a @begonya
He estado leyendo Imperio, de MIchael Hardt y Antonio Negri. En este contexto, el imperio es aquel sujeto político que regula actualmente, desde instancias globalizadas, los mercados y los circuítos de producción bajo una lógica y una estructura de dominio nuevas. Los estados-nación ya no son las autoridades supremas y soberanas. La soberanía que gobierna el mundo es el imperio. Las grandes corporaciones e instituciones de todo el mundo alinean sus políticas a la lógica del imperio. Pero, por ello, el imperio no sólo es gobierno, sino también la instancia que crea este mundo mediante su acción hegemónica.
La modernidad surgió de su embrión renacentista mediante un cambio revolucionario. Los seres humanos se declaron amos de sus vidas, y el conocimiento pasó del plano trascendente -Dios y el ser- al descubrimiento del plano de la inmanencia del ser, es decir, al reconocimiento de que toda entidad tiene una esencia singular. De Dios o el mundo a Dios entre el mundo. Spinoza contra Descartes. El ser ya no era dualista, con un pie en este mundo y otro en el reino de la transcendencia. Pero el proyecto contrarevolucionario destinado a la resolución de la crisis moderna se desarrolló a través de racionalismo cartesiano y la Ilustración. La tarea primordial fue “dominar la idea de la inmanencia sin reproducir el dualismo absoluto de la cultura medieval, construyendo un aparato trascendental capaz de disciplinar a una multitud “, difuminando la problemática de la inmanencia del ser (Hardt-Negri 2002:84). La inmanencia suponía que el conocimeinto podía transformarse en un hacer, reorganizarse a través del uso. Por eso Franklin decía que el timpo es oro, el conociiento debe ser beneficio práctico. Más acá de Dios, ahora la transcendencia se incorporaba en un aparato político y el conocimiento en un sujeto incorporeo . Aquí nació la escuela. Una escuela que llega a nuestro tiempo a su condición de imperial. La última vuelta de tuerca de la pedagogía imperial es la homogeneización a través de estándares, es decir, del imcremento de la prescripción centralizada del aprendizaje de los y las alumnas. Es lo que Pasi Sahlberg denomina MEGR, “movimiento educativo gobal de reforma”.
MEGR, el paradigma educativo del imperio. En él se estandarizan los currícula para adaptarlos a las pruebas internacionales de evaluación, a la vez que produce “millones de trabajadores y ciudadanos con los mismos conocimientos y las mismas habilidades”. La esencia de este paradigma és “una experiencia de aprendizaje estandarizada y homogeneizada impuesta por la autoridad” (Zhao 2012:7).
Como contenidos privilegiados en los estándares educativos, la ciencia y la comunicación,
vista desde el paradigma de la trascendencia, se pliega a la “política de las descripciones” en sus currículos, es decir, a un mundo en el que el credo trascendental de la verdad única (por ejemplo, la división entre sujeto y objeto, la consideración objetiva de la realidad y su conocimiento) dicta lo que el sujeto educativo debe de alzanzar respecto del conocimiento válido. Estos principios son coherentes dentro del paradigma imperial. Si el conocimiento es uno, la libertad también será una, no sólo universal, sino también global. Las medidas son criterios estadísticos, es decir, parámetros indexados con los que establecer correlaciones entre diversas variables, sobretodo, la fuerza y la dirección de habilidades y su incidencia en el mercado. Por eso los criterios siempre son de mínimos, basados en una media estadística.
Pero, según Vattimo y Zabala, es posible luchar frente a esta política imperial de la descripción mediante una política multitudinaria de la interpretación (2002:124). En los términos de Hardt y Negri, se trataría de ingresar de nuevo en el plano de la inmanencia, frente al plano trascendental científico-matemático. Se trataría de no actuar en los términos de la lógica de la pedagogía del imperio, sino dentro de una práxis crítica basada en hacer depender toda acción de la creación de un ámbito público a una pluralidad de desarollos individuales, es decir, de “interpretaciones activas” dentro del contexto del desarrollo personal.
Todo este esquema explica el por qué aunque hemos podido democratizar el aceso a la educación, aún no hemos democratizado el acceso al éxtito educativo. Lo primero es homologable dentro de la lógica del imperio, aquello tan trasnochado del viejo marxismo que decía “reproducción de la fuerza de trabajo”; la homogeneización de la educación y la evaluación por estándares resulta funcional a este propósito. La personalización mediante la interpretación y la hermenéutica no sólo supone un universo de multiplicidad que la estadística no puede alcanzar, sino que además produce sujetos no imperiales, por lo que no es homologable dentro de la política del imperio. Para la reproducción de la fuerza de trabajo es funcional pensar en mínimos para evitar desastres, pensar en un sujeto educativo imperial. Para una política de la interpretación dentro de una lógica inmanente del ser la estrategia es la de pensar en máximos, puesto que cada persona es la medida de su propia exelencia. Por eso, la exelencia educativa és profundamente crítica y su democratización no se alinea con la ideología del imperio.