¿Le sirvieron de algo los exámenes a Picasso?

KIERAN EGAN, INVESTIGADOR EN PEDAGOGÍA  IMAGINATIVA

“¿Le sirvieron de algo los  exámenes a Picasso?” Tengo 63 años. Nací en Irlanda y vivo en Canadá.  Estoy doctorado en Filosofía de la Educación. Estoy casado y tengo  tres hijos y dos nietos. La escuela debería ser menos política y  prestar atención a la parte más emotiva de los niños. Fui un novicio  franciscano, pero eso se acabó. He venido a dar una conferencia en  el Institut d’Estudis Catalans IMA  SANCHÍS – 12/05/2006

¿Somos unos  mal educados?

– Sí, pero no se apure, no es culpa suya,  la escuela no nos ha proporcionado una buena educación.

–  ¿Por qué?

– Le pedimos demasiado. Le pedimos que  socialice a los alumnos de acuerdo con la manera que tiene cada  sociedad de comportarse, un complejo mundo de ideas políticas y  sociales. A la vez le pedimos que forme su mente, es decir, que sean  capaces de discernir por ellos mismos, que sean críticos con esas  ideas que se les inculcan. Y finalmente que, según las posibilidades  de cada alumno, la escuela los ayude a desarrollarse.

Y  le parece que es mucho pedir, claro…

– Es imposible,  porque esas tres demandas se contradicen unas con otras.  

Pretenden crear individuos críticos pero absolutamente  de acuerdo con todo…

– Es como las cárceles, que  también tienen dos intereses contrapuestos: por un lado castigar y  por el otro rehabilitar.

¿Y ahora qué hacemos?  

– Desarrollar el conocimiento de acuerdo con el sistema  de comprensión del mundo que se va desarrollando en cada individuo.  Hay cinco estadios de comprensión en la evolución de la cultura de  los seres humanos que coinciden con la evolución del individuo. El  primero es el desarrollo somático, en el que tenemos un sentido del  movimiento, del ritmo y del cuerpo.

¿Cuál le sigue?  

– El mítico, que se da de los 3 a los 8 años, cuando  predomina la imaginación y el pensamiento oral. El tercer estadio  (del los 8 a los 15 años), la comprensión romántica, viene dada con  la capacidad de escribir. Nos sentimos representados por los héroes.  A partir de los 15 aparece la comprensión filosófica, el desarrollo  de las ideas abstractas, y, por último, el conocimiento irónico, el  reflexivo.

No todas las personas llegan a él.  

– No, la mayoría se queda en el semántico. Ya sabe:  tengo frío, tengo hambre, tengo celos, esto es mío, no quiero…  

Si respetamos esas etapas del conocimiento, ¿seremos  mejores personas?

– Nos integraremos mejor, aprenderemos  y disfrutaremos más. Nosotros formamos a profesores para que puedan  incidir de forma más directa en las emociones de los alumnos y así  extraer lo mejor de ellos mismos en todas las materias.

 ¿Cómo mejorar la capacidad cognitiva en clase de matemáticas?  

– Para enseñar los decimales a alumnos de 6 años, lo  mejor es contarles una historia, plantearles un juego, porque están  en la etapa en que predomina la imaginación.

¿Qué  conseguimos favoreciendo la imaginación?

– Cuando sean  adultos, esos niños se sentirán más cómodos, más seguros, tendrán  más recursos para solucionar problemas. Actualmente los niños  entienden las matemáticas como algo inútil y, en general, tienden a  desentenderse del mundo que les rodea.

¿Una educación  demasiado racional?

– Más que racional, confusa. Los  materiales se basan en la lógica, que en los niños es incipiente, y  menosprecian la fantasía, que es lo que más abunda en la mente  infantil.

Deme herramientas.

– Si su hijo  tiene entre 3 v 8 años, explíquele narraciones de todo el mundo.  Charle mucho con él, no le deje ver la tele y que no lea.  

¿Que no lea?

– No, explíquele historias,  porque eso le creará imágenes muy vívidas en su mente. Utilice  muchas metáforas, porque los niños son capaces de interpretarlas  mucho mejor que los adultos y son un estímulo para su cerebro. Y  explíquele muchos chistes.

¿Y eso?

– Le  ayudará a desarrollar juegos de palabras y flexibilidad en el  lenguaje. El chiste o la historia divertida es uno de los elementos  menos reconocidos en la educación, y sin embargo es muy interesante  porque obliga a reconocer una serie de elementos que son de una  clara sofisticación mental.

– ¿Le gustaba ir al colegio?  

– No, me aburría. Incluso ahora, cuando asisto como  observador a una clase, aunque el profesor sea muy bueno, me aburro.  

– ¿Mejor una educación más lúdica?

– Más  musical. Somos un animal musical capaz de comunicarnos a través de  sonidos rítmicos, y eso hay que potenciarlo. Hay que desarrollar el  arte, deben intervenir el color, la forma y el sonido en todas las  materias.

– ¿Está a favor de los exámenes?

–  Examinamos conceptos equivocados y eso no sirve para nada. Valoramos  a un profesor si sus alumnos son capaces de recordar datos del  tratado de Versalles, pero quizá deberíamos estar examinando otro  tipo de contenidos. ¿Cree que a Gaudí o a Picasso le sirvieron de  algo los exámenes?

– Depende de qué tipo de exámenes.  

– Imaginemos que el gobierno pretende promover el cine y  saca una ley que obliga al ciudadano a ir una vez a la semana al  cine y responder a la salida a un test para ver si ha entendido la  película. Les preguntarán cosas como por ejemplo de qué color era el  coche de la protagonista.

– O cómo se llamaba su perro…  

– Exacto, preguntas que premian la memoria y no la  comprensión. Según lo que contestes te darán el salario de la semana  (un aprobado, un futuro profesional en el caso de los niños). Al  cabo de seis meses imagine la ilusión que le hará al ciudadano ir al  cine.

– Ninguna.

– Eso es lo que pasa en la  escuela: decidimos el futuro del alumno y sus posibilidades a base  de preguntas que no tienen nada que ver con la realidad.   

  LA VANGUARDIA, el diario más vendido en  Catalunya  

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Caperucita, ¿qué caperucita?

Antes, durante y después de la lectura

Caperucita… es uno de esos libros que, para encontrarlo, es necesario rebuscar entre las estanterías de la sección “niños” de las librerías. Un libro que parece de niños y no lo es. Sencillo y lleno de ternura, y de crueldad también, uno de esos libros que a los niños divierte y a los adultos recuerda verdades grandes como puños, verdades que la edad, con el tiempo, va encargándose de hacernos olvidar.

Caperucita es como Alicia, o Celia, una niña vivaz e independiente que no entiende muy bien este mundo de grandes donde ha ido a parar, que se lo cuestiona y cuestiona a esos mayores que no disfrutan de esta vida tan fascinante, tan llena de cosas extraordinarias y gigantescas y hermosas, tan bonitas como lo es la Isla de Manhattan…

Sara Allen es la caperucita de esta historia, una mayor de 10 años que vive con sus padres al otro lado de Manhattan, en el piso catorce de un bloque de viviendas en Brooklyn. Cada noche, al irse a dormir, sueña con cruzar el río Hudson para ir a ver a su abuela, una de esas viejitas chifladas y maravillosas que vive en la Isla de Manhattan… esa Isla que brilla con infinidad de luces por la noche, donde la gente baila hasta el amanecer en locales tapizados de espejos, viviendo aventuras misteriosas y escapándose en coches de oro…

Martín Gaite hizo con este libro un regalo maravilloso a todos aquellos que defendemos que los niños son la esencia misma de la Libertad.

http://www.edu365.cat/eso/muds/castella/lectures/caperucita/index.htm