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Toma la palabra a tu cargo

En ningún lugar como en el aula parece más seguro el nexo que une las palabras y las cosas. Allí el nexo monolítico que relaciona verbalmente las personas habría de ser del tipo semántico-denotativo. El aula habría de ser el reino del enunciado, de la explicación justa y verdadera. Cuando hay prisa para terminar el temario lo que hay es temor de la palabra a medias. Sin embargo, en el lenguaje existe el residuo de un estadio, o mejor de co-originariedad de una estructura, en el que aquel nexo de unión entre palabras y cosas no es de tipo semántico-denotativo, sino de tipo performativo, en el sentido que, como en el juramento,  lo dicho en el lenguaje realiza lo que dice hacer. El filósofo Giogio Agamben ha vinculado este problema del decir performativo al modelo primordial de la arcaica institución del juramento, cuya ritualización dice “lo juro”. En el aula, nada como la palabra del profesor tiene el sello del juramento, tanto como el médico que en cada acción realiza su compromiso hipocrático: pero este juramento no es un performativo cualquiera, pues compromete al humano en su condición de ser hablante. En su intrínseco juramento con la palabra y los hechos le va al/la profresor/a su ser docente. Traicionarlo es perjurar, hacer peligrar el nexo que une las palabras y las cosas, es decir, la socialización, el significado de las cosas. Nada puede ser peor para el docente que ser perjuro en este sentido.  

Émile Benveniste, sostenía que  el juramento era una modalidad particular de aserción que apoyaba y garantizada lo jurado a la manera de un pacto, compromiso y declaración. Es común pensar que el juramento es un residuo de antiguos estadios culturales en los que la religión y el derecho aún no se habían diferenciado. En él  se da la conjunción de tres elementos: una afirmación, la invocación a los dioses como testigos y una maldición destinada al perjuro. El juramento sería una afirmación a la que se añade el testimonio divino, Pero los dioses no son testigos ellos mismos, sino son garantes del poder significante del lenguaje, de la “ensambladura” que une palabras y cosas, el que une al hablante, un estado de cosas y su palabra, es decir del logos como tal. Los dioses, o Dios en el monoteísmo, son un testimonio que dan fe de la potencia que está implícita en el propio acto de la palabra, la harmonia, lo que en griego significaba “ensambladura”, un término sacado del contexto de la carpintería (Agamben 2011: 55). Así, jurando por dios se jura sobre el logos, sobre el mismo lenguaje; el juramento es un sacramento del lenguaje, instaura la fe en la nominación misma. Sobreviven ahí estadios antiguos de la antropogénesis en los que el problema de la significación, de la eficacia y de la veracidad de la palabra habría tenido que mortificar al ser hablante. Como expuso Levi-Staruss, el significate debió de desbordarse sobre todo significado (Agamben 2011: 29).  Pero lo problemático en la antropogénesis no podría haber sido solamente el aspecto cognitivo del lenguaje, su capacidad semántica-denotativa.

La antropogénesis ha sido considerada como un problema de orden exclusivamente cognitivo, como una cuestión de inteligencia. Pero también era una cuestión ética, puesto que lo que podía garantizar en nexo entre las palabras y las cosas comprometía a un hablante capaz o no de aseverar y prometer sus acciones, decir era exponerse también a la mentira: “el juramento expresa para el animal hablante la exigencia decisiva en cualquier sentido, de poner en juego su naturaleza en el lenguaje y de vincular en un nexo ético y político las palabras, las cosas y las acciones” (Agamben 2011: 104).

Los humanos vivimos aún en la estela de este juramento arcaico y originario. Sin embargo, habitamos en un “aflojamiento” del vínculo que unía al viviente con su lenguaje por medio de una explosión de palabras mediáticas y tecnológicas, un nuevo desbordamiento del significante. Por lo tanto, urge retomar la relación ética que cada hablante establece con su lengua: volver a ser el viviente que para hablar debe decir “yo” tomando la palabra a su cargo, asumirla y hacerla propia, jugársela libremente en su palabra para ben-decir, mal-decir, jurar o perjurar.

Ante esto, los lenguajes del arte y la estética, en el sentido que, ahí, el “yo” se asume performativamente en su propio hacer arte ¿no son el antídoto contra la pérdida ética del lenguaje y frente el monolítico nexo que piensa la palabra en su limitada dimensión semántico-denotativo, olvidando su función performatico-ética?. Más que nunca, en el aula el arte se nos hace necesario para aprender a experimentar de nuevo el nexo que une las palabras y las cosas. Debemos tomar de nuevo la palabra a nuestro cargo. 

Giorgio Agamben (2011). El sacramento del lenguaje. Arqueología del juramento. Pre-Textos. Valencia