Esponjas hermafroditas para matarse de risa

Científicos sobre ruedas (El Ateneo, 2015) és un llibre dedicat a tots els professors i científics que estimen la ciència i estimen explicar-la. Als que es diverteixen amb la física, als que fan riure amb les matemàtiques, als que emocionen amb la química, als que desperten l’entusiasme per la biologia o per la geologia “

FONT: http://www.lanacion.com.ar/1820774-esponjas-hermafroditas-para-matarse-de-risa

Las esponjas son invertebrados acuáticos, generalmente marinos, que suelen vivir agrupados en colonias. Son animales curiosos por donde los mires. Las hay que son hermafroditas secuenciales: machos o hembras, según la ocasión. Imaginemos que aquí tenemos a Isidoro y allí, a Marianela. Isidoro está enamorado de Marianela, pero no puede acercársele. Entonces, lanza un “chorrazo” de espermatozoides para fecundarla sin advertir que la corriente en ese momento vuelve hacia él y, en lugar de depositarlos sobre Marianela, los desparrama sobre su madre, su hermana, su tía, su abuela, su prima… ¡Hombre! Que es una catástrofe genealógica que ni los borbones…

Con párrafos como éste (que a grandes rasgos recreo de memoria) y otros igualmente desopilantes, Helena González Burón, licenciada en biología y bioquímica, y doctora en biomedicina, cautivó el lunes último, desde el escenario de Liberarte, a un público de grandes y chicos que estallaba de risa ante sus ocurrencias. Helena, que cursó esos estudios mientras se ganaba la vida “monologueando” en bares y contando cuentos en bibliotecas, es uno de los integrantes de The Big Van Theory, un grupo de científicos españoles que recorre el mundo en una furgoneta contando la ciencia con un humor que tiene la magia de despertar genuina curiosidad hasta por los temas más abstrusos.

Junto con ella estuvo Eduardo Sáenz de Cabezón Irigaray, que es matemático. Pero matemático, matemático: investiga en álgebra computacional. Y Oriol Marimon Garrido, doctor en biofísica, que usa la resonancia magnética nuclear para investigar sobre los biofilms, unas estructuras complejas como los tejidos, pero formadas por las bacterias. También Javier Santaolalla Camino, ingeniero de telecomunicaciones doctorado en física en el CERN, donde se descubrió la partícula de Dios y donde “si no andas a la velocidad de la luz, eres un lento”. Y Alberto Vivó Porcar, licenciado en biotecnología y nanotecnología, que habló sobre el alcohol: “La gente estaba a tope. Se empezaba a respirar dopamina, beta endorfinas, aumentadas por el alcohol. (…) La serotonina me salpicaba por los ojos. Serotonina: neurotransmisor implicado en el deseo sexual. Deseo, que no capacidad. Muchachos, cuando vayáis por ahí de party, no exageréis”.

Singular mezcla de Einstein y Chaplin, lo que logran estos encantadores personajes que combinan investigación “de verdad” con el arte de divertir es hacer comprensibles mecanismos y conceptos complejos. Como cuando Javier Santaolalla invitó a tres personas a subir al escenario para ilustrar las epopeyas subatómicas que se dan en las entrañas del mayor acelerador de partículas del mundo… ¡arrojándose dos calabazas y dos paquetes de arroz!

O como cuando Sáenz Cabezón, en su monólogo “Un teorema es para siempre”, explicó la eternidad de la matemática. “Todos hemos oído decir eso de que «un diamante es para siempre…», pero lo que es para siempre, siempre son los teoremas. Por ejemplo, el de Pitágoras, eso es verdad, aunque se haya muerto Pitágoras, te lo digo yo. Aunque se acabe el mundo, aunque una tostada cayera del lado que no tiene mantequilla, el teorema de Pitágoras seguiría siendo verdad. Allí donde haya dos catéteres y una buena hipotenusa, el teorema de Pitágoras funciona a muerte (…) Así que si alguna vez quieres decirle a alguien que le quieres para siempre, le puedes regalar un diamante. Pero si le quieres decir que le quieres para siempre siempre, ¡regálale un teorema! . Eso sí, tendrás que demostrarlo, eh; que tu amor no se quede en conjetura.”

Ahora, veinticinco de éstos y otros monólogos igualmente deliciosos, y veinticinco explicaciones (más o menos) en serio sobre esos temas están reunidos en Científicos sobre ruedas (El Ateneo, 2015), un libro dedicado “a todos los profesores y científicos que aman la ciencia y aman contarla. A los que se divierten con la física, a los que hacen reír con las matemáticas, a los que emocionan con la química, a los que despiertan el entusiasmo por la biología, por la geología”.

The Big Van Theory no sólo nos hace entender, saber más y, sobre todo, pasárnosla de maravillas. También demuestra que la ciencia no está únicamente en los laboratorios y los centros de la investigación, sino que también puede llegar hasta la mismísima avenida Corrientes.

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