Uno corre el riesgo, cuando ayuda a alguien, de intentar imponer al ayudado un bien que él no contempla como tal. En el caso del que ayuda se trata de un riesgo que podríamos llamar moral: riesgo de actuar mal, cuando lo que se pretende es actuar bien. En el caso del ayudado el riesgo es evidentemente de un tipo más grave: el de que no le dejen a uno perseguir lo que considera realmente bueno. Necesitamos, como siempre, encontrar un criterio que nos permita distinguir entre una cosa y otra, entre la ayuda legítima e incluso obligada y la ayuda intrusiva e indeseable. Lo mejor será ver un nuevo caso
Ayudar, ¿a qué?
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