Intentaba abrirme paso entre los cuerpos que bailaban en la pista de baile, cuando de repente noté un empujón por detrás. Me giré para ver su cara; era un chico bastante alto y guapo, de ojos verdes y pelo rubio, no le di mucha importancia y seguí caminando hasta que me detuve durante un momento para mirar la hora de mi reloj de muñeca. Fue ahí cuando me di cuenta de que mi reloj no estaba. En ese instante, me acordé del empujón que había recibido, por lo tanto di la vuelta y lo busqué con la mirada, hasta que lo vi apoyándose contra una pared. Mientras caminaba hacia él, pensaba en que tal vez lo que quería era captar mi atención, y lo había conseguido. Cuando ya, por fin, me acerqué a él, lo fulminé con la mirada.
—¿Por casualidad no habrás visto mi reloj de muñeca? —le pregunté. Él sonrió de lado, y no me lo negó.
—Devuélveme el reloj —le dije con tono acusador.
No me lo devolvía, por lo tanto se lo robé sin que se enterase. De repente, giré sobre mis talones y me di la vuelta agitando mi precioso pelo largo, a la vez que levantaba mi brazo sacudiendo el reloj que le volví a robar diciéndole gracias con un tono demasiado femenino.
Desde que nos conocimos en la discoteca, hemos sido aliados durante seis años, y en ese tiempo conseguimos robar de todo: relojes, collares, diamantes… Hasta que decidimos dar el golpe definitivo: atracar un banco. Por mucho que estuviésemos listos para atracar algo más grande que simple bisutería, supimos al instante que había que prepararse al máximo para que no nos pillasen. Nos preparamos durante un mes, perfeccionamos el plan, y no estrenamos duro, entonces supimos que estábamos preparados. Después de unas horas, nos preparamos, yo me puse unos pantalones negros de cuero ajustados y una camiseta negra con escote y una cazadora negra a juego, me pinte los labios de un color bastante rojo para estar un poco más elegante el día del golpe definitivo, mi aliado se puso unos tejanos negros y una camiseta negra junto a una cazadora, como yo. Cuando ya nos acercamos al banco, ambos nos pusimos nerviosos y durante un momento yo empecé a tener miedo, pero él me tranquilizó. Justo después de haber atracado el banco, él me delató a la policía y me contó la verdad. Me dijo que era policía y que trabajaba infiltrado. En ese momento, mientras nos mirábamos mutuamente a través de la ventana del coche de policía, pequeñas lágrimas caían de mis ojos porque la primera persona en quien había confiado en toda mi vida me había traicionado y, justo en ese momento, me prometí que me vengaría.