Un conservador es alguien que piensa que las soluciones (a los problemas morales, políticos, estéticos, etc.) que se han ido consolidando y ajustando a lo largo del tiempo deben ser tomadas en serio y no pueden ser abandonadas y sustituidas a la ligera por otras nuevas, que no han pasado la prueba del tiempo. Aquí hay varios supuestos. Se da por hecho, en primer lugar, que esas soluciones no son simplemente la idea de una persona que tuvo poder suficiente para imponerlas, sino el resultado de un proceso menos controlado y artificial, es decir, más espontáneo. Algo así como un ajuste natural y adaptativo a las necesidades de las personas, dadas las condiciones en que se desarrollan sus vidas. A esta imagen se contrapone la de la persona que, armada de una teoría sobre cómo debe organizarse la vida política, o sobre lo que constituye una forma buena de vida en general, consigue suficiente poder para imponer su visión. El conservador recela de estos visionarios que irrumpen en instituciones y tradiciones como un elefante en una cacharrería, estropeando una red de normas finamente ajustada a lo largo del tiempo y revelándose incapaces de sustituir esa red normativa por una mejor. Por último, el conservador piensa que las personas son más libres cuando viven sometidas a unas normas e instituciones que no resultan de la imposición de nadie en particular, sino de tradiciones anónimas cuyo origen es a menudo imposible de determinar.
El inconveniente del conservadurismo es que a menudo las normas tradicionales son simplemente malas normas. Éstas son algunos de sus defectos frecuentes:
i. Están basadas en creencias de hecho que no se adaptan a los conocimientos científicos. La moral basada en la religión o la medicina tradicional (es decir, alternativa) son ejemplos de esto.
ii. No prevén las tecnologías modernas. Un ejemplo claro: la moral sexual tradicional se ve minada por el uso de anticonceptivos.
iii. Imponen restricciones arbitrarias a la libertad de las personas, quizás como resultado de un curso azaroso de las cosas que acabó consolidándose (accidentes congelados), quizás como resultado del capricho o el interés de alguien con poder. Pensemos en los abusos de esos brujos de la tribu que se procuran esclavas a cambio de curar el SIDA, o en la tendencia homófoba de nuestras tradiciones.
El intelectualista piensa que esa red normativa que tanto aprecia el conservador es en realidad una malla que coarta nuestras mejores posibilidades, y que podemos, ayudados de una buena teoría, sustituir esas normas e instituciones por otras nuevas, que nos harán mejores. Implícito en esta forma de ver las cosas está el que las normas pueden y deben ser reformadas desde arriba, por un poder que ha de ser guiado por quienes conocen los secretos de la teoría que inspira las nuevas normas. La república de Platón o la filosofía política marxista son ejemplos extremos de esta visión intelectualista. Otra consecuencia de esta visión es que la libertad de las personas debe ser fuertemente limitada por el poder político, ya que los valores que guiarán las preferencias de éstas estarán, se supone, contaminados por las normas (tradicionales) que deben ser abolidas. De ahí también que tienda a darse por sentado que la naturaleza humana es muy moldeable mediante la educación. Donde las nuevas normas hallan dificultad para ser implantadas, la educación del “nuevo hombre” facilitará su adopción.
Sin llegar a estos extremos, muchas personas aceptan que algunos cambios en las costumbres y normas morales pueden promoverse “desde arriba”. Quizás en algunas ocasiones existe ciertamente una élite intelectual que ve claramente (acaso apoyándose en evidencia científica) que deben introducirse o acelerarse algunos cambios que no surgen espontáneamente en la sociedad. Un ejemplo serían las medidas para proteger el medioambiente. Otra cosa es que sea razonable esperar algo así de las élites y del poder político.
Los liberales desconfían profundamente de las soluciones de arriba abajo favorecidas por los intelectualistas. En este sentido puede decirse que existe una cierta afinidad entre conservadores y liberales. No es del todo cierto, por tanto, que la expresión “liberal conservador” sea un oximorón: un liberal puede sentirse más cómodo en un contexto normativo regulado por normas que no ha impuesto nadie en concreto, sino que están ahí “desde siempre”.
Pero a menudo los liberales encuentran las normas tradicionales (que tanto aprecia el conservador) demasiado restrictivas. Por ello tiende a preferir un clima normativo más abierto, donde las obligaciones morales propiamente dichas queden reducidas al mínimo (respetar los derechos de los demás), y donde el resto de las decisiones que tenemos que tomar para intentar aprovechar nuestra vida queden fuera de la jurisdicción de una normativa común, o incluso que queden al margen de toda normativa. Piensan los liberales que de este modo podemos descubrir nuevas formas de llevar vidas buenas y de crear valor. El liberal mira con recelo (y a veces con verdadero pánico) al moralista que pretende imponer sus valores a los demás, tanto si son valores tradicionales como si se trata de una utopía intelectualista. Por otra parte, el liberal no tiene más remedio que defender unas normas (legales y morales) que den viabilidad a esa vida en libertad. Por ello necesita leyes que protejan los derechos de las personas (entre ellos, de modo prominente, el derecho a la propiedad, que es para las personas como las uñas para el gato).