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Uno de los tópicos más reconocidos en la teología del reformador Juan Calvino es su alto aprecio por la doctrina del Espíritu Santo. Se ha señalado, por ejemplo, que más de la mitad del texto de la Institución de la religión cristiana se ocupa del asunto, especialmente en los libros III y IV de la edición definitiva de esa obra (1559).(1)
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Calvino expone el beneficio que los fieles obtienen de la obra redentora realizada por Dios en Jesucristo. En el primero, se ocupa de este beneficio como tal y, después, a través de la relación de los medios externos que utiliza el Espíritu: la Iglesia y los sacramentos.
El Espíritu es, según explica, el vínculo único para apropiarse de los beneficios de la obra de Cristo. Como afirma Vial: “Siendo más precisos, esto se debe a que el Espíritu interviene en los creyentes comprometiéndolos en la obra salvadora del Mediador”. (Idem)

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