El Lazarillo de Tormes

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EJERCICIO DE REDACCIÓN: EL LAZARILLO DE TORMES Realizado por Néstor Arrabal  

Cuando yo tenía seis años, mi madre me daba el desayuno en un jarrillo blanco en el que se podía leer “Nocilla Express”. En ese jarrillo había leche fría que nos mandaba el abuelo Pedro por correo urgente cada mes. La leche la daba su única vaca, Paca, que era negra como el carbón. Yo daba unos besos callados al jarrillo para que mi hermano de diez años no se enterara. A él le gustaba mucho la leche, pero era alérgico a la lactosa y no podía beber el blanco líquido. Recuerdo especialmente una mañana que yo como de costumbre estaba jugando después de desayunar con mi imán preferido. Éste tenía forma de dragón rojo y me había costado un buen moratón en el ojo conseguirlo. Aquella mañana mis padres ya se habían ido a trabajar y yo no tenía que ir al colegio porque era fiesta. Entonces apareció mi hermano por la puerta de la cocina. Como en casa éramos pobres y él era muy malo en los estudios, tenía que ir a trabajar pero a mí no me quería decir dónde. No me saludó y de manera muy disimulada cogió el jarrillo con leche (que yo no me había acabado) y le dio unos dulces tragos. Yo no le dije nada ya que sabía que se moría por él aunque horas después le daría fiebre. Pero el muy traidor, cuando se hubo bebido toda la leche cogió el jarrillo y me lo estampó en el cogote. Aquel  golpecillo me sacó de sentido y me provocó unas brechas en la cabeza y en la cara. Rápidamente mi hermano pegó un portazo y se fue a trabajar, dejándome desamparado en aquella casa tan oscura y sucia que era la mía. Yo no sabía el motivo de aquel ataque aunque lo pensé, pero minutos después caí desmayado. A las once me desperté magullado y dolorido. La cabeza me zumbaba como si tuviera una abeja en los oídos. Pensé que debía ir a curarme las heridas a algún  lugar. Salí a la calle y me encontré con un panorama normal en aquellos días: el agua del Río Verde rezumaba por las orillas a causa de la lluvia continua. Pensé que podía curarme las heridas con el agua del río pero descarté esa opción porque el río estaba sucio. Así que me dirigí a la plaza del pueblo donde metí la cabeza bajo el frío chorro de una vieja  fuentecilla. Después de desinfectarme con agua las brechas, fui al bazar chino del puerto para comprarme unas vendas. Cuando entré en la tienda me llevé una gran sorpresa. ¡Mi hermano era el dependiente del bazar chino! Llevaba un bigote postizo y la piel pintada de color amarillo. Me pude contenerme y me puse a reír. Él también. Me explicó que me había estampado el jarrillo en la cabeza para que yo fuera a comprarle unas vendas para así conseguir veinte céntimos ya que si no lo hacía lo despedirían por no haber conseguido 600 euros en aquel mes. Solamente le faltan los veinte céntimos. Compré las vendas para curarme y me quedé a buenas noches porque era la única moneda que llevaba en mis desgastados bolsillos. Los dos decidimos irnos para casa y cuando íbamos de camino mi hermano empezó a encontrarse mal y dio al diablo la maldita leche. Después cayó inconsciente al suelo. Yo me lo eché sobre las espaldas ya que era delgado y pequeño para su edad y lo llevé corriendo a casa. Cuando llegamos a casa mis padres lo llevaron al hospital y estuvo dos meses ingresado. Desde entonces y a sus ochenta años, mi hermano no ha vuelto a beber leche.

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Ejercicio de redacción basado en palabras que se encuentran en “El lazarillo de Tormes” realizado por Andrea Céspedes

Cuándo yo tenía seis años mi madre me daba el desayuno en un jarrillo blanco en el que se podía leer Nocilla Express. Recuerdo ese día cuando empecé a hacer besos callados en la leche recién calentada. Lo que más deseaba del día era el desayuno, siempre había dulces. Cuándo me terminaba el desayuno mi madre me acompañaba al colegio para que yo no me encontrara desamparado, cuando entré por la puerta principal John mi mejor amigo ya estaba junto a mi parecía mi imán como el de la nevera. Me acuerdo cuando salíamos al patio y nos tomábamos nuestro zumo de piña y el bocadillo de salchichón, era nuestro almuerzo preferido, en dos segundos dejábamos el zumo a buenas noches. Pero siempre había el típico niño que se dedicaba a robarnos el almuerzo, era llamado el niño traidor; pero a pesar de eso tenía muchos amigos. Siempre daba al diablo nuestro zumo, venía disimulando con un tema interesante, entonces su mano salía rápidamente del bolsillo y a los dos segundos ya daba los primeros dulces tragos, conjuntamente con el golpecillo que nos daba en la espalda con la muestra de agradecimiento. Además se tomaba el zumo con mucha mala leche, se lo tomaba gota a gota como si fuera una dulce fuentecilla. Yo lo miraba desde el suelo rebozándome en la arena. Me moría por el zumo era mi mayor deseo a mis seis años, era mi momento en que volaba por el cielo. El niño traidor era hijo del diablo, o al menos lo parecía. Cada día me sacaba de sentido, nunca logré entender porque no su mamá le compraba un dichoso zumo. ¡ Cosas de la vida!

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