Aquí va una propuesta. Es deseable (por decir lo menos) que las personas sean ayudadas para compensar su falta de medios básicos para llevar vidas que valgan la pena. Por supuesto, el concepto de vida que merece la pena es muy elástico; pero al menos sería fácil ponerse de acuerdo en qué condiciones de vida no ofrecen esa oportunidad. En cambio, tengo muchas más dudas de que tengamos algún tipo de responsabilidad en que los otros lleguen a aprovechar realmente esas oportunidades y lleven efectivamente vidas valiosas y con sentido. Esto es, me parece, un asunto de cada cual. Las personas tienen derecho a dar valor a sus vidas como mejor se les ocurra, y a que nadie les imponga su concepción bajo el pretexto de brindarles ayuda. Quizás su modo de llevar una vida buena resulte extraño o inconcebible para los demás, al menos inicialmente. Y, en todo caso, uno debe tener también derecho a malgastar su vida. Éste es, de algún modo, el derecho fundamental de las personas: el derecho a no hacer nada que merezca la pena.
Esto no significa que no tengamos el deber de guiar, de enseñar, de proponer a los demás los caminos que conozcamos hacia ese valor. Pero lo veo más como una misión para clubs sin barreras de entrada que para la enseñanza obligatoria. Una sociedad es tanto más rica cuantas más vías para dar valor a la vida ofrezca. En esto consiste la ventaja de nuestras sociedades liberales: se nos ofrecen muchos caminos que tomar, muchos caminos para hacernos virtuosos en algo. Podemos tocar el violín o practicar la escalada, estudiar filosofía o ciencia, practicar el snowboard o el fútbol, aficionarnos al manga o al cine nórdico o a cosas que no puedo llegar a imaginar. Pero es importante que la sociedad no se empeñe, bien directamente, bien a través de las instituciones estatales, en obligarnos a transitar uno de esos caminos.