Hace ya tiempo, cuando yo tenía 18 años tuve que ir a la guerra. En esa época la guerra nos había pillado desprevenidos y como había falta de soldados muchos tuvimos que despedirnos de nuestras familias y embarcarnos en tan arriesgada aventura.
Muchos se negaban a participar en la guerra, porque podría significar el fin; pero yo, que solo era un simple muchacho sin nada más que unos harapos y un pequeño trozo de pan que llevarse a la boca, acepté, pues esta era una gran oportunidad para ayudar a mis padres y a mis hermanos menores que vivíamos de lo que nos daba el campo. En casa escaseaba la comida a veces y para ayudar fingía estar lleno, la guerra les brindaría una cantidad de dinero, lo suficiente como para poder vivir mejor, así que fui.
Aún puedo recordar aquel sonido de disparos y el amargo sabor de la muerte que vi y estuve apunto de experimentar, y el sentimiento de adrenalina que en forma de bala cae en un agujero de desesperación. En el camino conocí a muchas personas, personas que se fueron y cayeron en el olvido, personas a las que, en el día de hoy, considero tanto mis amigos como mis hermanos. No soy un héroe, ni tampoco un sabio; no fui ha la escuela y no se leer, pero puedo decir que sobreviví y sigo aquí para contarlo y, a pesar de que ya han pasado 63 primaveras, sigo recordando con orgullo aquellos momentos que marcaron mi juventud.