Ya hace tiempo que hice este viaje con mis abuelos, medio año para ser exactos, pero no fue, ni intenso ni electrizante, no lo podría describir de esta manera. No llego a encontrar la palabra exacta, pero no sé por qué se me marcó en el hemisferio derecho de mi cerebro.
Todo comenzó cuando a mi tía abuela le diagnosticaron un Alzheimer ya en fase avanzada. Entonces, mi abuela organizó un viaje para ir a la pequeña villa donde vivía su querida hermana. En aquel mismo lugar se encontraba gran parte de mi familia, cuya existencia, sinceramente, desconocía. Con quien tuve mejor relación en esos días de verano, fue con mi prima Andrea, una chica de quince años a la que jamás había visto, aunque ella juraba que sí.
Ella, me enseñó otro estilo de vida, muy peculiar para mí y para la gente de ciudad; allí, el preciado internet era poco menos que inexistente y las redes sociales se albergaban en el único y mísero parque que había en aquella región. Tras dos semanas en aquel minúsculo pueblo, nos despedimos de toda nuestra familia para, horas más tarde, estar de vuelta en nuestro hogar.
Por cierto, me gustaría enfatizar que dejé el pueblo tal como lo encontré.