Cierto día, Tania, una joven estudiante que vivía en una residencia de estudiantes, invitó a las amigas con las que convivía a visitar el zoo de la ciudad. Durante la visita, de repente, Tania cruzó miradas con un joven y atractivo trabajador del zoo. Tania, como era muy vergonzosa, lo dejó pasar. Pero, al cabo del día, ambos se volvieron a ver. Fue entonces cuando el joven, llamado Tobías, se acercó a ella. Estuvieron hablando, pasando un muy buen rato. Tobías le acabó pidiendo el teléfono y quedaron para ir a cenar esa misma noche. Tobias le había preparado una cena romántica junto a un precioso lago a las afueras de la ciudad. Cenaron, hablaron y se besaron, hasta la hora de volver a casa. De camino, encontraron algo raro en el asfalto. Un coche se había chocado contra un árbol y había caído por un barranco. Tania y Tobías fueron al rescate. Él rescató en brazos al pobre anciano que, al caer había perdido el conocimiento. Tania vio en el coche una cesta y pensó que sería importante cogerla. Llevaron al anciano al hospital y lo primero que dijo este, al despertar, fue que dónde estaba su cesta, que si alguien la había cogido. Dentro, se encontraban todas las cartas que le había enviado su amante durante años, pero que nunca pudo leer porque él no sabia. Tania, al enterarse de eso, hizo compañía al anciano y fue todos y cada uno de los días a leerle las cartas. Al anciano, eso le hizo muy feliz y, como agradecimiento, le regaló a Tania la inmensa colección de cuadros que había comprado con su amante durante años y que había conservado toda su vida. Tobías y Tania, con todos esos cuadros montaron una galería de arte en la ciudad y, así, se ganaron la vida.
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