Aquella última mañana del mes de enero, como la de cualquier otro miércoles, me disponía a ir al trabajo. Después de una larga guerra contra las sábanas por querer despegarme de ellas, conseguí salir intacta de mi cama. Quería arreglarme como cualquiera que quisiera dar buena imagen en su día a día, así que decidí ponerme ese uniforme color invierno que tanto me caracterizaba.
Al salir de aquellas cuatro paredes que consideraba mi hogar, me puse a caminar. Pero mis pies parecían ser dominados por una fuerza mayor que hizo que aquella mañana no tomara el atajo a las oficinas, raro en mí porque normalmente es la vagancia la que domina todo mi ser.
El camino largo me llevó al lugar donde se encontraba aquel viejo parque al que tanto cariño le tenía por haber formado gran parte de mi infancia. Para mi sorpresa, todo había sido destruido por un tractor. No fue el frío el que congeló mi rostro, sino la imagen de lo que veían mis ojos. El tractor no solo había destruido el parque, había acabado con todo lo que, para mí, eran tardes de verano con amigos de los que ojalá tuviera noticia; había destruido el refugio al que escapaba para huir de tormentos, de dolor y de todos esos sinsabores que tiene la vida. Había hecho desaparecer el lugar que era vida para los que ahora jugaban en él y vida para mí que disfrutaba viéndoles disfrutar y recordando que un día yo también fui feliz. Todo lo que antes era vida son, ahora, solo ruinas con olor a dolor y a algo de nostalgia.