¿Altruismo natural?

A primera vista, parece que un organismo altruista no puede tener éxito adaptativo. El éxito adaptativo es, en la teoría de la evolución por selección natural (Darwin), la capacidad de dejar descendencia que tenga a su vez descendencia. Un organismo altruista emplea los recursos a los que tiene acceso en ayudar al éxito reproductivo de otros organismos, en lugar de emplearlo en su propia progénie. De ahí que auguremos su fracaso: no dejará descendencia y, por tanto, sus genes desaparecerán del acervo genético de la población.

Pero esto es sólo a primera vista. En realidad parece que hay varias razones por las que el rasgo del altruismo podría ser seleccionado. Veamos.

En primer lugar, el egoísmo puede ser una actitud muy útil en entornos en los que hay que combinar la competencia con la cooperación. Cooperar hoy puede ser una buena inversión para que los demás cooperen con uno en el futuro. Esto se llama a veces altruismo recíproco retardado. El juego del dilema del prisionero sirve como modelo de una situación de este tipo, y se ha demostrado que la estrategia ganadora consiste en empezar cooperando (siendo altruista) y seguir cooperando mientras el otro haga lo mismo. Eso sí, se requieren ciertas condiciones para que la estrategia funcione: hace falta que el juego se juegue muchas veces, y no una sola, y que podamos reidentificar a los jugadores en las distintas ocasiones.

En segundo lugar, es posible que se dé en la naturaleza el altruismo de grupo. Supongamos que hay varios grupos cerrados compitiendo por los mismos recursos. Es razonable suponer que un grupo de altruistas (altruistas entre ellos, claro) puede batir a los grupos de egoístas, que no se beneficiarán del trabajo en equipo. La condición para que este altruismo pueda seleccionarse es que los grupos sean cerrados, para que no pueda infiltrarse un egoísta entre los altruistas, gorroneando su trabajo en equipo.

Como vemos, quizás Kant no tenía razón, cuando suponía que la naturaleza siempre nos hace egoístas. Aun así, hay que señalar los límites del altruismo natural: siempre con conocidos y, a ser posible, pertenecientes al mismo grupo. Kant sí parece tener razón cuando supone que la motivación genuinamente moral trasciende estos límites.

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