En todos los pueblos, en todas las naciones, en todas las civilizaciones, siempre ha habido guerra. En este caso, hablamos de dos reinos enfrentados en una terrible guerra. Uno se llamaba reino Dorado y el otro reino Plateado. Los dos estaban sostenidos por una gigante roca flotadora.
Cada reino, estaba liderado por un dios. Que habían ido a cada pueblo para ayudar en la guerra. Los dos se llevaban fatal, ya que no tenían nada en común. Una chica del reino Dorado tenía muchísima curiosidad por saber cómo era el reino enemigo. Para poder ir, tenía que visitar al mago del reino. Cuando llegó a su casa, él le dio una poción con la condición de que si la pillaban no dijera que se la había dado él. Esa poción hacía que te salieran alas. Con todas las luces del reino ya apagadas, se bebió la poción y de repente le salieron dos gigantescas alas. Cuando llegó a su reino, era de día; no había nadie por las calles. Se escuchaba mucho ruido, sin embargo no sabía de dónde venía. Giró la esquina, y vio que se acercaba un niño. Le gustó mucho. Habló con él y notó que había algo entre ellos. Como en teoría eran enemigos, no podían tener una relación, y decidieron que lo mejor era olvidarse entre ellos.
Al cabo de un tiempo, llegó una persona misteriosa, que puso un cartel por las calles para anunciar que iba a decir unas palabras. Cuando se reunieron todos, ella dijo que los dos dioses eran hermanos y que ella era la madre. Pidió al mago que juntaran los dos reinos y que pararan la guerra. Los dos niños se alegraron porque podían estar juntos.