Llegué a la estación del Norte una hora antes de coger el tren. Estaba tan impaciente que no podía quedarme en casa mucho más tiempo. Había acabado allí dentro todo lo que podía hacer: limpié y fregué el suelo dos veces, recogí todo el desorden, hice la maleta más de tres veces… Ya me parecía el pasillo de un hospital, agobiante, viendo como el tiempo se ralentizaba convirtiendo los segundos en gotas de agua cayendo de piedra caliza. En lo único que se diferenciaba esto de mi casa es que estaba solo. Hacía tres meses que me despedí de mis compañeros y profes de instituto en aquel restaurante, tras pasar el infierno de Dante materializado en la Selectividad. Tomamos el menú mientras hablábamos de qué camino de las desviaciones cogeríamos además de otras tonterías y anécdotas de esos años de rumbo predefinido. Llegamos ya al punto donde teníamos libertad personal. Y después del postre, risas, lágrimas y largas despedidas. Para mí y para otros inició el verano del Purgatorio, el verano del fin de una época, el verano del trauma de darse cuenta de que ya es imposible convertirte en un niño perdido. El Capitán Garfio ha vencido y con su barco “tiempo” me da la bienvenida a su tripulación. Y mientras tanto ordena poner la calavera de Peter en el lugar de la cabeza de la sirena, mientras ponemos rumbo a Londres, mientras la isla de Nunca Jamás se aleja, se hace pequeña y las llamas la destruyen y hacen gritar a los últimos habitantes.

 

Escrit realitzat per Gregorio Moscato al taller d’Estètica de primer de Batxillerat.