Las razones del conservador

Reproduzco aquí otra de las cartas recibidas, donde se critica lo que escribí desde un ángulo opuesto al de la primera carta. Efectivamente, si en esa primera misiva hablaba un defensor del todo vale, en esta segunda toma la palabra alguien que defiende lo que podríamos llamar los valores establecidos. Los cauces de la vida buena son mucho más estrechos, no sólo de lo que piensa el defensor del vago, sino también de lo que piensa el liberal cuya postura yo me atreví el otro día, si no a defender, sí a exponer con cierto tono de aprobación. Pero veamos ya la carta.

“Sr. M.

Hace algún tiempo que vengo leyendo su blog, del que admiro su claridad, su concisión y su profundidad. Sin embargo, a medida que pasan los meses hay una pregunta que me hago cada vez con más fuerza: ¿Qué piensa realmente usted sobre los temas que explica? Me da la impresión de que, o bien no sabe realmente cuál es su opinión definitiva sobre ellos, o bien no quiere expresarla, temeroso tal vez de ahuyentar a los lectores que prefieren que les proporcionen claves para reflexionar a que les den las cosas ya pensadas. Sea como fuere, el otro día me pareció que defendía usted, por una vez, una posición bastante definida. Brevemente: que no tenemos ni la obligación ni el derecho de guiar a los demás hacia una forma de virtud determinada, sino que debemos dejarles que elijan entre malgastar su vida y hacer algo valioso con ella y, si eligen lo segundo, que debemos dejarles también que sean ellos mismos quienes deciden hacia dónde encaminarse para hacer algo que merezca la pena. Si es esto lo que usted piensa, no puedo estar más en desacuerdo con usted. Aquí le doy mis razones.

Las personas damos valor a nuestra vida mediante la actividad o, para decirlo con una palabra más intimidatoria si cabe, por medio del trabajo. Antes de ponerse manos a la obra, una persona sólo tiene fantasías y de éstas más bien pocas y pobres. La diferencia entre el artista que crea efectivamente una obra concreta y la persona que, viéndose a sí misma como un artista, deja que su potencial creador se quede en mera intención, no es sólo la diferencia obvia de que en un caso los demás podemos disfrutar de la obra creada y en el otro no; la diferencia radica más bien en que el artista perezoso no llega a desarrollar, tampoco en el interior de su mente, nada que tenga valor. De ahí que sea, artísticamente hablando, un don nadie tanto de puertas afuera como, lo que quizás le sorprenda a usted, también de puertas adentro. Cuando mira hacia sí mismo no ve el arte que podría crear, sino como mucho la intención vacía de crearlo. Creo que esto lo dice Sartre al principio de El Ser y la nada, aunque la verdad es que he buscado el texto y se entendía mal. También decía algo así Hegel, pero a éste seguro que no se le entiende. (Con Sartre , en cambio, siempre hay esperanza, aunque esta vez se haya visto defraudada). Lo mismo que al artista con su obra nos ocurre a todos con nuestra vida: se queda en nada si no trabajamos para realizar nuestros planes.

Claro que hay diversos grados de actividad (o de pasividad, si prefiere verlo desde el otro lado). Por ejemplo, la relación con la obra musical que tiene quien la compone o quien la interpreta es presumiblemente más intensa que la del simple receptor. Pero, aunque no lo parezca a primera vista, escuchar música también es una forma de actividad. Sólo que se trata de una actividad menor, que nos conecta de modo más débil con el valor de esa música.

Pero mi carta no viene motivada por este asunto, sobre el que creo que usted y yo estamos de acuerdo. Mi desacuerdo se centra en estas otras dos ideas que descubro a veces en su blog entre líneas:

1. Cualquier dirección (no inmoral) que la persona imponga a su actividad puede enriquecer su vida. No hay, por tanto, actividades mejores  y peores, sino que cada uno puede elegir la que quiera, según la moda imperante o su capricho (suele ser lo mismo).

2. En consecuencia, nadie tiene derecho a guiar o educar a otros si no es a petición de ellos. Cada uno debe ocuparse exclusivamente de aprovechar su propia vida, atendiendo como mucho a que los demás tengan las oportunidades para aprovechar las suyas, pero desentendiéndose totalmente de lo que hacen luego con esas oportunidades.

Ya sé que el punto 1 no es fácil de rebatir, y no tengo espacio aquí para intentarlo. Así que no tengo otro remedio que apelar a su propio sentido común. ¿Acaso no cree usted que una persona puede preguntarse (explícita o implícitamente) si está sacando partido a su vida, más allá de si está consiguiendo o no sus objetivos? ¿No tiene usted nunca la sensación de que corre el riesgo de que se le escurra entre las manos sin haber realizado nada que realmente mereciera la pena? ¿No puede equivocarse uno acaso en lo que quiere? Supongamos que le asalta a usted una crisis existencial, da en pensar que está malgastando su vida y, lo que es sin duda peor, que ha malgastado lo que lleva vivido. Imagine que le hablan de un psicólogo extraordinario, que tiene la habilidad de hacer ver a sus pacientes que la vida que llevan es efectivamente la mejor posible. Es fácil imaginar en qué consiste el método de este psicólogo. Lo que hace es simplemente hacer ver a sus clientes que todas las vidas son igualmente valiosas, haga uno lo que haga y siempre y cuando sea psicológicamente capaz de sentirse conforme con ello. ¿Iría usted a este psicólogo? ¿O acaso preferiría cambiar su vida para mejorarla en el sentido en que cree que debe ser mejorada? Yo creo que elegiría esto último.

Vamos ahora al punto 2. Procuraré ser breve, que esta carta se alarga ya demasiado. Si es verdad que algunas actividades son más valiosas que otras, entonces debemos apoyar las instituciones que las sostienen. Debemos esforzarnos por guiar a las personas hacia esas prácticas, utilizando el sistema educativo y los medios de comunicación para fomentarlas. Debemos también propagar la idea de que esas actividades son efectivamente superiores a las demás, y que acercarse a ellas y darles un lugar en nuestras vidas no es una cuestión de mero capricho, sino, literalmente, un deber moral hacia nosotros mismos… y hacia los demás.

¿Quién debe asumir este papel? Evidentemente, quienes conozcan por sí mismos la excelencia de esas actividades y formen parte, para decirlo claramente, de la élite intelectual de la sociedad.

Imagino que todo esto le sonará a usted muy mal, así que voy a matizar un poco estas afirmaciones. En primer lugar, estas prácticas no tienen por qué constituir un conjunto cerrado. Lo mejor es fijarse en el arte. No cabe duda de que hay muchas formas de hacer arte valioso, y que algunas de esas formas divergen mucho respecto a las más tradicionales. Lo que defiendo no es que esa experimentación debe ser restringida, o que sólo las tradiciones artísticas más asentadas son legítimas. Lo que defiendo es que no todo vale, y que las tradiciones artísticas que nos han traído hasta aquí deben ser valoradas y protegidas, si no queremos verlas fagocitadas por la holgazanería y el mal gusto al que fácilmente acaba conduciendo la combinación de industria cultural y ocio popular. Es por esto que tenemos que seguir subvencionando nuestros conservatorios de música, enseñando literatura en nuestras escuelas o programando buen cine clásico en las televisiones. Y no sólo lo público tiene esta misión; cada persona con poder para ello debe hacer su contribución a que estas tradiciones se perpetúen.

No estoy defendiendo que sólo las vidas dedicadas al arte sean vidas bien vividas, aunque no me cabe duda de que están entre las formas más elevadas (por una vez estoy de acuerdo con Nietzsche).  Lo que defiendo es que siempre hay un más y un menos, también en el deporte, en la actividad empresarial, en el trabajo o incluso en la vida cotidiana.Y que debemos enseñar y guiar a los demás hacia esta excelencia.”

Aquí acaba esta segunda carta. ¡Y yo que creía que ya no quedaban conservadores como Dios manda!

One thought on “Las razones del conservador

  1. M.G. Ramellini

    Intentaré ser respetuoso;

    Usted habla de actividades mejores y peores, y entre estas distingue algunas más valiosas que otras.
    También defiende que se debe dar una educación al pueblo para que sepa apreciarlas como (según usted) son.

    ¡Créame esto suena horroroso!

    Intentaré darle un matiz a lo que usted a dicho, y intentaré encaminar sus ideas hacia las mías, puesto que mi opinión acerca de sus reflexiones es que no ha llegado suficientemente lejos en ellas.

    Las actividades, según usted, son valiosas según un cierto criterio (da igual cual). ¿Se da cuenta de cómo influye la cultura en el criterio?
    ¡En el siglo XVI una obra como la utopía de Karl Marx sería poco menos que herejía! En el XIII que una mujer fuera médica era signo de que la fémina era una bruja, cuando ahora estaremos de acuerdo en que los médicos llevan a cabo una función importantísima, ¡sean hombres o mujeres!

    No considero necesario hablar más del primer tema.

    Defiende que se debe dar educación al pueblo (o la sociedad si lo prefiere) para que aprecie sus propios criterios, o mejor dicho los criterios según los cuales una actividad tiene más o menos valor que otra.

    ¿Es este el comienzo de un condicionamiento? ¿Intentamos condicionar a nuestros hijos a pensar como nosotros?

    Su confusión (creo) proviene de la malinterpretación de un concepto básico que es el de culturizar a la sociedad para que puede pensar por sí misma, para que tenga las herramientas culturales para desarrollar un pensamiento propio; que decida si quiere creer en Dios, que decida si el Comunismo es valido, si la Guerra le parece aceptable…

    Como el Sr. Minguez decía (por una vez estoy de acuerdo con él) la cultura no es otra cosa que herramientas útiles que tienen como única función el facilitar el pensamiento propio a los individuos. Para que puedan pensar si están de acuerdo o no con usted, o, como yo, son completamente contrarios a su pensamiento y al de muchos otros.

    Espero no haber sido ofensivo.

    M.G. Ramellini 1º Bachillerato A
    (Alguien que ha sido educado para pensar por sí mismo)

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