Stuart Mill, que hace una buena defensa del liberalismo, basa éste en la teoría utilitarista, que también defiende. Pero liberalismo y utilitarismo no se llevan bien, como hemos visto en páginas anteriores cuando hablábamos de los tres casos. En cambio el liberalismo tiene un muy buen aliado en la ética del deber.

La clave de bóveda de la ética del deber es el imperativo categórico. Su contenido viene a ser éste: tu libertad acaba donde empieza la de los demás. La idea es que los demás tienen derechos y son libres de hacer aquello a lo que tienen derecho; limitar estos derechos es atentar contra la dignidad de las personas. Derechos, libertad y dignidad son tres palabras clave. La moral no trata, como en el utiitarismo, de qué debo hacer para beneficiar a las personas, sino de lo que debo hacer para respetar su dignidad y no violar sus derechos. No se trata de lo que debo hacer por los demás como de lo que no debo hacerle a los demás.

Ahora iremos repasando algunos puntos importantes de esta teoría.

¿Puede ser la guerra un mal menor?

Hace unos años el ejército serbio empezó a invadir Kosovo. Ya lo había hecho antes con Bosnia. En aquella primera ocasión se cometieron atrocidades incontables y terribles. Ninguna gestión diplomática pudo evitarlo. Cuando los serbios empezaron a invadir Kosovo parecía que acabaría ocurriendo lo mismo. Pero la OTAN (es decir, los americanos) se decidieron esta vez a intervenir. Bombardeaban desde aviones que volaban muy alto, para evitar ser alcanzados. Muchas de aquellas bombas acabaron matando a personas inocentes, tanto kosovares como serbios.

¿Es inmoral hacer la guerra en una ocasión como ésta? ¿Está moralmente permitido? ¿Estamos moralmente obligados a hacerla?

El utilitarista dirá que estamos moralmente obligados, si el beneficio que esperamos, en términos humanitarios, es mayor que el coste (humanitario) en que incurrimos. El filósofo del deber, en cambio, dirá que matar a personas inocentes es siempre una acción prohibida, sean cuales sean los beneficios que esperamos obtener, incluso para ellas mismas.

Otra vez los tres casos

Caso 1. No sé si en este caso, el de la vagoneta y el cambio de agujas, tenemos todos las mismas intuiciones. En todo caso, el utilitarista defenderá que lo moral es mover la palanca y enviar la vagoneta hacia donde hay un solo trabajador, porque así se minimizará el coste de vidas humanas. (5-1=4 vidas salvadas). El deontólogo, en cambio, dirá que lo moral es no mover la palanca, porque no podemos hacer algo que sabemos que provocorá la muerte de alguien, alguien que no va a morir si no hacemos nada.

Para el utilitarista, tenemos la responsabilidad de salvar el máximo número de vidas, y es totalmente secundario si para ello tenemos que mover una palanca o dejarla quieta: de ambos actos, en sentido amplio, somos responsables, aunque uno de esos actos consista en no mover nada.

Para el deontólogo hay mucha diferencia entre hacer y no hacer. Uno sólo es responsable de lo que hace, no, o no tanto, de lo que deja de hacer.

Caso 2. Aquí nuestras intuiciones son de una unanimidad abrumadora: matar a un paciente sano para salvar la vida a cinco nos parece un disparate. Lo difícil es saber por qué esto lo vemos tan claro, cuando en el caso anterior tendemos más bien a creer que debemos salvar a los cinco trabajadores a costa de provocar la muerte de otro. Formalmente, los casos no parecen tan distintos. ¿En qué se diferencian? Aquí el deontólogo parece estar en el terreno más seguro, y el utilitarista tiene que elegir entre defender algo totalmente contraintuitivo o hacer algún arreglo a su teoría.

Caso 3. Este es el caso menos esquemático, donde el dilema moral se plantea con mayor crudeza. De nuevo vemos que el utilitarista y el deontólogo tienen visiones distintas del problema. Pero pregunto: El deontólogo, ¿acaso no da más importancia a su propia conciencia moral que a la vida de los demás, cuando defiende que el periodista no debería matar? ¿No será que está más preocupado por poder decirse que él no ha hecho nada malo que por evitar realmente un mal mayor?

El imperativo categórico

Inmanuel Kant es el defensor clásico de la ética del deber o deontología. Llama imperativo categórico a su fórmula para determinar cuándo un acto es bueno y cuando no lo es. Las formulaciones de Kant son difíciles, pero pueden sintetizarse así:

No debemos utilizar nunca a las personas, ni siquiera para obtener un bien general importante. Las personas tienen derechos que no podemos violar bajo ningún pretexto. Nuestra libertad, incluso nuestra libertad para hacer el bien, tiene por límite la libertad de los demás.

La ética del deber pone el acento en las prohibiciones, en lo que no podemos hacer a los demás, más que en lo que tenemos que hacer por ellos. Es más, pone límites a lo que podemos hacer por ellos: no podemos limitar la libertad de los demás, ni siquiera por su bien, ni por el bien de la mayoría.

Esto hace que, por una parte, se trate de una concepción de la moral muy exigente, porque pone límites inviolables a nuestros actos, tanto los encaminados a beneficiar a los demás como los que tienen por finalidad satisfacer nuestros propios intereses. Pero también es una concepción relativamente laxa, porque no nos hace responsables de los males de los demás cuando no los hemos causado nosotros.

El principio utilitarista

El principio utilitarista sostiene que un acto es un acto moral si incrementa el bienestar total de las personas.

Comentarios:

1. La utilidad es el bienestar. Como hemos visto, existen diversas concepciones del bienestar. El utilitarismo es, en principio, neutral respecto a ellas. Bentham, el decano de los utilitaristas, era hedonista. John Stuart Mill también, aunque matiza su hedonismo con una concepción cualitativa del placer, que distingue entre placeres vulgares y placeres elevados.

2. El principio utilitarista no suele tener, en sí mismo, poder motivador. Las personas suelen actuar moralmente movidos por otras consideraciones y, sobre todo, por sus intuiciones espontáneas. El principio utilitarista es más bien un instrumento teórico, que nos permite juzgar si esas intuiciones son acertadas o no. Por tanto, uno no necesita conocer el utilitarismo para ser bueno.

3. Según la formulación que hemos hecho del principio, un acto es bueno si y sólo si incrementa el bienestar de las personas. Tomado al pie de la letra, de aquí se sigue que un acto puede no ser bueno aunque esté hecho con la mejor de las intenciones y aunque se haya basado en la información disponible más completa, en el caso de que, por mala suerte, no tenga los resultados esperados. O incluso puede ser moralmente malo, si los resultados son, también por mala suerte, perjudiciales en lugar de beneficiosos. Al mismo tiempo, un acto podría ser moralmente bueno si produce, por casualidad, un estado de cosas beneficioso, aunque haya sido hecho con mala intención. Todo esto es totalmente contraintuitivo, de manera que conviene entender que el principio se refiere al incremento esperado del bienestar.

4. Aquí hemos hablado de actos. Pero podríamos hablar también de reglas. Entonces tendríamos utilitarismo de la regla en vez de utilitarismo del acto. Según el utilitarismo de la regla, lo que hay que considerar es si la regla que seguimos tiene o no buenas consecuencias; no debemos considerar actos aislados. Ambas versiones pueden dar resultados contrapuestos: en ocasiones ocurre que un acto aislado tiene buenas consecuencias, pero cuando se generaliza y se convierte en regla de conducta produce malas consecuencias.

5. En la formulación que hemos hecho del principio no se tiene en cuenta la distribución del bienestar. Pero podría darse un incremento del bienestar total a costa de reducir injustamente el bienestar de unos pocos hasta límites insoportables. Esto también es contraintuitivo. Conviene introducir una cláusula que exija cierta equidad en la distribución del bienestar.

6. El principio habla de personas. Pero podríamos incluir también a otros animales con capacidad de sentirse bien o mal.

7. El utilitarismo es una forma de consecuencialismo. Lo que hace que un acto sea bueno son sus consecuencias, o sus consecuencias esperadas.

Tres casos

Primer caso. Una vagoneta baja descontrolada por un ramal de vía, acercándose hacia un cambio de agujas. Usted está junto al cambio de agujas, con la mano junto a la palanca. La posición actual de las vías hará que la vagoneta se dirija irremisiblemente hacia un túnel en el que trabajan cinco operarios. Todos ellos morirán, si usted no acciona la palanca y desvía la vagoneta. Pero en la otra dirección también hay un túnel donde trabaja un solo operario, que morirá si usted desvía la vagoneta. Usted sabe todo esto. ¿Qué debe hacer?

Segundo caso. Estamos en el siglo XXX. La tecnología médica ha tenido avances asombrosos. El porcentaje de éxito en las operaciones de cirugía interna es de un cien por cien. Sin embargo, los transplantes de órganos siguen siendo necesarios. La situación es difícil, porque la gente se ha vuelto supersticiosa y no abundan las donaciones.

En un hospital hay cinco enfermos que morirán si no reciben un transplante de modo inmediato. Necesitan órganos distintos: corazón, dos riñones, hígado y páncreas. Todos pertenecen al mismo grupo sanguíneo, etc. Al hospital llega una persona joven y sana, que se ha machacado el dedo haciendo bricolage. Tiene el mismo grupo sanguíneo que los enfermos. Los médicos se reúnen y discuten: Podrían salvar cinco vidas al precio de una.

Tercer caso: Usted es un periodista americano que está haciendo un reportaje sobre un famoso traficante de drogas y jefe paramilitar en algún lugar recóndito de Centroamérica. Usted le acompaña y él va contando y ufanándose de sus fechorías. Van a un poblado donde quieren dar una lección a los campesinos, quizás porque temen que acaben colaborando con el gobierno y los denuncien. Encierran a diez campesinos. El jefe narco empuña la pistola y se dispone a matarlos. Usted abandona entonces su distanciamiento profesional y le ruega que no lo haga. Al narco se le ilumina la cara: ha tenido una idea magnífica. Le propone a usted lo siguiente: “Yo le perdono la vida a estos diez, pero con la condición de que usted dispare y mate a uno de ellos, al que usted elija”. ¿Debe usted hacerlo?

Teorías morales e intuiciones

¿Qué son nuestras intuiciones morales? Ante algunos actos, y también ante algunos caracteres, tenemos una respuesta espontánea de valoración moral, una respuesta en la que se ven implicadas nuestras emociones. Por ejemplo, si vemos que unos niños rocían un gato con gasolina con la intención de prenderle fuego, nuestra reacción (la de la mayoría de nosotros, en todo caso) es de rechazo, de indignación e incluso, si nos atrevemos, de reproche explícito. Esta reacción valorativa no depende de una teoría moral explícita. Quizás usted no tenga una opinión formada sobre los derechos de los animales ni sobre la santa inocencia de los niños. Pero usted ve claro que los niños están haciendo algo malo.

(Por cierto, este ejemplo me trae a la mente un problema que ya hemos tratado: el de la justificación cultural de algunas formas de vida. Vemos a los toreros como personas virtuosas, personas que tienen éxito en la vida, valientes, etcétera, un poco como los deportistas. Sin embargo, lo que hacen no es tan distinto de lo que hacen los niños del ejemplo. Este es, desde luego, un problema con la justificación cultural de nuestras formas de vida. Igual que con la justificación natural.)

Una teoría moral intenta formular el principio general que está operativo tras nuestras intuiciones morales espontáneas. Si la teoría moral tiene éxito, el principio general deberá estar presente en todas nuestras intuiciones morales y no deberá ser aplicable allí donde nuestras intuiciones morales permanecen mudas. Por supuesto, no hay ningún principio que se ajuste a la perfección a nuestra moral espontánea. En caso de discrepancia tenemos dos opciones: o bien abandonamos el principio moral propuesto, o bien revisamos nuestras intuiciones morales para que se adapten al principio. La segunda opción es peligrosa: abandonar nuestras intuiciones para ponernos en manos de nuestras convicciones es terriblemente arriesgado. Pero abandonar una teoría moral siempre es un fracaso intelectual, y nos priva de un recurso argumentativo crucial ante quien no comparte nuestras intuiciones morales. ¿Qué le podemos decir a los niños, si contestan que lo que hacen no está mal?

Por otra parte, como veremos, no tenemos más remedio que recurrir a nuestras intuiciones morales para valorar las distintas teorías.

Aquí examinaremos principalmente dos teorías morales: el utilitarismo y la teoría deontológica. A esta última la llamaremos también teoría kantiana o ética del deber.