Hacer o no hacer

Recordemos ahora el caso de las vías del tren. La persona que está junto al cambio de agujas tiene dos posibilidades, dos: mover la palanca o no moverla. Por tanto, según el utilitarista, tiene que estimar los resultados previsibles de cada una de esas dos acciones, y optar por la que produzca un mal menor. Esa persona será responsable de lo que haga, tanto si mueve la palanca como si no, y no puede negar esta responsabilidad alegando que si no mueve la palanca no está haciendo nada, porque, si puede moverla, no hacerlo es una forma de acción, ni más ni menos que el acto de moverla.

 Puede ser. En este caso al menos nuestras intuiciones van en esa dirección. Pero si recordamos los otros casos la cuestión no está tan clara.

 La ética del deber, a diferencia del utilitarismo, subraya la asimetría entre hacer y no hacer. Uno es, desde luego, responsable de lo que hace; pero, al menos hasta cierto punto, uno puede refugiarse en la inacción y librarse así de responsabilidad.

 No hay duda de que este enfoque descarga de presión al agente (la persona que actúa). Uno no es responsable de todo el mal que podría evitar; uno no es culpable por ocuparse de sus propios asuntos pudiendo ocuparse de los de los demás, por muy importante que éstos sean. 

¿Qué nos dicen nuestras intuiciones al respecto? Como sucede a menudo, lo que sentimos que debemos hacer no admite una sistematización racional. Sentimos que no actuar es una forma de acción culpable cuando la persona a la que podemos ayudar es alguien próximo a nosotros, bien porque tenemos algún tipo de relación con ella, bien por una cuestión simplemente espacial.  También nos sentimos moralmente responsables por grandes males ajenos que podemos evitar a un coste propio pequeño. Pero la mayoría nos preocupamos muy poco, a la hora de la verdad (por ejemplo, a la hora de pagar), de desgracias que afligen a personas geográfica y culturalmente alejadas. Esto es un hecho de nuestra psicología. Recordemos que una teoría moral no tiene necesariamente que plegarse a nuestras intuiciones morales; pero algo en la teoría no parece ir del todo bien cuando una teoría moral define la responsabilidad moral de tal manera que todos, casi sin excepción, somos moralmente culpables.

La ética del deber nos descarga de esta tremenda responsabilidad ante los males del mundo. Podemos estar relativamente tranquilos, siempre y cuando no los causemos activamente nosotros. Pero hay también otra consecuencia de esta falta de presión sobre el agente, una consecuencia quizás insospechada. Y es que también los posibles beneficiarios de nuestras acciones morales podrían sentir un gran alivio ante esta actitud más pasiva y menos intervencionista del agente moral que dibujan los kantianos. Una persona que siente que es responsable de lo que suceda si no hace nada es claramente un peligro público. Es un gran descanso saber que los demás no sienten este tipo de presión, y que se ocuparán tranquilamente de sus cosas sin sentirse culpables por no causarnos beneficio alguno. No digo que alguna vez no pudiera venir bien, que a uno le ayuden. Pero el riesgo de que a uno le ayuden cuando no quiere ser ayudado es demasiado alto. Eso sin contar con que puedan empeñarse también en hacerle a uno responsable por no hacer nada, y así obligarle también a uno a ayudar.

Podemos ver la ética del deber como una ética de prohibiciones. Lo que importa es lo que no nos está permitido hacerle a los demás. De su propio bienestar, en cambio, ya se ocuparán ellos. Lo importante es no entrometerse, no impedírselo. No parece una mala idea, desde luego, siempre que no nos agarremos a ella para ahogar nuestra benevolencia intuitiva ante casos extremos o cercanos.

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