Quien iba a decir,
que un atardecer nos pudiese unir.
Quien fuese a pensar,
que un día nos llegaríamos a casar.
Aquellas noches te trataba como princesa,
aquellos amaneceres en los que te besaba por sorpresa,
eran inolvidables.
Inolvidables como aquellos momentos abrazados en invierno,
o como aquellos veranos de infierno,
en los que ya nada era tierno, como tus labios.
Esos besos bajo la lluvia que tanto me enamoraban,
mientras ambas almas miradas cruzaban,
con intención de unirnos aún más,
para que el día que hoy llegó,
todo fuese, mucho más doloroso.
Doloroso como aquellas discusiones,
doloroso como aquellos días sin ti,
o como aquellos atardeceres sin la presencia de tu aroma,
en la que desde hace años,
se convierte en mi única droga.
Después de cuarenta y cinco años juntos,
te digo adiós.
Espero que aquel hombre de la barba,
te lleve a un buen sitio.
Porque si no lo hace, voy a subir allí arriba,
a decirte que te amo por, ni más ni menos,
la millonésima vez.
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