Daily Archives: 16 maig 2013

El maestro ignorante, o la hegemonía del explicador

El juego social se efectúa, en parte, en la forma de una contienda entre los diversos discursos que aspiran a establecer su hegemonía.  La hegemonía, desde una perspectiva posmarxista, es la propiedad de un discurso que llega a alcanzar su aprobación mayoritaria en un contexto de antagonismo entre discursos rivales. Gozar de la hegemonía es a lo que aspiran todos los discursos antagónicos, los pedagógicos entre ellos.

Lo especial de esta perspectiva posmarxista es su visión del antagonismo: no es posible eliminarlo y substituirlo por una apariencia de consenso. Entonces, tener en cuenta cómo somos y cómo lo vivimos los que estamos en este mundo equivale a preguntar(nos) por qué antagonismos apuestas y, tomando partido, te la juegas en tu ser mismo; o, como profesor/a, gestor/ra de la educación, de qué lado vives y sueñas tu antagonismo atrapado en tu mochila ideológica, ¿en qué juego antagónico te muestras, aún desde tu inconsciencia?

 

 

El texto de Jacques Rancière El maestro ignorante evoca aspectos de estas brechas seculares abiertas por los diversos discursos pedagógicos que, en su antagonismo ideológico, dan cuenta de sus distancias enfrascadas en su lucha por la hegemonía. ¡Hace falta algo más que voluntad y buena fe para gestionar democráticamente el antagonismo! Pero antes de dar la palabra a Rancière y a su maestro ignorante, veamos cómo actúa cotidianamente el discurso a partir de una anodina anécdota de sala de profesores/as.

 

Cierto día, un maduro profesor que acostumbraba a sentirse mentor de los menos experimentados, quiso mostrar a una joven docente lo que hay que “dar” a los alumnos. Y levantó los brazos, como sobre un eje vertical, para indicar algún tipo de magnitud: “Para que aprendan así, tienes que dar así”. Fue una imagen curiosa que, tendida sobre la aparente banalidad de una sala de profesores, iluminaba en su gesto el discurso hegemónico en el campo de la pedagogía, aquel ante el que se revelaron Rancière y el maestro ignorante. Pero, ¿de qué magnitud se habla?, el brazo nivelado ¿qué tipo de cantidad quiere representar? Acudamos ahora a la obra de Rancière.

 

El maestro ignorante tuvo carne y huesos: Joseph Jacotot, lector de literatura francesa en Lovaina, exiliado revolucionario. En 1818, después de haber enseñado francés a los estudiantes flamencos sin conocer ni una palabra de flamenco y sin darles ninguna lección, proclamó que se puede enseñar lo que se ignora y que esto merece el nombre de emancipación intelectual. Recién llegado a Lovaina, ante la falta de una lengua común, había pedido a sus alumnos flamencos que aprendieran la lengua francesa ayudándose de una edición bilingüe de Telémaco y que escribieran en ese idioma la opinión sobre lo leído. Sus expectativas, acorde con su espíritu de supervivencia, no eran muy elevadas; sabiendo que el acto esencial del maestro es explicar, esperaba unos textos con horrorosos barbarismos y una sintaxis insufrible. La sorpresa de Jacotot fue recibir unos trabajos bien trabados y escritos con criterio y corrección.

 

El hecho recuerda el reciente proyecto de Sugata Mitra “Agujero en la pared” (Hole-in-the-Wall) en el que se muestra cómo unos niños pequeños de un barrio pobre de Nueva Delhi pudieron descubrir por su cuenta, y luego enseñar a otros niños, cómo usar un PC colocado en un hueco cavado en la pared: ¿es que acaso no hace falta, ni en Nueva Delhi ni en Lovaina, un maestro explicador?, ¿acaso, “dar clase con la boca cerrada” puede constituir un método, tal como aconseja Don Finkel?

 

La idea hegemónica nos dice que los profesores responsables trabajamos dentro de un “orden explicador”, según un orden progresivo, de lo más simple a lo más complejo según se va salvando la distancia entre el saber explicado y su comprensión. Pero Jacotot, en esta ocasión, se halló desmintiendo este orden: el hecho fue que estos estudiantes aprendieron francés sin su ayuda explicadora. En su experiencia azarosa lo que Jacotot encontró fue su “Otro”, el negativo de su identidad de explicador que ahora le parecía extraña. Desde entonces sostuvo que, en efecto, todo humano se halla en estado de instruirse por sí solo, que se basta para aprender a fondo una cosa y que la función del maestro puede limitarse a promover o a sostener la atención y el empeño del estudiante dirigidas a su meta. Teorizando su experiencia, halló algunos defectos en la “lógica del sistema explicador”.

 

La estructura esencial del explicar en el acto maestro tiene como correlato la comprensión como acto aprendiz. Esta correlación comporta el principio de una regresión al infinito: una vez que el explicador decreta el punto en que la explicación está ella misma explicada, y ya que sólo en la explicación comienza el acto de aprender, decide pasar a nuevo ciclo. Así, la explicación es un arte de la distancia: reducir la distancia entre saber e ignorancia, pero siempre a costa de reponer con la nueva explicación esta distancia de sabio frente al que aún no sabe. En la jerarquía de las inteligencias, el explicado comprende en primer lugar que no comprende si no se le explica: “profe, ¡esto no lo has explicado!”. El viejo modelo, lanzando un velo de ignorancia que luego querrá levantar mediante el explicar, confirma siempre de entrada una incapacidad en el acto mismo que pretende reducirla.

 

 

La emancipación, según Jacotot, consistirá en restituir la capacidad del alumno invocando la igualdad de todas las inteligencias: el acto de aprender algo requiere de la misma inteligencia con la que todo el mundo ha aprendido su lengua materna según el llamado aprendizaje natural: observando, reteniendo, repitiendo, comprobando, relacionando, reflexionando … El maestro ignorante, disociando la función de sabio de la de maestro, situará a sus alumnos en un círculo de búsquedas del que ellos mismos han de salir: el maestro ignorante retirará su inteligencia para dar paso a la de los alumnos para que enfrenten el problema, guardando su identidad de explicador para cuando sea necesario según el/la alumna/o.

 

Partiendo de que “todo está en todo”, Jacotot aconseja aprender primero alguna cosa para que las cosas vayan apareciendo en cadena: se trata de organizar el “círculo de la potencia” que reeditan los métodos de actualidad (aprendizaje por proyectos, centro de interés, aprendizaje basado en problemas). Entonces, el maestro ignorante, que suspende su explicación para dar lugar a la inteligencia creadora de sus estudiantes, es un maestro emancipado y emancipador: fuerza una capacidad en el estudiante que, en el mismo acto de reconocerla, impulsa su desarrollo con todas las consecuencias de este reconocimiento. Si Jacotot fuera un contemporáneo, llamaría a este maestro “empoderante”.

 

Entonces, la distancia que indicaba el brazo en alto del maestro maduro de la sala de profesores, traza también el antagonismo entre el maestro explicador y el maestro ignorante en su gesto hegemonizador, reproductivo. A pesar de los ríos de tinta emancipadores y empoderantes, ¿quién no reconoce ahí el dibujo hegemónico del maestro como explicador?, ¿reconocemos en este universo nuestros antagonismos pedagógicos?, ¿reconocemos como maestros/as el problema antagónico principal que deberíamos poder afrontar, es decir, aceptar como punto de partida una desigualdad vertical a reducir, o, bien, una igualdad horizontal a desarrollar?