Malgastar la vida

He recibido algunas cartas interesantes, comentando las últimas entradas. Publico aquí la primera de ellas:

“Sr. M:

Casualmente me he topado con su blog y he leído las últimas entradas. Algunas de las afirmaciones que hace usted me resultan sorprendentes, pero hay una que me parece casi indignante. Insinúa usted que uno puede malgastar su vida haciendo cosas que quiere hacer o, lo que es lo mismo, que uno puede malgastar voluntariamente su vida. Lo que usted dice podría referirse a dos casos distintos, que ahora describo con mis palabras:

a. El caso del joven vago. Supongamos que un joven tiene, porque se lo proporcionan sus padres, todo lo que uno necesita para aprovechar la vida. Está bien alimentado, recibe una educación correcta, tiene oportunidades para hacer ejercicio, dispone de espacio físico para leer, tiene un entorno social adecuado, etc. Suponemos también que esta persona no aprovecha estos recursos para hacer nada de provecho, sino que lleva vida de vago. Se levanta tarde, mira la tele sin atender realmente a nada, deja pasar el tiempo mientras come patatas fritas y hamburguesas prefabricadas, fuma hachís antes de acostarse… y a empezar otra vez. Supongamos que al joven le gusta esta vida y que, además, cuando alguna vez piensa sobre ello, le gusta lo que hace y se siente bien haciéndolo. Por lo que usted insinúa en su blog, me parece que a usted le parece que este joven estaría malgastando su vida. Yo no estoy de acuerdo y me dispongo a explicar por qué. Pero antes veamos el otro caso.

b. Imaginemos el caso de una persona que sí se empeña activamente en perseguir unos objetivos que a usted, a mí y a casi todos nos parecen insignificantes o absurdos. No se trata del mismo caso que antes, porque esta persona no es pasiva, sino que pone los recursos de que dispone al servicio de un objetivo que persigue activamente. Lo que ocurre es que ese objetivo no nos parece valioso o interesante. El ejemplo clásico le resultará a usted conocido: el tipo que se dedica a contar las hierbas de su jardín. Pero reconozcamos que hay ejemplos menos extremos y más realistas, así que sustituyamos al contador de hierbas por uno de esos jóvenes que pasan horas, días y quizás años luchando por conseguir hacer piruetas con el monopatín. Se pueden ver en algunas plazas de Barcelona. ¿Acaso cree usted que están malgastando su vida?

Usted seguramente opina que podemos distinguir entre lo que uno quiere hacer, incluso si no quiere hacer nada, y lo que uno debe hacer o, lo que es lo mismo, lo que está bien que uno haga. Ya sé que es ésta una idea con buenos valedores en la historia de la filosofía, empezando por Platón. Pero no por ello es más razonable. A esta posición se le suele objetar que nadie más que uno mismo tiene la autoridad suficiente para determinar qué es lo que constituye una vida que perezca la pena, sobre todo si la concepción que se propone es contraria a lo que uno mismo quiere hacer con ella. Es decir, que aunque fuera verdad que hay un estándar objetivo de lo que constituye una vida bien vivida, nadie está en posición de conocerlo. Pero ésta no es, me parece, la objeción principal. El fallo que yo veo es, si cabe, todavía más profundo. ¿Qué sentido tiene hablar de una vida bien vivida, como algo independiente de una vida que satisface a quien la viva y que viene a colmar sus deseos?

La objeción vale tanto para el caso del vago como para el caso del artista del monopatín. Los deseos de una persona son realidades naturales, son entidades psicológicas que tienen su base en su cerebro y su cuerpo. Puedo admitir que esta persona tenga deseos de distintos niveles y distintos rangos temporales. Por ejemplo, una misma persona puede querer tener estudios superiores, y, al mismo tiempo, no apetecerle nunca o casi nunca estudiar. Pero usted no está hablando de deseos a largo plazo ni de lo que los filósofos llaman metadeseos, deseos referidos a otros deseos como el deseo de no desear beber tanta cerveza. Usted está hablando de un estándar que especifica lo que es una buena vida independientemente de que el interesado tenga o no algún interés en lo que en esa vida se ofrece. Este estándar, que por lo visto no puede estar basado en la psicología de ese individuo (recordemos que ésta viene constituida por sus deseos), resulta ser una entidad no natural, algo mágico. Una idea platónica. Si no está en la mente de uno, y tampoco es una partícula o una onda o una forma de energía, ¿qué es? No es nada, porque no hay de eso. Ésta es la verdadera razón por la que nadie está en posición de conocerlo.”

Ésta es, como decía, la primera de las cartas que he recibido. Dejaré pasar unos días antes de contestar, para madurar la respuesta.

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