Casi todo el mundo ha tenido siete años en algún momento de su vida. En mi caso, los tuve también, y no fue el mejor año de mi vida, precisamente… Pero aun así, quiero explicarte cómo fue, aunque a lo mejor ya lo sabes. Enero; mamá me iba a dar una hermanita y eso me ponía muy contenta. Hablé contigo de esto por teléfono. No me acuerdo de qué dijiste, pero seguro que tú sí. Tú siempre lo sabes todo. Febrero; mi hermanita ya nació y estaba muy contenta, tú también lo estabas, me llamaste por teléfono, ¿recuerdas? Faltaba muy poco para mi comunión y tenía fe en que vendrías a verme. Sabía que lo harías, porque te hacia ilusión.
Mamá y papá se fueron de viaje y me quedé con la tía Ángela. Recuerdo que ellos se fueron un jueves. Me preocupé porque al día siguiente no volvieron. Mamá y papá estaban tristes, incluso la tía Ángela lo estaba. El domingo llegó y, con él, lo peor. ¿Por qué te has ido? ¿Al cielo? No lo entendía. Sabía que estabas enferma; pero, aun así, no quería que me dejaras. Te fuiste sin despedirte, abuela. Te echo tanto de menos. Aunque sé que allí estás mejor. Me enseñaste que Dios nos lleva a su lado al mínimo despiste y que debía cuidarme. Sé que me cuidas desde donde estés y que, desde el cielo, tu abrazo es mi abrigo. Quiero que sepas que no escribo esto para despedirme ni olvidarte, sino que te lo escribo para recordarte y mantenerte de alguna manera presente. Porque no se muere quien se va, sino a quien se olvida.
