En el poco tiempo libre que me deja mi profesión como docente, me gusta ver partidos de fútbol base y analizarlos desde una perspectiva diferente. Recientemente, tuve la oportunidad de presenciar cómo un ex-alumno desarrollaba su labor arbitral sobre el terreno de juego.
La sensación fue rara. Poco convencional. El resultado y el juego desplegado por ambos equipos pasaban a un segundo plano. Yo me sentía un poco como él, imparcial, sin tomar partido por ninguno de los dos conjuntos en liza. Y es que debe ser difícil impartir justicia sobre el terreno de juego cuando tu mejor premio es pasar desapercibido. Desapercibido en cualquier partido: en uno de fútbol base, con la gente del barrio y los padres, o en uno profesional, con los grandes jugadores que copan las portadas de la prensa deportiva.
El Propósito Olvidado del Arbitraje
Muchos entrenadores tienen la obsesión de salir a ganar cada partido y muchos padres la ambición de que sus hijos les ayuden a “salir de pobres”. En medio de esta vorágine de expectativas y presiones, nos olvidamos de una figura crucial: el árbitro. Él no tiene una afición. Él persigue el fin más noble: acertar en sus decisiones para tener un partido tranquilo y que los jugadores acaben física, psicológica y emocionalmente intactos.
Si el partido se complica, sus padres se convierten en improvisados guardaespaldas que tratan de protegerle de descerebrados que le culpan del mal resultado de su equipo. Como bien dijo José Ignacio Martínez, entrenador del Valladolid: “Los árbitros también tienen familia”. Unos fans incondicionales que se sacrifican cada fin de semana por hacer realidad el sueño de su hijo, y que custodian la caseta arbitral para defenderle mientras está encerrado a merced de una multitud enfurecida.
La Ilusión Frente a la Adversidad
Al acabar el partido, el chico me comentaba que, sinceramente, cosas buenas en esa profesión hay muy pocas. Que lo que prima es la ilusión por progresar como árbitro de fútbol, el placer de poder disfrutar del juego desde tan cerca, sin olvidar nunca que está trabajando y tiene la oportunidad de dar pautas y regular el comportamiento de los jóvenes futbolistas desde edades tempranas.
A pesar de las agresiones y amenazas, se muestra decidido a seguir adelante. Esta actitud manifiesta un inmenso amor por el fútbol. En verdad, le admiro, porque la soledad del árbitro es aún mayor que la del maestro en el aula, y el respeto por su persona y su trabajo es mucho menor. Tratar de poner orden en un terreno de juego y mantener la calma cuando todos están nerviosos, es tremendamente difícil.
[Imagen sugerida: Un primer plano de la mano de un árbitro mostrando una tarjeta amarilla (o roja) a un jugador de fútbol base, con expresiones de frustración en los jugadores de fondo]
Una Reflexión Necesaria: Los Protagonistas son los Niños
La reflexión que debemos hacer es profunda: ¿qué falla en nuestro sistema para que veamos a energúmenos que agreden y culpan al árbitro por errores o por estar descontentos con el resultado? Si dudáramos de la honestidad y la imparcialidad de los árbitros, no tendría sentido realizar partidos de fútbol.
Los agentes externos (padres, entrenadores, aficionados) se pueden ahorrar los insultos. Lo único que logran es dar un pésimo ejemplo. No se dan cuenta de que actúan cegados por la ira y de que están haciendo daño a lo que más quieren: sus hijos.
Los protagonistas del juego son los jugadores. ¡Dejémosles jugar!











