Según Kant, la razón nos ordena algo muy simple: que yo esté dispuesto a aceptar que los demás se rijan por las mismas reglas de conducta que guian mis acciones.
Por ejemplo, hay quien se guia por esta norma: cuando puedo robar sin ser visto, lo hago. La prueba kantiana es: ¿de verdad me gustaría que los demás siguieran también esa norma? Se supone que yo mismo responderé que no, so pena de ser víctima de robos continuos.
En el fondo, éste es un argumento que utilizamos a menudo, desde niños. Nos decimos: “A ti te gustaría que te lo hiceran?” Puro Kant.
Como veremos, los contractualistas explotan esta misma idea. Nos dicen que la situación justa es aquella que elegiríamos cuando no pudiéramos saber qué lugar nos iba a tocar en ella. Por ejemplo, si tienes que cortar una tarta (apetitosa) en porciones, pero no eres tú mismo quien reparte las porciones, ¿cómo cortarás los trozos? Respuesta: iguales. ¿Por qué? Porque si cortas uno más grande, no te lo van a dar a ti (se lo quedará presumiblemente el que reparte); y si cortas uno más pequeño… es un riesgo.